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Discurso sobre mi papá: Don Carlos Abascal
Uno de los pocos políticos que realmente desgastó su vida sirviendo


Por: Luz del Carmen Abascal Olascoaga | Fuente: Yo influyo.com



ESPÍRITU SANTO ILUMÍNAME POR MEDIO DE LA PODEROSA INTERCESIÓN DEL INMACULADO CORAZÓN DE LA VIRGEN, TU ESPOSA A LA QUE TANTO AMAS.

Estimados amigos de la Fundación, queridos amigos de mi padre. Hoy, más que hablarles de Carlos María Abascal, a un año de su partida a la casa del Padre, quiero dirigirme a él, en cuyo honor celebramos este evento, y por quien estamos todos aquí reunidos.

Mucho viviste, sufriste y gozaste, Papá querido; muchas cosas te marcaron a lo largo de tu fructífera vida, y en ese largo, pero en realidad breve caminar, descubriste las tres palabras clave que regirían todo tu ser y tu actuar. Saber, amar y servir.

Ya se ha hablado de estos tres conceptos que asumiste como propios, mucho se ha dicho de cómo los aplicaste en la política, pero poco se sabe, realmente, de cómo los hiciste vida en lo más íntimo de tu persona, en tu familia, en lo privado de tu relación con Dios, todo ello, justamente la base de tu actividad política.

Te recuerdo llegar a casa, cansado después de un día agotador, besar tu Cristo en el pecho, aquel que está en la entrada, besar a mi madre, saludarnos a tus hijos cariñosamente, y luego preparar en tu buró una pila de seis o siete libros de temáticas diversas: siempre tu Biblia, alguna biografía, algún libro de política, otro de sociología… todos en perfecto orden, mientras compartías con nosotros lo más relevante de tu día. Alguna vez te pregunté cómo era posible que, estando tan cansado, dedicaras todas las noches una hora, una hora y media, a leer tanto... Me respondiste que el cristiano que no se alimenta con la Palabra de Dios, no merece el nombre de cristiano, por eso tu Biblia; y que el líder que no se prepara intelectualmente, no tendrá las herramientas necesarias para tomar las mejores decisiones, y sus palabras y acciones estarán vacías…

Por eso siempre me impactaron tus discursos, tan ricos en ideas, tan bellamente expresados en palabras; dedicándole, cada vez que se podía, un reconocimiento público a mi madre. Solías leerlos en familia, y nos pedías consejo, opinión, siempre humilde y dispuesto a escuchar. Yo creía de todo corazón que disfrutabas hablando, y que te era tan natural y sencillo como platicar con tu familia. Por eso, un día que tenías que dar un discurso, me impresionó muchísimo verte nervioso, alisándote el cabello (un gesto muy típico en ti), tachando de vez en vez alguna frase y garabateando algo rápidamente… Te pregunté un poco preocupada si no habías preparado bien lo que tenías que decir, si podía ayudarte en algo. Recuerdo tu sonrisa llena de ternura y gratitud, y tus palabras: “¿Te digo un secretito, hijita? Siempre me pongo nervioso antes de un discurso. El día que le pierda el respeto al micrófono, seguramente dejaré de transmitir aquello que Dios espera de mí”…

Al poco tiempo de asumir tu responsabilidad política, comenzaron las dificultades mediáticas, como si no fueran suficientes los conflictos laborales. Aquel famosísimo discurso a las mujeres que fue tan descontextualizado, pero que en realidad era una de las más contundentes defensas y alabanzas a la mujer… Cuánto sufriste por aquellos días. Tú, tan fino, tan caballero, siempre tan respetuoso, particularmente con las mujeres (empezando por tu esposa y por tus hijas); tan consciente del inmenso valor del genio femenino, no puedo imaginar lo que sentías cuando caminando tranquilamente por Perisur una mujer furibunda te regalaba su peor insulto, o cuando de coche a coche te hacían señas obscenas. Estoy segura de que te ardía en lo más profundo de tu ser, sé que, si te hubieras dejado llevar por tus impulsos, se la hubieras regresado, porque siempre tuviste un temperamento muy vivo; y sin embargo, sonreías pacíficamente y a lo mucho comentabas “pobrecilla, debe de haber vivido cosas muy duras”… siempre manso, humilde, amable, mostrándome no con palabras, sino con hechos, el verdadero significado del amor: devolviendo el bien por el mal.

Y como si eso no hubiera sido suficiente, yo fui, en parte, la causante de tu siguiente gran sufrimiento… Aquel libro dichoso, aquella otra maestra furibunda, y aquellos medios de comunicación vendidos no a La Verdad, sino al escándalo. ¿Por qué fue el conflicto? Porque me escuchaste, porque me pusiste atención, porque valoraste mi sensibilidad de mujer y de cristiana, porque no, no eras un padre que sólo diera tiempo de calidad, sino que lo dabas todo. Atendiste a la inquietud que me causó una lectura, la revisaste, me comprendiste, y me apoyaste. En ese momento muchos pensaron que me habías prohibido leer el susodicho libro… lo que pocos saben es que fui yo la que se acercó a ti, después de leerlo, con inquietudes y verdadero desagrado. Y es que tú, Papá querido, nunca me prohibiste nada. Eras un hombre de diálogo, y la palabra “prohibido” no estaba en tu vocabulario, y por eso te tenía tanta confianza. Tú me formaste, me diste criterio, me enseñaste a ser mujer y a defender mis ideas, me guiaste, me orientaste y, ante todo, respetaste mi libertad.

Los medios de comunicación no ayudaron mucho. En lugar de asumir su compromiso con la verdad, muchos de ellos (hay que reconocer las honrosas excepciones) emprendieron una campaña de desprestigio en tu contra, y pretendieron conmiserarme, como si yo fuera una víctima. Qué rabia me daba, que dolor pensar que estabas pasándola tan mal por mi causa… por eso, por ti, papá, estudié comunicación. Cómo quería que los periodistas, que los comunicólogos, se dieran cuenta de la enorme responsabilidad que tienen… ¡Si ellos supieran todo el daño que pudieron haberle hecho a nuestro México! Hubieran podido privarnos del secretario del Trabajo y del secretario de Gobernación, que en ese momento histórico, México necesitaba… Sin tí, ¿habría habido paz laboral? ¿Se habría podido controlar la ola de violencia en el conflicto post-electoral, mediante el diálogo y no mediante la fuerza? ¿Estaría hoy México en relativa paz… o estaríamos quizá inmersos en una revolución? Por un mero escándalo, carente de verdad, estuvieron a un tris de quitarle a México a uno de los pocos políticos de ideas, de acción y de palabra… Uno de los pocos políticos que realmente desgastó su vida sirviendo.

Servir era tu lema. No recuerdo una sola ocasión en la que tú te hayas servido de tu puesto, de tus privilegios… No te gustaba la adulación, y te chocaban las alabanzas, aunque fueran honestas y sinceras. Cuando te comunicaron que te querían dar un Doctorado Honoris Causa, tu primer impulso fue negarte. Ese día tenías un dolor insoportable en tu espalda baja, pero antes de llegar a descansar, pasaste a la iglesia de San Juan Bautista, a la capilla del Santísimo, para rezar. No sabías que hacer. La oferta te abrumaba, era más una carga que un premio para ti. Llegaste a casa intentando en vano ocultar tu dolor y le diste a mamá una muñequita de trapo que le habías comprado a una pobre indigente en el atrio de la iglesia. ¡Siempre sirviendo! A punto de desmayarte de dolor, tuviste tiempo y corazón para ayudar a esa mujer necesitada… Ya más tranquilo por la medicina que empezó a hacerte efecto, nos comentaste la oferta de la Universidad Anáhuac del Sur, y nos comunicaste que la ibas a rechazar. No querías ningún tipo de gloria ni homenaje. No era tu estilo. Pero en la conversación que se inició luego, y gracias a tu extraordinaria capacidad de escucha, logramos convencerte de que aceptar el honor no era por ti, sino como una forma –quizá la última– de dar frutos, de dar testimonio, en particular a los jóvenes… en resumen, una forma de servir. Sólo eso te convenció, y sólo por eso aceptaste el Doctorado que, de otra forma hubieras rechazado.

Ya a unos días de morir, agotado, débil, lleno de dolores (tantos que el más leve roce en tu mano te lastimaba), físicamente incapaz de hablar por más de dos minutos seguidos, te vimos levantarte en ese postrer discurso de tu Doctorado Honoris Causa, y en un esfuerzo supremo, sacando fuerzas –literalmente– de Dios, dejarnos tu legado, el mensaje más pulido y más completo de toda tu vida, de cara ya a la muerte. Y más que tus palabras, tu presencia, tu entereza, la paz que se dibujaba en tu rostro pálido y enflaquecido, tu manera de dirigir los aplausos al cielo, el profundísimo amor que rezumaba todo tu ser cuando abrazaste a mi madre, tu esposa, tu amada doña Rosy. La recuerdo suplicante: “Carlos, por favor, estás muy débil. Que alguien lea tu discurso. Tú quédate en casa. ¿Qué necesidad tienes de salir?”. Y tus palabras firmes, un poco tercas (bendita terquedad la tuya): “No, mi doña Rosy, Dios me prestó vida hasta este día, y si puedo hablar, lo voy a hacer… Es por los jóvenes”.

Siempre fuiste un extraordinario esposo, padre, amigo. La clave en ti fue el amor. A escasas horas de entrar en agonía, tu preocupación no era si morirías asfixiado, o si te iba a doler mucho, o si estabas en una postura muy incómoda. No, te preocupaban, querido papá, hombre generoso y tierno, las joyas que usaría mi madre para la boda de mi hermano. Querías que fuera regia, y le encargaste en secreto a doña Flor, tu secretaria, que le consiguiera LAS joyas que tú querías para ella. ¿Qué hombre piensa en esas minucias cuando está a un paso de la muerte? Sólo uno que sabe amar, sólo uno que no acostumbra pensar en sí mismo, sino en hacer felices a quienes ama. Ese eras tú, Papá.

Tenías miedo. Te oí preguntarle al doctor si había posibilidad de asfixia y vi angustia en tus ojos… Pero no dejaste de bromear y chancear ni un solo momento. Para ti, lo más importante era darnos paz. Tu fuerza fue nuestra fortaleza… Y así como viviste, moriste: lleno de paz, rodeado de tu familia, acompañado por la Eucaristía, que no dejaste de recibir ni un solo día de tu vida desde que recibieras tu Primera Comunión; todo esto porque Dios fue siempre tu eje, y regresaste a Él con las manos llenas…

Amaste tanto a México, que siempre nos dijiste, medio en broma medio en serio, que cuando murieras, querías que te pusiéramos aquella canción que tanto te gustaba: “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí”… A punto ya de llevar tu cuerpo al panteón, preparamos alguna de tus canciones favoritas que resonó por toda la capilla. Sin ninguna explicación lógica, justo cuando comenzamos a desplazar tu féretro por el pasillo, se interrumpió la canción del momento para ceder el paso a aquella que tú querías: “México lindo y querido”… Te saliste con la tuya, Papá… o tal vez el sentido del humor de Dios se las ingenió.

Dios te quiso mucho, muchísimo. Me atrevo a decir que ya se “moría” por estrecharte entre sus amorosos brazos para toda la eternidad, y por todo lo que has hecho en este último año, no me queda la menor duda de que ahí estás hoy. Tú fuiste plenamente congruente y generoso con Él, y Él en estas categorías no se deja ganar por nadie. Te dio lo más grande a lo que cualquier hombre puede aspirar en este mundo: una extraordinaria esposa, unos hijos no tan malos, bienestar y puestos de servicio y relevancia. Pero sobre todo, te dio el don de una fe viva e ilustrada, y el más grande y misterioso de sus regalos: Su cruz, que fue siempre tu más fiel compañera.

Esa fue tu forma de saber, de amar y de servir. Esa fue tu forma de concebir la actividad política. Esa fue tu forma de convertir las ideas en palabras, y las palabras en acciones. Y así como en vida impulsaste una “nueva cultura laboral”, ahora, desde la otra vida, y con la ayuda de todas estas grandes personalidades que hoy nos acompañan, tus amigos, sé que impulsarás activamente una “nueva cultura política”, en donde el amor, el servicio y el conocimiento sean los fundamentos del diálogo fructífero y de los acuerdos más enriquecedores para nuestro México.

Amigos todos, tan queridos de mi padre, en su nombre, les pido su compromiso indeclinable. Trabajen por el bien común, por nuestro México lindo y querido, y yo les prometo, también en nombre de mi padre, que no estarán solos en la lucha, porque él nos prometió, ya casi en agonía, que desde el cielo continuaría trabajando incansablemente por su familia y por su patria. Muchas gracias.

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