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La ética luminosa
Mensaje del Lic. Carlos Abascal Carranza, secretario de Gobernación, en el marco de la Primera sesión Plenaria del Foro Ético Mundial, efectuado el día domingo 29 de enero de 2006


Por: Carlos M. Abascal Carranza | Fuente: yo Influyo



El relativismo democrático que absoluta el principio mayoritario, se convierte irremisiblemente en nihilismo. Recordemos, nuestra historia está todavía muy fresca. Ni el nazismo ni el comunismo dudaban en realizar en cualquier acción, incluso bajo la forma de ley, si ayudaba la “la causa”, si ayudaba al movimiento. Nada era bueno ni malo, sino útil o inútil para el movimiento. Y lo que aquí estamos discutiendo es cómo las personas somos mejores personas para construir una sociedad más justa, más a la medida del hombre, para construir una sociedad que propicie el bien común.

Pero, cuando iba en este momento de la reflexión, caí en cuenta de algo que es mucho más apremiante: no basta la aceptación intelectual de la ética, no basta que nos convenzamos intelectualmente de que, sin ética, el ser humano queda abandonado a sus pasiones y al relativismo. El reto mayor es la educación, la formación de los hábitos buenos; es, el reto mayor, la concreción de la ética en la vida ordinaria de la comunidad. Y es que, ni duda cabe, la ética está hasta cierto punto desprestigiada, tanto porque aparece como un sin fin de prohibiciones como porque muchos jóvenes ven que los adultos hablamos mucho de ética, pero no damos testimonio ético en nuestra conducta.

Dice un pensador: “tenemos el estereotipo de que la moral sólo puede existir en aires clausurados de catacumba o de convento, como los mohos; moral combina mejor con el color morado de medio luto, que con el azul espléndido y alegre de la vida”. Hemos desprestigiado la ética.

Por eso, necesitamos realizar dos grandes núcleos de acción: uno, que consiste en recuperar los espacios de la ética y, otro, que consiste en recuperar el compromiso personal con la ética. Recuperar los espacios, primero que nada, en la familia. No podemos aspirar a que haya empresarios y políticos con una clara visión ética de su responsabilidad social si no logramos –desde el principio de su vida social que es la familia— inculcar no sólo intelectualmente, sino los hábitos buenos de la justicia, de la solidadaridad, del compromiso con la verdad, de la honradez, de la responsabilidad social.

La familia, es la primera escuela de valores. La familia, es la escuela de la forja de la libertad responsable. La familia es el espacio en el que tenemos el privilegio de poder orientar derechos y deberes de todas y de todos. La familia es el espacio privilegiado para que brote la responsabilidad personal, la capacidad, el compromiso de responder por uno y por los que le han sido confiados a uno. La familia es el espacio privilegiado para enseñar y mostrar una moral objetiva, formando la conciencia de los integrantes de la familia para que nunca busquen comprar reconocimiento, riqueza, poder, cualquier cosa, sacrificando la verdad.

Tenemos que recuperar el espacio de la educación y ensanchar allí no sólo la transmisión de conocimientos, sino la forja del carácter. A fin de cuentas, el ser humano es mucho más ser humano, es mucho más espléndidamente humano cuando es dueño de su parte más instintiva que cuando se subordina y se abandona a los instintos perdiendo el señorío de la conducción de su vida. Familia y educación, como dos valores, dos espacios, en donde cada una y cada uno de los mexicanos y de los seres humanos, tenemos una responsabilidad compartida.

Y tenemos que recuperar el espacio de la empresa, el espacio de la convivencia cívica, el espacio de la política. En efecto, no es posible pensar en justicia social sin salarios justos. No es posible pensar en justicia social sin ganancia justa. No es posible pensar, tampoco, en justicia social sin una política comprometida con la construcción de consensos y, por lo tanto, de paz, orden y de armonía para propiciar el desarrollo del bien común.

Es necesario recuperar y fortalecer el espacio de la comunicación, particularmente los medios electrónicos de comunicación que juegan un papel fundamental en la formación o deformación del carácter, en la transmisión de valores o en la transmisión de disvalores que atentan contra la cohesión íntima de cada persona y, por tanto, contra la cohesión social.

Es necesario recuperar, con absoluta libertad de credo, la religión, como el espacio que propicie la vinculación, la revinculación del ser humano con su destino trascendente para que le dé sentido a los valores éticos que han de comprometer su existencia diaria.

Es necesario recuperar el espacio de la globalidad. Al final, la globalidad no es más que la suma de familias globales o, dicho de otra manera, la globalidad no es más que la expresión más amplia de la sociabilidad individual del ser humano, que sólo en comunidad encuentra su plena realización.

Si bien es necesario recuperar esos espacios, se requiere algo más para recuperar el prestigio de la ética: necesitamos actitudes. No podemos seguir pensando los padres de familia en que la ética es ese recurso último que nos permite fundamentar nuestra autoridad sobre nuestros hijos (“lo haces así, porque yo sé que es bueno, porque lo mando yo”). Es mucho más que eso: formar caracteres; es mucho más que eso, comprometerse con esa obra de arte, insustituible, única, la más grande que puede existir sobre la tierra, que es forjar un alma humana.

Necesitamos todas y todos, transmitir una ética luminosa, no una ética de diques, sino una ética de causes. Todos los ríos requieren un cause. Lo que nos ha pasado en Chiapas, recientemente, es que los ríos rompieron su cause y se llevaron centenares, miles de viviendas, de personas. Lo mismo sucede cuando la conducta humana rompe los causes, se lleva el hábitat de quienes le rodean, destruye el hogar íntimo de quienes son su responsabilidad comenzando con los propios hijos. El cause que te da la ética es esa manera, decíamos, de ganar tiempo, de ganarle tiempo al tiempo, para darle a tu vida un sentido, para ser dueño de tu futuro, para ser difusor de valores que enamoren a los demás del bien y de la verdad.

Estas conductas mínimas con las que tenemos que enfrentar esta transmisión de la ética son, primero que nada, el testimonio; no se vale exigir a otros lo que uno no está dispuesto a hacer. El testimonio es insustituible. El político, más que exigirle a la comunidad justicia y verdad, lo que tiene que darle a la comunidad es justicia y verdad. El padre de familia, más que grandes discursos motivantes a sus hijos, lo que tiene que dar es plena concentración en la formación del alma de los hijos haciendo aquello que pide de los hijos. El empresario, más que hablar –quizás hasta para consolar su propia conciencia de justicia social y de salario justo— lo que tiene que hacer es pagar salario justo y cobrar el precio justo. Y así, sucesivamente. El testimonio es insustituible, porque hace tanto ruido lo que hacemos, que no alcanzamos a lograr que se escuche lo que decimos.

Pero además, este testimonio tiene que darse con alegría, no rociándonos un poco de ceniza en la cabeza y poniendo cara triste porque “mira, qué virtuoso soy”. Al revés, la virtud es una bendición de la vida en la medida en la que sirve para que seas mejor persona y sirvas mejor a los demás. Esa alegría de participar de la fiesta de la vida, para la vida. Esa alegría de saber que estás construyendo en tí, y queriendo construir en quienes de ti dependen, una persona humana plena, una persona humana feliz en el sentido este de la plena armonía con su creador, consigo mismo, con los demás, con el entorno que le rodean.

Pero además, este transmitir una ética luminosa exige una búsqueda incansable de la paz. La paz es el fruto más precioso de los hombres y de las mujeres libres. La paz, la armonía en la convivencia, es el fruto más ovíparo de la convivencia humana cuando se ejerce en libertad. La paz no es ausencia de guerra. La paz es un estado permanente de construcción de la armonía entre los seres humanos.

Por eso, por último, en mi opinión, se requiere recuperar de una manera frontal, decidida, sin calumniarlo y sin secuestrarlo, un valor fundamental que es el que le da sentido y cohesión a toda la vida humana: necesitamos recuperar el amor. El amor vuelve luminoso todo acto humano. El amor le da sentido al ejercicio de la ética. El amor le da contenido y fin al ejercicio de la ética. El amor sobrenatural, por supuesto, pero el amor al prójimo, al cercano. El amor a uno mismo reflejado en servicio a los demás. El amor a la naturaleza como administradores responsables. El amor entre los hombres y entre mujeres de bien, que permita construir una sociedad en la medida del hombre. Sí, también la política necesita recuperar el amor, porque no se puede perseguir el bien común, si no es justamente amando a aquellos cuyo bien quieres. Amar no significa más que querer el bien de los demás, de una persona concreta o de una comunidad. El político tiene la grave responsabilidad de construir el bien común y, ese bien común, es fruto de un profundo amor al hombre como tal, a la persona como tal, para consagrar todas las energías, todo el esfuerzo, toda la capacidad personal para crear condiciones para que cada persona y cada núcleo social, sepa encontrar las oportunidades de su propio desarrollo para alcanzar la felicidad alcanzable en esta existencia temporal.

Así pues, los invito a no quedarnos sólo en la reflexión teórica.

Los invito a pasar a la práctica.
Los invito a sumir el compromiso personalísimo.
Los invito a descubrir en cada alma que nos toca forjar, principalmente como padres, el presente y el futuro de la humanidad.
Los invito a impregnar todos los ambientes, con esta actitud de alegría, de testimonio, de búsqueda de la paz, de amor, que nos permita pasar por la tierra dejando huella, ganándole tiempo al tiempo, para bien personal, para bien de la humanidad.

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