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Dios y la conciencia
La conciencia avanza en su formación en la medida que el Espíritu Santo hace que el hombre sea miembro del Cuerpo de Cristo


Por: Cardenal Lozano Barragán | Fuente: Pontificia Academia para la Vida



2.1. Dios y la conciencia

La conciencia es la luz relacional entre el vacío y el satisfactor. Siendo el proceso de Tradición y Asimilación tan complicado, en la realidad se encuentra en su totalidad fuera del mero dominio humano y se necesita para ello una luz especial que perfeccione y complemente grandemente la intuición de esencia de la que hablábamos en un principio. Esto aparece con más claridad cuando la línea de satisfactores rompe la creaturalidad en la absoluta perfectibilidad de la que hablamos. Esta luz especial es aquello que en concreto nos participa la toda su actitud moral, poniendo en juego la última fuerza moral de la persona, para emprender el camino a través de una oscuridad irremediable, por puro amor y fidelidad a Dios.

La tentativa para superar estas dudas ha dado origen a los diversos sistemas morales. En todo caso, lo que siempre se impone es la prudencia. (cfr. Conciencia moral, "Sacramentum Mundi",Enciclopedia Teológica I, 857-864)filiación divina. Se inicia con la imagen de Dios en el hombre y se perfecciona
insospechadamente por la filiación divina. Esta imagen de Dios en el hombre la constituye la llamada “Ley Natural”, y la filiación es obra de la luz especial que es la persona del Espíritu Santo. En este ámbito nos encontramos en la categoría de las necesidades espirituales dentro de la coordenada aludida de lo
trans humano.

Consideramos en primer lugar la “Ley Natural”. Empiezo con las tres definiciones clasicas de ley natural: “Ratio vel voluntas divina, ordinem naturalem conservare jubans, perturbare vetans”; ”Participatio legis eternae in creatura rationalis”; “Lumen intellectus insitum nobis a Deo, per quod cognoscimus quid agendum, quid vitandum”. Me parece que poniendo en esta
secuencia las definiciones, la clave se encuentra en la participación de la ley eterna. Esta participación constituye el orden que definido como “Parium dispariumque rerum apta dispositio”, en esa “apta dispositio” hace del hombre
internamente imagen de Dios, lo hace orgánico, ordenado, organismo, ser vivo.

Así, la ley eterna es el correlato relacional cultural de la introspección, el fundamento vital del hombre. No es meramente una luz “exterior” sino que constituye la esencia misma de la criatura como participación divina. La ley natural no es por tanto un voluntarismo, sino la máxima racionalidad que se comunica ejerciendo la voluntad creativa de Dios, esto es amando. Así se
constituye lo más intimo de la humanidad.

La conciencia es esta participación amorosa divina. Es el amor divino que abraza al hombre para que viva y así le dice por dónde puede vivir, por dónde puede satisfacer sus vacíos, por dónde puede construirse, por dónde encuentra el “orden natural”, por dónde puede crecer; qué es bueno y qué es malo para él; esto es, cuál es la apta disposición del plan de Dios que ha creado el universo para el hombre y lo ha hecho su señor. La conciencia como autentica introspección es imposible sin la ley natural, la conciencia es imposible sin la creación participativa, la ley natural la constituye. La conciencia es lo más profundo de la imagen de Dios en el hombre.

2.2. Objetivo Subjetivo

La conciencia es el punto genuino de coincidencia de la humanidad.

La conciencia es auténticamente subjetiva en cuanto construye al hombre, y lo construye en cuanto su ser relacional responde a sus verdaderos “intereses”, que lo llevan a la Asimilación de bienes culturales que “le convengan”, esto es que le vengan al hombre, que sean verdaderamente “buenos” para él.

Esto es, de acuerdo a la relación entre la introspección, la tradición y la asimilación, la conciencia es subjetiva en la medida que es objetiva; en la medida de que los propios vacíos se llenan de satisfactores adecuados; de lo contrario la conciencia se volvería una mera tautología que quisiera llenar sus
vacíos sólo con vacíos. Sin “Asimilación” muere en su propio vacío.

La oposición entre subjetivo y objetivo es la oposición entre vacío y satisfactor. Una conciencia meramente subjetiva y no objetiva es una conciencia vacía e inútil. La norma que la rige es la objetividad que la construye y construye así a la persona.

Magisterio, Teología y Conciencia

Ya anotábamos cómo en el bagaje cultural se encuentren los valores unidos con los errores y acomodos culturales. La conciencia en su gran complejidad de introspección que cotidianamente crece al crecer la vida del hombre, tanto
individual como colectivamente, se encuentra sujeta a estas vicisitudes. Más todavía atendiendo al oscurecimiento de la luz inicial recibida de Dios, debido a la culpabilidad histórica personal y colectiva del pecado, la posibilidad y actualidad de una consciencia errónea es más que real. Así se llega a la
conciencia errada. Más difícil todavía es ir tras los auténticos satisfactores cuando en la satisfacción de los vacíos pasa la frontera de la creaturalidad en la participación de la vida divina.

Crecer en perfectibilidad hacia la divinización es donde los satisfactores se vuelven más oscuros y difíciles; más aun, tanto
los satisfactores como los mismos vacíos se encuentran en su percepción y asimilación más allá de las meras posibilidades humanas. Entonces los senderos se estrechan porque el bien que pretende la conciencia es infinito.

Aquí ocurre una luz especial para que el hombre sea transparente a si mismo. Pasamos las fronteras de la “Ley Natural”. Nos encontramos con la “Ley del Espíritu”. El máximo satisfactor que corresponde al máximo vacío vital humano,
está más allá de las posibilidades humanas. Es el escándalo de la cruz como camino a la resurrección. La transparencia ante la paradoja cristiana muerte- vida que es gratuitamente constitutiva de la conciencia cristiana y que la hace así paradoxal, es sumamente ardua.

Y aquí entra necesariamente como detector de necesidades y creador de satisfactores el Espíritu Santo, “Luz de loscorazones”, que solo por el amor forja la conciencia crucificada, única constructora del hombre por la resurrección de Cristo. El es el Optimo Consolador, el Dulce huésped del alma.

El es el único formador de la conciencia. La conciencia avanza en su formación en la medida que el Espíritu Santo hace que el hombre sea miembro del Cuerpo de Cristo y transparente a Cristo muerto y resucitado. Así en la intimidad de la conciencia, ya no es él sino Cristo Quien vive en él. La conciencia del cristiano se adecua muy penosamente en su sufrimiento y en su
muerte con la conciencia redentora. Esta adecuación se da en plena gratuidad y mediante esta intimidad subjetiva del regalo del Espíritu, como persona “Don”, se realiza la máxima objetividad de la conciencia del Cristo total. Esta es la única manera cómo se crece culturalmente en humanidad, mas aun, la
cultura así ya no es mas la humanización de la naturaleza sino su divinización17.

Magisterio y conciencia

Para realizar este misterioso proceso Cristo envía a sus apóstoles a proclamar el Reino de Dios. Según el Evangelio de San Marcos, los elige para tres cometidos, para que estén con El, para que proclamen el Evangelio y para que destruyan el mal (Mc. 3, 13-15). Experimentan la presencia amorosa de Cristo
para que anuncien la máxima bondad que construye desde dentro al hombre y destruye el mal. De acuerdo a lo dicho anteriormente, leyendo la misión apostólica en clave de conciencia, los apóstoles son enviados para formar el
recto sentido subjetivo y objetivo de las conciencias. Se comprende como este envío se realice plenamente en Pentecostés con el envío del Espíritu Santo. El Señor glorificado envía al Espíritu Santo a sus apóstoles para que con la
clarividencia del amor infinito sean instrumentos que forjan la nueva conciencia.

Esta es la autentica Tradición cultural que se convierte en la Tradición apostólica, la “Paradòseis”. Y valga aquí laredundancia, ya que Tradición y apóstol convergen.

Magisterio y conciencia se compenetran en la Tradición del Espíritu. El amor divino invade a los Obispos con el Papa a la Cabeza, sucesores de los apóstoles con Pedro a la cabeza, para que presenten la transparencia de Cristo a toda la humanidad y así construyan la autentica conciencia.

El misterio de la conciencia cristiana es el misterio de la vida del pueblo de Dios. Es en una mutua comunicación con el pueblo de Dios en su totalidad que el Magisterio debe discernir el desarrollo de la conciencia cristiana. El modelo a seguir es la “Pericóresis” trinitaria a través de la cruz y resurrección.

La conciencia cristiana se desarrolla en todo el pueblo de Dios y adquiere tintes maravillosos que constituyen los carismas del pueblo de Dios, cuya autenticidad debe sujetarse a la discreción del Espíritu que ha sido dada al Magisterio. Entre estos carismas forjadores de la conciencia cristiana descuella el carisma teológico otorgado por el mismo Espíritu, que en su constitución
divino humana tiene como objeto renovar, ampliar y unificar la Iglesia. Su punto básico de unificación es la discreción del Magisterio de la Iglesia. Así, una teología que no parte del Magisterio y culmina en él, no es una teología católica, y muchas veces no podrá superar el nivel de una ciencia de la religión.

Teología, Magisterio y Conciencia


Al tratar el tema de la Teología y la conciencia, nos abocamos a la cuarta etapa de la cultura, el progreso. La Teología es uno de los factores de la evolución del dogma aunque no el único, y así, uno de los factores, importante, del progreso de la conciencia. Al hablar de la Teología en el sentido al que me he referido pienso que no habrá problemas con el Magisterio. La razón es que ambos, Magisterio y Teología, proceden del mismo Espíritu, aunque con funciones diferentes, como hemos recordado. De hecho, la autentica Teología es un esfuerzo por comprender la Palabra de Dios, pero un esfuerzo que podemos llamar teándrico. Dios y el hombre juntos. El conocimiento teológico a
la vez que rigurosamente científico es un conocimiento gratuito que Dios misteriosamente infunde en el teólogo. Es un conocimiento místico que procede de la luz del Espíritu Santo. Esta es la luz determinante. Aquí se encierra la autentica relación entre Teología y Magisterio. Ambos provienen del mismo Espíritu. Aunando ambos, radican profundamente en el sentido de la fe del pueblo de Dios, y cada uno desde su ángulo diferente, coincide en el mismo amor divino. Es el Espíritu Quien guía a la Iglesia, Quien edifica el Reino y lo conduce por senderos insospechados.

Esto es la conciencia: una actualización e iluminación cotidiana creciente que a manera de una sinfonía converge la fe del pueblo de Dios con el discernimiento magisterial y la elaboración teológica. El director de la orquesta es el Magisterio. Las tan difíciles circunstancias de un mundo actual en continuo
cambio son firmemente iluminadas sólo así por la conciencia. El progreso es continuo, por eso la formación de la conciencia es siempre un progreso permanente. La vida avanza y en cada momento se debe construir la introspección creciente de la conciencia y el discernimiento del cúmulo de satisfactores para llegar a la divinización del hombre. Este progreso cultural de
la conciencia viene a significar el crecimiento continuo del Reino de Dios.

El motor del crecimiento es el amor divino. Es el Espíritu Santo. Todo enfrentamiento autosuficiente entre los actores del crecimiento de la conciencia es absurdo; genera odio y nunca puede hacer progresar la conciencia. O se crece en la bondad, comprensión y amabilidad como frutos del Espíritu o se
destruye la conciencia.

Por esto insiste tanto Juan Pablo II en que una conciencia pretendidamente formada por teólogos en disonancia, en desamor contra el Magisterio, es una conciencia equivocada que no hay que seguir. No se trata de represión del Espíritu sino de solidaridad bajo su dirección.

Para terminar me parece oportuno regresar a la interpretación que Benedicto XVI hace del brindis del Cardenal Newmann con el que comenzamos estas modestas reflexiones: hace bien el Cardenal en brindar en primer lugar por la conciencia, pues es la que debemos seguir, y luego por el Papa, Quien es al que debemos oír para poderla seguir.

Ciudad del Vaticano, 23 de febrero de 2007.


+ Javier Cardenal Lozano Barragán.

Si deseas consultar el documento completo:
Reflexiones a propósito de algunos textos sobre la conciencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI



17 En una rápida ojeada a la Sagrada Escritura, en el Antiguo Testamento no encontramos la palabra "conciencia", aunque sí su contenido que se describe como "riñones", "corazón". Significa la actitud frente a la Palabra de Dios, la acción conforme a su voluntad, el conocimiento del propio estado, el juicio de Dios. En el Nuevo Testamento tiene una importancia central, se describe con la palabra griega "synéidesis". Para San Pablo, en ella el cristiano se sabe llamado, requerido y juzgado por Dios, que le comunica el conocimiento de sus mandamientos y de su gracia (2Cor.1,12). Es la norma de conducta ante Dios (Ro.13,5), ya se trate de la buena o mala conciencia. La buena conciencia nos hace libres e independientes de los demás (Act.23,1; 1Cor.10,29...) En cuanto facultad humana no puede dar seguridad acerca del juicio de Dios (1Cor.4,4). transmite los mandamientos aun fuera de la Revelación como una ley dada por la naturaleza (Ro.2,15). Como conocimiento humano está vinculada al engaño, pero sigue siendo norma moral para el hombre (1Cor.8,7ss). En el cristiano actúa en el Espíritu Santo (Ro.9,1), en virtud de la fuerza de la Resurrección de Cristo (1Pt.3,21). Se purifica y perfecciona por la sangre de Cristo en el Espíritu Santo (Hb.9,9-14). En ella se revela apostólicamente la verdad (2Cor.4,2), se conservan puros los misterios de la fe (1Tim.3,9.) Se permuta con la fe "Pístis" (Ro.14,23)





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