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Antropología acorde con una sociedad pluralista
Un diálogo verdadero exige un lenguaje común, comprensible por todos los dialogantes. Cuando ese diálogo se efectúa entre creyentes y no creyentes, el campo común es el de la razón y el lenguaje el de la filosofía.


Por: Agustín Pazos | Fuente: catholic.net




¿Cómo plasmar una antropología acorde con la revelada en las leyes y costumbres de una sociedad pluralista?

¿Qué relación debe haber entre moral y leyes positivas y/o costumbres sociales? Esta cuestión está ya presente en la pregunta que fariseos y herodianos hacen a Jesús (cfr. Mt 22,15-22 y paral.): ¿es lícito dar tributo al César, o no? La respuesta de Jesús –dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios—establece para siempre la separación de lo sagrado respecto a lo profano, aun cuando lo secular no mantenga una independencia respecto al querer de Dios.

Santo Tomás de Aquino –continuador en esto de la enseñanza de muchos Padres de la Iglesia, entre ellos San Agustín—lo explica al tratar de la relación entre ley moral y ley humana: "La ley humana rige una sociedad en la que existen muchos miembros carentes de virtud y no ha sido instituida solamente para los virtuosos. Por eso, la ley humana no puede prohibir todo lo que es contrario a la virtud, sino que basta con que prohiba lo que destruye la convivencia social, teniendo las demás cosas como lícitas, no porque las apruebe, sino porque no las castiga " . Es claro, por tanto, que el campo que abarca la ley humana es mucho más restringido que el propio de la moral. Hay muchas conductas inmorales que la ley humana no prohibe ni debe hacerlo. Sin embargo, en ningún caso la ley humana puede aprobar conductas inmorales. Sí puede no prohibirlas o tolerarlas (no reprimirlas), pero no autorizarlas. En este sentido, Santo Tomás afirma que " la legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia" .

En nuestros días, el magisterio de la Iglesia asigna a la sociedad unos fines temporales que pueden resumirse en la palabra justicia; son pues mucho más modestos que los de la propia Iglesia, de carácter sobrenatural y trascendente. La sociedad, y en ella el Estado, debe perseguir el bien común, es decir, crear "el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección" . Conseguir la perfección es tarea de las personas y de los grupos; la de la sociedad es establecer unas condiciones de vida que no lo tornen imposible. Y esto es lo mismo que decir que la convivencia social debe establecerse sobre principios de justicia. El Catecismo establece tres condiciones del bien común que debe perseguir la sociedad:

Primera, "respetar los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana"
(n. 1907), es decir, no transgredir la justicia;

segunda, "el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo . El desarrollo es el resumen de todos los deberes sociales" (n. 1908). Por desarrollo debe entenderse, según la mente de Pablo VI, el paso, " para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas" . Tiene, por consiguiente, el bien común un carácter dinámico y progresivo: nunca se logran sus condiciones de modo pleno, siempre cabe progreso. En esta dinámica progresiva debe inscribirse la actuación de cristianos y personas de buena voluntad en el logro del bien común. Por último,

la tercera condición es la paz, "es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo" (n. 1909). En resumen, es la justicia la norma de actuación del político y del ciudadano responsable que vive la virtud de la solidaridad. "Esta tiene que ser precisamente la preocupación esencial del hombre político, la justicia. Una justicia que no se contenta con dar a cada uno lo suyo sino que tiende a crear entre los ciudadanos condiciones de igualdad en las oportunidades y, por tanto, a favorecer a aquéllos que, por su condición social, cultura o salud corren el riesgo de quedar relegados o de ocupar siempre los últimos puestos en la sociedad, sin posibilidad de una recuperación personal" .

Por lo tanto, el cristiano cuando defiende los principios éticos fundamentales relativos al respeto a la vida y a la reproducción humana no hace ni debe hacer otra cosa que defender la justicia, y especialmente con los más desfavorecidos, con los que no tienen medios para defenderse. Y esto por razones humanas claras, que para un cristiano tienen una especial resonancia por causa de su fe: "toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura" . Pero no actúa en representación de la Iglesia, sino en defensa de la justicia. Por eso, frente a él no cabe invocar la libertad de las conciencias, porque en materia de justicia resultan afectados los derechos de terceros. Otra cuestión completamente diversa es la libertad religiosa, que no es objeto de tolerancia sino un estricto derecho humano.

Todo cristiano está comprometido en esta tarea, procurando evitar que en su vida se produzca la separación entre la fe y la vida cotidiana, de modo que sea sensible a las agresiones contra la dignidad y la vida humana y procure en la medida de sus fuerzas corregirlas. En este campo como en todos los demás, el cristiano actúa en colaboración con otros muchos hombres, creyentes o no, obedeciendo su conciencia debidamente formada, es decir, actuando con plena libertad y responsabilidad personales, muchas veces en discrepancia con las soluciones propuestas por otros, también cristianos, porque ninguno tiene la exclusiva de la verdad ni de las soluciones católicas. Tampoco deben pensar los fieles laicos de la Iglesia "que sus pastores son siempre tan competentes que pueden tener preparada una solución concreta para cada cuestión que surja … Más bien son ellos mismos los que deben asumir sus propias responsabilidades, iluminados por la sabiduría cristiana y atendiendo reverentemente la doctrina del Magisterio" .

El cristiano que actúa así vive su libertad, sin dejarse coaccionar por el ambiente ni por los respetos humanos, puesto que está defendiendo o promoviendo valores humanos. Pero además, sirve a la libertad de los demás "proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las Naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón" . En esta misión, el cristiano practica siempre el método del diálogo, tan acorde con el mandato de la caridad que constituye el corazón de la moral cristiana . Un diálogo verdadero exige un lenguaje común, comprensible por todos los dialogantes. Cuando ese diálogo se efectúa entre creyentes y no creyentes, el campo común es el de la razón y el lenguaje el de la filosofía. "El filósofo cristiano, al argumentar a la luz de la razón y según sus reglas, aunque guiado siempre por la inteligencia que le viene de la palabra de Dios, puede desarrollar una reflexión que será comprensible y sensata incluso para quien no percibe aún la verdad plena que manifiesta la divina Revelación" . Hay que empeñarse continuamente en llegar a desarrollar ese discurso ‘comprensible y sensato’, asequible a todos.

El político cristiano, además, que se mueve en una sociedad pluralista, se enfrenta cada día con concepciones de la vida, propuestas legales y leyes que contrastan con la propia conciencia, es decir, con sus convicciones. "En tales casos, será la prudencia cristiana, que es la virtud propia del político cristiano, la que le indique cómo comportarse para que, por un lado, no desoiga la voz de su conciencia rectamente formada y, por otro, no deje de cumplir su tarea de legislador. Para el cristiano de hoy, no se trata de huir del mundo en el que le ha puesto la llamada de Dios, sino más bien de dar testimonio de su propia fe y de ser coherente con los propios principios, en las circunstancias difíciles y siempre nuevas que caracterizan el ámbito político" . Seguir la prudencia es valorar las circunstancias y posibilidades reales, con el riesgo de equivocarse, o bien porque se sobreestiman las posibilidades de éxito, o porque se infravaloran. En algunos casos, la única acción posible podría ser procurar reducir los efectos malos de una ley injusta. En esta situación puede ser lícito aprobar con el propio voto una ley injusta que sustituye a otra peor, siempre que se evite el escándalo y no haya expectativas reales de conseguir nada mejor. "Obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos" . Era la situación creada en muchos países de la Europa ex-comunista con las leyes permisivas del aborto (leyes de plazos), que en algunos casos fueron sustituidas por otras que lo despenalizaban en supuestos particulares. En cualquier caso, lo que siempre es imprudente es huir de los problemas y dejar a otros el cometido de intentar resolverlos: sería huir del mundo, una traición a la misión del cristiano que es la de Cristo mismo.

Para consultar el artículo completo:

 

 

¿Qué es la bioética?

¿Qué es el hombre?

 



 

 

 

 

 



 





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