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De la cruz a la gloria
Cuaresma y Semana Santa

Marcos 9, 2-10. Cuaresma. Nuestra vida es un camino hacia el Cielo que pasa a través de la Cruz. Y hasta el último momento, habremos de luchar contra corriente.


Por: José Damián Carvajal | Fuente: Catholic.net



 

Del santo Evangelio según san Marcos 9, 2-10

Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: "Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías"; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces, se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos».

Oración introductoria

Oh Buen Jesús, amigo de mi alma, yo también quiero subir contigo al monte para contemplar tu gloria y majestad. Concédeme la gracia de ser escogido como uno de tus apóstoles para mirar la luz de tu rostro y que tu resplandor sea tan penetrante en mi interior que pueda fortalecer mi fe, robustecer mi esperanza e incrementar mi amor por ti y por el prójimo en los momentos en que mi cruz me parezca insoportable.
Jesús mío, ver que tu transfiguración me hace entrever el triunfo de tu resurrección, irradia en mi corazón magnanimidad, energía de héroe para hacer el bien, y fortaleza de mártir para resistir las ocasiones de ofenderte con mis pecados.
Gracias, Jesús, porque con este acto te preparas para el gran acto de tu amor que quieres ofrecer para mi salvación: tu crucifixión. Vaya, Señor, que con esto me quieres enseñar que para llegar a la gloria eterna es necesario aceptar mi cruz de cada día.

Petición

Jesús Transfigurado, dame la gracia de aceptar por amor ti y con decisión, mi cruz de cada día, sabiendo que no se comparará con la gloria que me tienes prometida.

Meditación del Papa

En este segundo domingo de Cuaresma, el evangelista san Lucas subraya que Jesús subió a un monte "para orar" (Lc 9, 28) juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y, "mientras oraba" (Lc 9, 29), se verificó el luminoso misterio de su transfiguración. Por tanto, para los tres Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, que se retiraba a menudo a orar, especialmente al alba y después del ocaso, y a veces durante toda la noche. Pero sólo aquella vez, en el monte, quiso manifestar a sus amigos la luz interior que lo colmaba cuando oraba: su rostro —leemos en el evangelio— se iluminó y sus vestidos dejaron transparentar el esplendor de la Persona divina del Verbo encarnado (cf. Lc 9, 29).
(...) Jesús escucha la Ley y los Profetas, que le hablan de su muerte y su resurrección. En su diálogo íntimo con el Padre, no sale de la historia, no huye de la misión por la que ha venido al mundo, aunque sabe que para llegar a la gloria deberá pasar por la cruz. Más aún, Cristo entra más profundamente en esta misión, adhiriéndose con todo su ser a la voluntad del Padre, y nos muestra que la verdadera oración consiste precisamente en unir nuestra voluntad a la de Dios.
Por tanto, para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor. (Benedicto XVI, Ángelus, Segundo domingo de Cuaresma, 4 de marzo de 2007)

Reflexión

Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento, habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales... "¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber... si tratásemos de quitarle esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida" (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la senda que indicó el Señor.
El Señor quiere confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa, nos acerca un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; por el contrario, es el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios, para el encuentro. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares... No es el momento, entonces, de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia.

Propósito

Viviré con especial fervor la misa de este domingo, ofreciéndola por las necesidades de mi familia.

Diálogo con Cristo

Señor al darme cuenta de que mi sufrimiento puede acercarme y al mismo tiempo asemejarme más a ti, concédeme la gracia de aceptarlo como un don recibido de tus manos, sabiendo que no me lo dejarás cargar solo, sino que siempre estarás ayudándome.



Si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados. Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros. (Rom 8,16-18).

 

 





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