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¿Por que es mala la reproduccion artificial?
Incluso cuando se trata de dos personas unidas en matrimonio, no cualquier medio es válido para traer un hijo al mundo


Por: Néstor Martínez | Fuente: Néstor Martínez



En Uruguay, desgraciadamente, la Cámara de Senadores ha aprobado una ley que permite congelar embriones humanos para tenerlos disponibles para implantarlos en mujeres que por diversas razones no puedan dar a luz. Se puede también utilizar un óvulo de la mujer para fecundarlo extrauterinamente, con semen del esposo o de otro donante, y luego implantarlo en el útero. Asimismo, permite que obtenga semen de un varón, sea o no el esposo de la mujer en cuestión, para inyectarlo con medios técnicos en la vagina de la mujer y así lograr la concepción en casos de imposibilidad natural de la pareja.
El argumento es: poner los medios técnicos disponibles al servicio de las parejas que no pueden tener hijos.

Como es sabido, la Iglesia rechaza estos procedimientos y los declara moralmente ilícitos. Véase por ejemplo los pasajes correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica:

2275 Se deben considerar ‘lícitas las intervenciones sobre el embrión humano, siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual’ (CDF, instr. "Donum vitae" 1, 3).

‘Es inmoral producir embriones humanos destinados a ser explotados como «material biológico» disponible’ (CDF, instr. "Donum vitae" 1, 5).

En efecto, se parte aquí de que el embrión es, desde la concepción, un ser humano. Todo lo que le sucede después de la concepción no son más que transformaciones accidentales de algo que ya existe. Así como nadie pasa de no - hombre a hombre por el hecho de engordar, o de envejecer, o de aprender matemáticas, así tampoco nadie puede pasar de no - hombre a hombre por el hecho de irse desarrollando físicamente. Es así que el fruto de la concepción es claramente "hombre" en el momento de nacer, y sin duda, mucho antes de ese momento. Luego, lo es desde la concepción. Ahora bien, al ser humano inocente no se lo puede matar, usar, mutilar, vender, comprar, guardar, manipular, etc., ni siquiera para un "buen fin".

Pero el "almacenar embriones" congelados para su posterior uso (implantación) con fines reproductivos implica:

1) quitar al ser humano ya concebido de su ambiente natural que es el seno materno y convertirlo así en objeto de manipulación.

2) arriesgar la muerte de ese ser humano ya concebido sin causa justificatoria, puesto que no está enfermo ni se trata de hacer algo para procurar su salud.

3) prever de antemano la posible destrucción de los embriones "sobrantes", lo que por lo arriba dicho constituye un homicidio. Más que "posible", agreguemos, en realidad en estas técnicas se da por descontado que será necesario "gastar" una buena cantidad de "material" antes de obtener con éxito la fecundación. O sea, matar a muchos para que pueda nacer uno.

Continúa el Catecismo:

2373 La Sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven en las familias numerosas como un signo de la bendición divina y de la generosidad de los padres (cf GS 50, 2).

2374 Grande es el sufrimiento de los esposos que se descubren estériles. Abraham pregunta a Dios: ‘¿Qué me vas a dar, si me voy sin hijos...?’ (Gn 15, 2). Y Raquel dice a su marido Jacob: ‘Dame hijos, o si no me muero’ (Gn 30, 1).

2375 Las investigaciones que intentan reducir la esterilidad humana deben alentarse, a condición de que se pongan ‘al servicio de la persona humana, de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e integral, según el plan y la voluntad de Dios’ (CDF, instr. "Donum vitae" intr. 2).

2376 Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio. Quebrantan ‘su derecho a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro’ (CDF, instr. "Donum vitae" 2, 4).


Aunque no medie la producción ni congelación ni utilización de embriones, por tanto, la fecundación artificial es inmoral, entonces, en la medida en que posibilita que el hijo de una pareja sea en realidad hijo de otra persona que no está unida en matrimonio con la madre o el padre de la criatura. Es decir, en el caso de una mujer que recurre al semen de otro hombre que no es su esposo, o de un hombre que "alquila" el vientre de otra mujer que no es su esposa.

Se puede objetar que en la adopción el hijo que el matrimonio adquiere no es tampoco hijo de ninguno de los dos. Pero precisamente, en la adopción no interviene para nada el potencial generador de ninguno de los esposos adoptantes. Se trata de algo totalmente distinto. En la fecundación artificial, por el contrario, se hace intervenir a un tercero en la actividad generativa misma de por lo menos uno de los cónyuges, cuando la esencia del matrimonio es el exclusivo derecho de cada cónyuge al poder generativo del otro.

Y ese derecho no es un derecho al que se pueda renunciar. De lo contrario, un cónyuge podría autorizar al otro a tener relaciones con un tercero, y ya no sería adulterio, lo cual obviamente no es el caso.

Los derechos del hijo

El hijo, por su parte, tiene derecho a nacer de un padre y una madre conocidos y unidos en matrimonio. En efecto, si sólo el matrimonio es la forma lícita de la reproducción humana, es lógico que el ser humano tenga derecho a venir al mundo de un modo moralmente lícito, en el cual además pueda llamar con propiedad "padre" y "madre" a los que hacen las veces de tales. Se puede objetar aquí que el que todavía no existe no puede ser sujeto de derecho.

Pero con esa mentalidad buena parte de la argumentación y la tarea ecológicas, por ejemplo, se vendría abajo. ¿No tenemos entonces una responsabilidad para con las generaciones futuras, que han de utilizar los menguados recursos naturales que les estamos dejando? En efecto, todavía no existen. Sin embargo, ¿cómo podemos tener deberes para con ellos, si ellos a su vez no tienen, ya ahora, derechos ante nosotros?
¿Quiere esto decir, entonces, que la fecundación artificial es legítima si los únicos que intervienen en el asunto son los mismos cónyuges?

Dice el Catecismo:

2377 Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas [inseminación y fecundación artificiales homólogas] son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que ‘confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos’ (cf CDF, instr. "Donum vitae" 82). ‘La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos... solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona’ (CDF, instr. "Donum vitae" 2, 4).

Incluso cuando se trata de dos personas unidas en matrimonio, no cualquier medio es válido para traer un hijo al mundo. Se debe hacer del modo natural, no porque no hay más remedio, sino porque ése es el modo intrínsecamente bueno, querido por Dios, Creador de la naturaleza humana. Es decir, el acto sexual de los esposos no puede separarse de la dimensión personal y espiritual de los mismos. No es un simple medio extrínseco para traer un hijo al mundo, que puede suplantarse por otro si resulta que no funciona. Eso sería en el fondo una visión equivocadamente espiritualista, dualista, de la relación entre el ser humano y su propio cuerpo. No es casualidad que el ser humano venga a la existencia de la relación de amor, físico y espiritual, entre un hombre y una mujer. No es un subproducto accidental. Es la finalidad misma a la que se ordena dicho acto. Sólo ese origen interpersonal, y a la vez físico y espiritual, es acorde con la dignidad del ser humano, que es persona humana, cuerpo y espíritu.

Continúa el Catecismo:

2378 El hijo no es un derecho sino un don. El ‘don más excelente del matrimonio’ es una persona humana. El hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido ‘derecho al hijo’. A este respecto, sólo el hijo posee verdaderos derechos: el de ‘ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y tiene también el derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción’ (CDF, instr. "Donum vitae" 2, 8).

2379 El Evangelio enseña que la esterilidad física no es un mal absoluto. Los esposos que, tras haber agotado los recursos legítimos de la medicina, sufren por la esterilidad, deben asociarse a la Cruz del Señor, fuente de toda fecundidad espiritual. Pueden manifestar su generosidad adoptando niños abandonados o realizando servicios abnegados en beneficio del prójimo.


Es importante subrayar esta última parte. ¡Cuántos niños y niñas crecen en internados y asilos por falta de padres adoptivos, mientras se gastan sumas cuantiosas en investigación y tratamientos que van contra la dignidad de la persona humana para dar hijos a las parejas que no pueden tenerlos!
Muy bien, se dirá, así será para los católicos, pero ellos no pueden pretender que su fe sea la norma para legislar en una sociedad pluralista.

Conclusiones

Ante todo, las cosas no son "para alguien": son, o no son, en la realidad. Si son, son para todos, si no son, no son para ninguno. Cuando se va a practicar el aborto, por ejemplo, sobre un ser humano ya concebido, no se va a quitar la vida a una opinión, que para unos es una cosa y para otros otra, sino a un ser humano que existe en sí mismo y es en sí mismo lo que es, independientemente de lo que opine o deje de opinar el que le va a quitar la vida.

En segundo lugar, los católicos somos ciudadanos, como tales, tenemos derecho a participar en la forja de las leyes que nos rigen, y a hacerlo, obviamente, basados en lo que consideramos verdadero y bueno, no en lo que consideramos falso y malo. Por lo que entiendo, es lo que hacemos todos los uruguayos, católicos, protestantes, judíos, ateos, agnósticos, etc.

En tercer lugar, las verdades a que hace referencia aquí el Catecismo no son verdades de sola fe, como el dogma de la Santísima Trinidad, sino verdades que pueden ser alcanzadas por la sola razón natural y que por tanto pueden ser apreciadas como tales, en principio, por cualquier ser humano dotado de uso de razón.

Pero, y finalmente: si la ley humana es contraria a la ley de Dios, ya ni siquiera es ley. En esto podemos apoyarnos en la "Antígona" de Sófocles, donde ya se reconoce que la ley humana recibe su validez de la ley natural, a la cual no puede por tanto contrariar. Eso quiere decir, concretamente, que para un católico ( y como acabamos de decir, para cualquier ser humano que se guíe por la recta razón) la fecundación artificial no es más lícita ni menos ilícita el día después de ser aprobada por el Parlamento, que el día anterior.

 

 





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