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El útero y las técnicas de reproducción artificial
¿Los úteros artificiales son intrínsicamente incorrectos? ¿Sería inmoral remover a un niño no nacido del útero de su madre y ponerlo en un útero artificial o al útero de otra mujer para salvarle la vida?


Por: Jennifer I Kimbal | Fuente: Catholic.net



Los tratados clásicos y de teología siempre han mostrado un respeto único y profundo en relación al vientre materno. Ciertamente, el vientre es el lugar donde la persona humana experimenta por primera vez comunión con otra persona, donde es nutrido y crece bajo el cuidado maternal, donde la persona que se encuentra en desarrollo es más vulnerable y depende de otro en todos los aspectos.

Como resultado de muchos años de esa especial reverencia hacia el vientre materno, se ha formado una norma en la moral Católica que implica la existencia de un respeto por el mismo y que conlleva un significado único en la teología del cuerpo; de cualquier manera, esta norma requiere ser completamente articulada por las enseñanzas de la Iglesia. La ausencia de dicha norma puede entenderse al recordar el conocimiento que la Iglesia tuvo en un principio sobre la embriología humana. En el Siglo XIII, Santo Tomás de Aquino pensaba que la vida humana se originaba solamente por el espermatozoide del hombre, su “semilla”. Se pensaba que la participación de la mujer en la concepción era pasiva, ofreciendo sólo el lugar y la nutrición proporcionada por su sangre para que se desarrollara la semilla del hombre. No fue sino hasta 1827 que se reconoció la contribución física de la mujer en la concepción cuando se descubrió el óvulo. De cualquier manera, es interesante notar que la “semilla” de la mujer se menciona mucho antes, en Génesis 3, 15.

Esta apreciación espiritual y de especial reverencia en relación al vientre ha venido a sostener argumentos respecto de las técnicas de reproducción artificial, como la adopción de embriones congelados, terapias embrionarias , embarazos ectópicos (embarazos en las trompas, fuera del útero), etc… Argumentos que, debe notarse, surgen más comúnmente de lo que se entiende al respecto en la ética sexual y no del entendimiento del útero como órgano: su telos (fin por el cual existe) e integridad (el bien para el cual sirve). Esto no es para admitir un dualismo ideológico que separara el ser personal de la mujer respecto de su órgano, en este caso el útero, como implicando que no es de ella. Por el contrario, lo que se entendía en un principio sobre embriología humana debe permitir creer que el útero merece tratarse como una entidad corporal-espiritual autónoma de la madre, pues pertenece al embrión. El vientre es del cuerpo de la mujer y por lo tanto le pertenece a su persona; su cuerpo y alma son una única realidad (corpora et spiritu unum). Además, debe reconocerse que el vientre de la mujer existe no para mantener la integridad física de su cuerpo, sino para el de otro, el embrión o feto.

Una visión ontológica del vientre materno

Materialmente hablando, el vientre es un órgano del cuerpo de la mujer conocido como útero. Como sabemos, el útero es parte del sistema reproductivo aunque no posee la capacidad de generar una nueva vida, capacidad propia del sistema en sí. En otras palabras, el útero por sí mismo no participa en la esencia material de la concepción de un ser humano, sino que es el lugar donde una nueva vida crece y se desarrolla. Santo Tomás estaba en lo correcto al considerar el papel que juega el vientre en el desarrollo del embrión pero no lo estaba respecto de la concepción y el cuándo y cómo empieza la vida.

El vientre está diseñado no para servir a la integridad física de la mujer como lo sería el riñón o el hígado, sino que existe para servir a otro; sin embargo le obtiene, en cierta manera, un bienestar físico que es la donación de sí misma.

Sin un entendimiento completo del vientre, ¿seremos capaces de responder preguntas que en un futuro involucren el útero sustituto y la gestación de embriones en úteros-mecánicos artificiales? Ahondando en estas cuestiones del futuro, contribuimos significativamente a presentar debates tales como la transferencia de embriones para salvar la vida del feto. ¿Los úteros artificiales son intrínsicamente incorrectos? ¿Sería inmoral remover a un niño no nacido del útero de su madre y ponerlo en un útero artificial para salvarle la vida? O, ¿Sería inmoral transferir un niño no nacido al útero de otra mujer para salvarle la vida?

El transplante de útero

En noviembre de 2006, la junta del Hospital Downtown de Nueva York revisó y confirió la aprobación al Dr. Giuseppe Del Priore para realizar en los Estados Unidos el primer transplante de útero en humanos. Hasta ahora no ha habido alguna publicación que destaque un transplante exitoso. El primer intento conocido se realizó en Arabia Saudita en el año 2000 y fue removido después de 99 días debido a la formación de coágulos de sangre, incluso después de haber logrado dos ciclos menstruales.

Después de escuchar la aprobación del Hospital en Nueva York, mujeres estériles se enlistaron para voluntariamente recibir un útero nuevo con la esperanza de gestar lo que se logró concebir por la unión conyugal. El problema cuando hay una enfermedad uterina es no necesariamente la falta de concepción, sino que el vientre no puede hospedar al embrión, causando que no se fije a las paredes y resultando la muerte del mismo. Dado que la medicina ha visto una terapia no convencional mediante el transplante, debemos preguntar, “¿Es ético?”.

La Iglesia enseña que “Éticamente, no todos los órganos pueden donarse. El encéfalo y las gónadas no deben ser transplantados porque aseguran la identidad personal y procreativa respectivamente. Estos son órganos que encarnan las características únicas de la persona, y que la medicina tiene la obligación de proteger” (Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, Carta de los Agentes Sanitarios, 1995, No. 88).

Con el transplante de útero, la matriz es extirpada del cuerpo de una mujer y es introducida al cuerpo de otra mujer para que pueda gestar las vidas que ella y su esposo hayan concebido (homólogamente). El útero es biológicamente extraño al receptor, como sucede con todos los órganos donados, y es parte del aparato reproductor pero no participa en la capacidad de engendrar, no contribuye a la concepción de una nueva vida humana ni constituye su identidad personal o procreadora. Al formular las consideraciones éticas para la transferencia de un útero heterólogo (que procede de otra persona) al cuerpo de otra mujer, ¿Necesitaremos incluir consideraciones de la ética conyugal o de la ética sexual al tratarse de un órgano del sistema reproductor?

El hijo que se gesta en un útero heterólogo dentro de su madre biológica no es extraño a la madre ni al padre, tampoco fue generado sin su participación. Parece razonable decir que la introducción del útero a la lista de órganos que pueden, desde el punto de vista ético, ser transplantados. Si bien como se dijo anteriormente forma parte del aparato reproductor no participa de ninguna manera en el acto conyugal ni tampoco compromete a los órganos sexuales. Es un acto de carácter médico como puede ser discutido, que provee un bien para ambos, el cumplimento de los fines del matrimonio y la gestación de sus hijos. La mujer que ha quedado embarazada después de dicho transplante continúa siéndolo como resultado de la unión conyugal natural. La gestación del hijo de cualquier forma, es fruto de la donación esponsal. Se podría encontrar similitud entre la asistencia física o contribución de otra mujer para nutrir y cuidar una nueva vida humana con la de una nodriza.

Para concluir, el útero es un órgano que se considera éticamente separado de los ovarios o testículos, los cuales conllevan una identidad generativa y se relacionan con la ética procreativa. El útero no tiene una identidad generativa y, planteo para futuras reflexiones éticas, que se permita el transplante de útero con el objetivo de salvar a otro, para gestar y nutrir a una nueva vida humana.

Del original en inglés:
The Womb and Reproductive Technologies: Telos and Integrity
Jennifer I Kimball, Be.L.
Director, Culture of Life Foundation

Traducción por Marcela León.
 





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