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Humillados por el misterio del genoma
Nuestros 30.000 genes, con las increíbles repercusiones de sus irreducibles interacciones, nos han hecho lo suficientemente complejos y, al menos, potencialmente aptos para la tarea que nos espera.


Por: Stephen Jay Gould | Fuente: Stephen Jay Gould





Stephen Jay Gould, paleontólogo evolucionista, que imparte clases de Zoología en la Universidad de Harvard y autor de libros como La vida maravillosa o Un dinosaurio en un pajar, publicó recientemente en el Mundo un extenso artículo del que extraemos algunos párrafos relevantes:

Las implicaciones de este hallazgo afectan a varios ámbitos. Los efectos comerciales serán patentes, en vista de que la biotecnología, incluida la carrera para patentar genes, ha adoptado la antigua postura de que reparar un gen anómalo podría llegar a curar una dolencia concreta. El significado social del descubrimiento, por otra parte, podría liberarnos de la noción simplista y perjudicial, y también falsa por muchas otras razones, de que cada aspecto de nuestro ser, tanto físico como del comportamiento, puede atribuirse a la acción de un gen particular para cada rasgo.

No obstante, las repercusiones más profundas serán de carácter científico o filosófico en un sentido más amplio. Desde sus comienzos en el siglo XVII, la ciencia moderna ha favorecido intensamente el pensamiento reduccionista que divide lo complejo en los elementos que lo integran y luego intenta explicar la totalidad a partir de las propiedades de sus partes y de sus interacciones predecibles. (Analizar significa, literalmente, descomponer una cosa en sus partes elementales). El método reduccionista funciona de maravilla en el estudio de sistemas simples como por ejemplo al predecir los eclipses o el movimiento de los planetas (pero no puede dar cuenta de la evolución de sus complejas superficies). Pero, una vez más -¿cuándo aprenderemos?-, hemos sido víctimas de la soberbia y, tras descubrir el funcionamiento de algunos sistemas, pensamos que ya habíamos dado con la clave para conquistar todos los fenómenos de la naturaleza. ¿Aprenderá alguna vez Parsifal que sólo con humildad (y con múltiples estrategias para explicar el mundo) podrá hallar el Santo Grial?

El que se haya deshinchado nuestra soberbia no es una humillación, sino un hecho afortunado y positivo. El fracaso del reduccionismo no es el fracaso de la ciencia, sino la sustitución de una serie de supuestos inviables por explicaciones más apropiadas que estudian la complejidad en sí misma y respetan la influencia de los extraordinarios factores evolutivos.

Sí, la tarea será mucho más difícil de lo que pudiera imaginarse la ciencia reduccionista. Pero nuestros 30.000 genes, con las increíbles repercusiones de sus irreducibles interacciones, nos han hecho lo suficientemente complejos y, al menos, potencialmente aptos para la tarea que nos espera.

Las probabilidades de tener éxito en esta empresa serán mayores si prestamos atención a las palabras memorables de otra gran figura histórica que nació el mismo día que Darwin, el 12 de febrero de 1809. Al tomar posesión de la presidencia de Estados Unidos, Abraham Lincoln instó a los ciudadanos a apaciguar discordias y buscar la unidad. Invocó «al ángel que habita en nosotros», propiedad emergente, irreducible y, a la vez, inherente, de nuestra mentalidad evolutivamente única, a la que podemos invocar pese a no radicar, por ejemplo, en el gen 26 del cromosoma 12.





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