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Nuestro testimonio en favor de la paz
Los pilares de la paz verdadera, dice el Santo Padre, son la justicia y la forma particular del amor que es el perdón


Por: Familia del Verbo Encarnado | Fuente: Crónicas Misioneras




Beit Jala, 26 de enero 2002

Como todos saben el Santo Padre eligió para el 1 de enero de 2002, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios y XXXV Jornada mundial de la paz, el lema :“No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”; y fue este también el mensaje central del encuentro que se llevó a cabo el 24 de enero en Asís, donde cientos de líderes religiosos de todo el mundo, invitados por el Santo Padre, hicieron una declaración común contra todo tipo de violencia, y a favor de la paz.

En su homilía del 1° de enero Juan Pablo II afirmaba: “En nombre de Dios, renuevo mi llamamiento apremiante a todos, creyentes y no creyentes, para que el binomio “justicia y perdón” caracterice siempre las relaciones entre las personas, entre los grupos sociales y entre los pueblos".

Desde diversas partes del mundo se eleva una ferviente invocación de paz; se eleva particularmente de la Tierra que Dios bendijo con su Alianza y su Encarnación, y que por eso llamamos Santa.

La “voz de la sangre” clama a Dios desde aquella tierra; sangre de hermanos derramada por hermanos, que se remontan al mismo patriarca Abraham, hijos, como todos los hombres, del mismo Padre celestial”. 1

Esta fue la súplica del Vicario de Cristo, y este testimonio es el que queremos dar como misioneras en esta Bendita Tierra. Aunque nuestra labor sea tan insignificante como una gota de agua en el mar, nos reconfortan aquellas palabras de la Madre Teresa, que sin nuestra labor, el mar tendría una gota de agua menos.

Durante estos últimos meses, y especialmente durante el mes de Ramadán y antes de Navidad incrementamos nuestras visitas de casas a cristianos y musulmanes, llevándoles algunas veces comida y ropa, otras sólo nuestra presencia. Estas visitas coincidieron con una de las épocas más difíciles por las cuales hayan atravesado estos pueblos.

Ataques terroristas musulmanes

Y desproporcionadas respuestas militares israelíes, se han ido sucediendo una y otra vez según la ley del Talión: ojo por ojo...Dios nos ha concedido el ser testigos más de cerca del sufrimiento del pueblo Palestino, por estar viviendo en territorio árabe y por aprender su lengua, ya que los cristianos son en su gran mayoría árabes.

Muchas veces al pasar por el check point (puesto israelí a la entrada del territorio palestino de Belén), vemos grandes grupos de gente de toda edad, escapando de los controles de los soldados, corriendo entre los campos porque detrás va el jeep que los interceptará para tomarles sus identificaciones y llevarlos quizá a la cárcel, sino pueden pagar la multa por no poseer permiso para ir a Jerusalén… y son trabajadores, y son niños y mujeres, jóvenes y ancianos saltando las murallas para esconderse de los soldados como si fuesen delincuentes!.

Nuestras visitas a los Mujeiem (Campos de refugiados palestinos-musulmanes), especies de barrios donde se vive una gran pobreza de todo tipo, han conmovido nuestros corazones. Y esto es así porque nuestra misma consagración de esposas de Cristo hace que tomemos como nuestros los dolores ajenos, los dolores de las almas que El nos ha encomendado.

“La “voz de la sangre” clama a Dios desde aquella tierra; sangre de hermanos derramada por hermanos… hijos, como todos los hombres, del mismo Padre celestial”.

Una de esas voces es la de Roxan, hija de Jiba. Jiba es una joven jordana casada con un palestino, que durante el mes de abril pasado estando embarazada de 8 meses, durante uno de los ataques israelíes al campo de refugiados de Aasa (Belén), por escapar de los disparos cayó de las escaleras de su casa. El golpe dañó a su bebé, razón por lo cual Roxan nació prematura, ciega y retrasada mental.

Tanto su voz como la de cientos de niños que en este invierno duermen en tiendas de campaña o en casas ajenas porque el ejército israelí tiró abajo sus humildes casas, se elevan al Cielo día tras día.

Muchos de los palestinos-musulmanes que viven aquí, cansados de tanta presión, viviendo en condiciones precarias debido a la falta de trabajo, etc; consideran que la vida no tiene sentido.

Más de una vez he escuchado expresiones como esta: “mejor que nos maten a todos, que sentido tiene vivir así”. Semejantes palabras, producen un sentimiento de impotencia en nosotras. ¡Cómo explicarles que Cristo vino a traernos la VIDA! ¡Como decirles con el Santo Padre, que “el mal no tiene la última palabra en los avatares humanos”
2, que aunque se crean olvidados, ¡la vida de cada uno de ellos es preciosa ante los ojos del Padre Eterno!

Este sentimiento, quizá es distinto en los cristianos, porque es otra la esperanza en la que están basados, aunque por ser una minoría sufren más presión, al vivir “agobiados por el peso de dos extremismos diversos que, independientemente de las razones que los alimentan, están desfigurando el rostro de Tierra Santa.”
3

Es parte de nuestra tarea el hacerlos conscientes de los sentimientos del Santo Padre y de la Iglesia toda que “comparte vuestras preocupaciones, sostiene vuestros esfuerzos diarios, está cerca de los sufrimientos de vuestros fieles y, a través de la oración, mantiene viva la esperanza”.
4

“Nadie, puede permanecer insensible ante la injusticia de la que es víctima el pueblo palestino desde hace mas de cincuenta años. Nadie puede negar el derecho del pueblo israelí a vivir de modo seguro. Pero nadie puede olvidar tampoco a las víctimas inocentes que, de una parte y de otra, caen todos los días bajo los golpes y los tiros. Las armas y los atentados sangrientos nunca serán instrumentos adecuados para enviar mensajes políticos a interlocutores.”
5

El hecho de vivir más de cerca la realidad árabe, no quiere decir que seamos indiferentes al dolor del pueblo judío, a quienes los numerosos atentados han cobrado víctimas inocentes: niños, jóvenes y ancianos; mujeres y hombres que quizá estaban a favor de la paz, y que quizá anhelaban tanto como los terroristas que se hacían explotar, un cese de la injusticia, una esperanza de paz para todos.

Ciertamente que los atentados han producido una gran inseguridad en la población judía (y no-judía). Uno no sabe donde ni cuando puede ser testigo o víctima de un acto de esta clase. Omnibus, restaurantes, parques, escuelas, oficinas públicas, lugares de paseos y diversión…todo es posible. Las imágenes y los testimonios de los sobrevivientes son impresionantes, y en muchos de ellos quedan huellas psicológicas muy difíciles de borrar.

No podemos ser indiferentes

Por supuesto que no podemos ser indiferentes al dolor de esa gente, y como cristianos y religiosos, hoy y siempre nos haremos eco de las palabras de SS. Juan Pablo II denunciando toda clase de violencia y terrorismo: “El terrorismo, nace del odio y engendra aislamiento, desconfianza, exclusión. El terrorismo se basa en el desprecio de la vida del hombre, …es un auténtico crimen contra la humanidad. El terrorista piensa que la verdad en la que cree o el sufrimiento padecido son tan absolutos que lo legitiman a reaccionar destruyendo incluso vidas humanas inocentes. A veces, el terrorismo es hijo de un fundamentalismo fanático, que nace de la convicción de poder imponer a todos su propia visión de la verdad. La verdad en cambio, aun cuando se la haya alcanzado -y eso ocurre siempre de manera limitada y perfectible- jamás puede ser impuesta.

Si nos fijamos bien, el terrorismo no solo instrumentaliza al hombre, sino también a Dios, haciendo de El un ídolo, del cual se sirve para sus propios objetivos”.
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“No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. Este lema es el que debemos proclamar con nuestras vidas, con nuestra consagración, ya que en cierto sentido, la paz también depende de nuestra fidelidad como consagradas.

“Los pilares de la paz verdadera, dice el Santo Padre, son la justicia y la forma particular del amor que es el perdón

El perdón de ninguna manera se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. El perdón tiende, mas bien, a la plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho más que un cese de las hostilidades, pretende una profunda cicatrización de las heridas abiertas.”
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“Unos contra otros, los israelíes y los palestinos no ganaran la guerra. Unos con otros pueden ganar la paz.”
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Pidamos a Dios Omnipotente que aquí como en todos los países donde se encuentran nuestros misioneros, sepamos ser un instrumento de la paz.

Que sea la Virgen Maria al pie de la cruz y de cada cruz, quien nos conceda esta gracia que tanto anhelamos.

“¡Salve, Madre Santa! Virgen hija de Sion, ¡Cuánto debe sufrir por esta sangre tu corazón de Madre!...Obtennos oh Madre, que la verdad de esta afirmación – “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”- se grabe en el corazón de todos. Así la familia humana podrá encontrar la paz verdadera, que brota del encuentro entre la justicia y misericordia”.
9

En Cristo y Maria Santísima, M. Maria del Cielo.




1.
L´Osservatore Romano, 4 de enero 2002. Homilía en la Solemnidad de Santa Maria Madre de Dios,pag.5. regresar

2. L´Osservatore Romano, 14 de diciembre. Mensaje del Santo Padre conmotivo de la Jornada mundial de la paz. Pag.7-8. regresar

3. L´Osservatore Romano, 21 de diciembre. Discurso a los obispos participantes en un encuentro sobre el futuro de los cristianos en Tierra Santa. Pag.6 regresar

4.Idem regresar

5. L´Osservatore Romano, 11 de enero. Pag. 3. regresar

6. L´Osservatore Romano, 14 de diciembre. Mensaje con motivo de la XXXV Jornada mundial de la paz. Pag. 7 y 8. regresar

7. Idem. regresar

8. L´Osservatore Romano, 11 de enero. Discurso del Santo Padre al Cuerpo diplomático.Pag. 3. regresar

9. L´Osservatore Romano, 4 de enero 2002. Homilía en la Solemnidad de Santa Maria Madre de Dios. regresar





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