Menu



La globalización, ¿para bien o para mal?
los críticos argumentan que los más pobres del mundo no han participado en sus beneficios


Por: Zenit | Fuente: zenit.org




La globalización necesita guiarse y regularse a beneficio de toda la familia humana, recomendaba Juan Pablo II a los participantes en un reciente encuentro organizado por la Academia Pontificia para las Ciencias Sociales.

Las opiniones siguen estando divididas en el tema de la globalización, pero muchos han cambiado sus rígidas posturas a favor o en contra, que con frecuencia han caracterizado el debate. Incluso el Fondo Monetario Internacional está reconociendo los riesgos asociados a la apertura de los mercados, observaba el 18 de marzo el Financial Times.

Un estudio co-escrito por el economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Ken Rogoff, admitía que abrir los mercados financieros no garantiza que los países pobres sean capaces de alcanzar a las naciones ricas.

«Si la integración financiera tiene un efecto positivo sobre la riqueza, hasta ahora no hay pruebas empíricas claras y sólidas de que el efecto sea cuantitativamente significante», afirmaba el estudio. De hecho, la liberalización podría aumentar la volatilidad, tanto de la producción como en el consumo de bienes, en las economías más pobres, debido a su dependencia de los poco fiables inversionistas institucionales, afirmaba.

«Es cada vez más evidente que el Fondo está tomando un punto de vista más matizado», decía al Financial Times Morris Goldstein, catedrático en el Institute for International Economics en Washington, D. C.

Mercados abiertos, pero con cuidado

En un texto del 14 de marzo preparado por parlamentarios de economías en proceso de transición, el director de relaciones externas del Fondo Monetario Internacional, Thomas Dawson, reconocía que quienes proponen la globalización afirman que se ha elevado inmensamente la calidad de vida en muchas partes del mundo. Sin embargo, añadía, los críticos argumentan que los más pobres del mundo no han participado en sus beneficios, defendiendo que el libre comercio favorece a los países ricos mientras que los volátiles mercados de capital dañan a los países en vías de desarrollo.

Dawson afirmaba que un estudio del Banco Mundial publicado en el 2001, sobre la relación entre libre mercado y crecimiento económico, revelaba que los países que han seguido una política comercial abierta tuvieron un porcentaje de crecimiento más alto que las economías no globalizadas. Pero preguntaba: «¿Ha sido el comercio el que ha conducido a un crecimiento superior en los globalizadores?».

«No podemos estar absolutamente seguros», era su respuesta. El problema es que los países que se han abierto comercialmente llevaron a cabo al mismo tiempo una serie de cambios en la política doméstica. En consecuencia, resulta muy difícil establecer el papel preciso que ha jugado el comercio en la ayuda al crecimiento. Por lo menos, el estudio hace difícil que los anti globalización defiendan que más comercio lleva a menos crecimiento, defendía.

Pero no basta simplemente abrir los mercados, advertía Dawson. «La opinión consensuada que está surgiendo ahora –incluyendo la del Fondo Monetario Internacional- es que los países en desarrollo necesitan tener un sistema de precondiciones para beneficiarse de la globalización financiera y evitar la creciente probabilidad de una crisis monetaria o bancaria».

Entre estas precondiciones está la necesidad de dar prioridad a la inversión a largo plazo sobre los flujos de capital a corto plazo de la fase inicial. Incluso puede darse el caso de imponer o retener algunos controles de capital. Otro requisito importante es una cuidadosa regulación de los bancos y otras instituciones del sector financiero.

Pobreza, desigualdad y crecimiento

El reciente libro de Surjit Bhalla, «Imagine There’s No Country» (Imagina que no existan los Países), defiende los beneficios de la globalización. Bhalla, un académico de Nueva Delhi y director financiero de una firma de consultoría, argumenta que la globalización ha reducido la desigualdad y que el «periodo de globalización ha sido la edad de oro del desarrollo».

Pero Bhalla también observa que ha habido marcadas diferencias regionales. La globalización ha sido extraordinariamente beneficiosa para los países asiáticos, que cuentan con dos terceras partes de la población del mundo en vías de desarrollo. Los ingresos medios de los asiáticos se han multiplicado por cuatro desde 1960, con un aumento anual de 3,7%, comparado con el 2,3% de los países industrializados.

En contraste, tras casi doblar la renta per cápita de 1960 a 1980, las economías latinoamericanas apenas mantuvieron su nivel durante los últimos 20 años. A África le ha ido peor, con un 12% de descenso en la renta per cápita en el periodo 1980-2000.

Sobre la cuestión de la desigualdad, Bhalla observa que muchos académicos y organizaciones concluyen que las dos últimas décadas del siglo XX vieron una creciente divergencia en los ingresos, con un crecimiento de la desigualad que ha acompañado al más rápido crecimiento económico.

Dedica algunos capítulos a mostrar que la desigualdad no es tan mala como se dibuja. Un importante factor al que muchos no han dado el suficiente peso, defiende, es la notable mejora en la situación económica de China e India. El crecimiento sostenido en estos dos países ha sacado a muchas personas de la pobreza. Es verdad que el porcentaje de personas pobres está todavía lejos del nivel de la gente rica, pero el porcentaje de crecimiento en los ingresos de los pobres es más alto que el de los ricos.
Complacencia de la patronal

John Plender, editorialista y columnista del Financial Times, tiene una visión menos optimista de la globalización. Su libro del 2003, «Going Off the Rails: Global Capital and the Crisis of Legitimacy» (Saliéndose de las Vías: Capital Global y Crisis de Legitimidad), defiende que los defensores de la globalización «han mostrado una complacencia propia de la patronal al minusvalorar los problemas de los flujos libres de capital».

El consenso de Washington – borrador de la posición que acentúa la desregulación financiera, la disciplina presupuestaria, el libre comercio e inversión y las políticas orientadas al mercado – tiene sus raíces en el liberalismo del siglo XIX, explica Plender. Esto se ve reforzado por la apertura de los mercados internacionales de capital en los últimos años. Pero, añade Plender, la burbuja bursátil y los escándalos contables han demostrado las trampas de un sistema sin regulación.

Plender no niega las ventajas de la globalización. Observa que tiene un «enorme potencial para mejorar el nivel de vida tanto de los mundos desarrollados como en desarrollo». Sin embargo, la apertura de los mercados también ha dado como resultado, en ocasiones, una mayor inestabilidad y penosos ajustes, puestos de relieve en la crisis financiera asiática de 1997, afirma.

Incluso así, la flexibilidad tiene sus ventajas, precisa, observando cómo Estados Unidos ha sobrellevado con más éxito las recientes tensiones financieras, en comparación con los más inflexibles sistemas económicos de Alemania y Japón.

No se trata de tomar todo o nada

Otra reciente, y más optimista, contribución al debate de la globalización ha venido de Philippe Legrain, un periodista económico. En su libro «Open World: The Truth About Globalization» (Mundo Abierto: La Verdad sobre la Globalización), advierte que debemos guardarnos de atribuir todos los males del mundo a la globalización. La desgraciada pobreza de muchos campesinos con economías de subsistencia es difícil que se atribuya a los mercados globales, observa, puesto que ellos no comercian.

Además, argumenta que no deberíamos ignorar que muchos países pobres se han beneficiado de la apertura de los mercados. El valor de las exportaciones de China, por ejemplo, ha crecido en un 15% al año en los últimos 20 años.

Necesitamos, por ello, pasar por encima de posiciones simplistas sobre la globalización y enfocar nuestra atención sobre qué clase de globalización queremos, establece Legrain. No se trata de tomar todo o nada. Cada país puede adaptarla de acuerdo a las necesidades locales.

Entre las medidas que Legrain recomienda está una bajada de los subsidios agrícolas en los países más ricos, y permitir en general más importaciones desde países en desarrollo. Los países ricos tienen también obligación de aumentar las ayudas a las naciones en desarrollo. Y los gobiernos deberían ayudar más a la gente que sufrirá por causa de las transacciones económicas asociadas con la globalización.

El Papa, en su discurso del 2 de mayo a los participantes del encuentro en Roma, pedía «pautas que coloquen firmemente la globalización al servicio del auténtico desarrollo humano». También observaba que la globalización en sí misma no es el problema.

«Más bien», afirmaba, «las dificultades surgen de la falta de mecanismos efectivos que la conduzcan por la dirección apropiada. La globalización necesita integrarse en el contexto más amplio de un programa político y económico que busque el progreso auténtico de toda la humanidad».

Los comentaristas económicos cada vez están más de acuerdo con el Papa.





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |