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Iglesia, Familia y Desarrollo
Analicemos el desarrollo de nuestros países no solo basados en indicadores sociales y económicos, sino a partir de la experiencia que como personas


Por: Mayi Antillón Guerrero | Fuente: Mayi Antillón Guerrero



Agradezco con un enorme compromiso y humildad a la Conferencia Episcopal de mi país, Costa Rica, el haber sugerido mi nombre para participar en este encuentro preparatorio a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe a celebrarse en Brasil el próximo año.

Mi gratitud igualmente al Consejo Episcopal Latinoamericano por haberme aceptado y cursado la invitación para estar hoy en Bogotá, participando en este foro. Esta oportunidad es propicia para reflexionar, analizar y compartir algunos aspectos relacionados con el desarrollo de nuestros países latinoamericanos, pero muy especialmente sobre la importante tarea que desde nuestras actividades cotidianas y desde la Iglesia que la conformamos todos, debemos seguir emprendiendo para la construcción de sociedades más justas y solidarias basadas en la defensa de principios y valores.

El reunir a tantas mujeres que ejercen un liderazgo en diversos espacios de la vida en sociedad, ya sea en la academia, la cultura, el ámbito comunal, la política, en los diferentes movimientos dentro de la estructura de la propia Iglesia, entre otras, nos permite pensar que los resultados de este encuentro serán sólidas bases para ser -“Discípulos y misioneros de Jesucristo, y hacer realidad que nuestros pueblos en Él tengan vida”, como se ha propuesto en el lema de la V Conferencia General del Episcopado.

En este sentido, hago votos para que este encuentro sea el marco propicio para que analicemos el desarrollo de nuestros países no solo basados en indicadores sociales y económicos, sino a partir de la experiencia que como personas tenemos, en nuestra propia vivencia interna, en el desarrollo y fortalecimiento de nuestras familias, en nuestro entorno inmediato comunal, en la sociedad nacional y en nuestra gran familia latinoamericana.

Aspiro que mis aportes personales, puedan reflejar ante todo, lo que he definido como prioritario en mi vida, una defensora de la familia como fundamento de la sociedad. Detrás de esta persona está también, una mujer luchadora que se ha comprometido en su vida laboral a alcanzar grandes objetivos de apoyo a iniciativas productivas, siendo la más importante la generación de más y mejores empleos.

Finalmente, el Señor me extrae como quien trasplanta un arbusto con todo y sus raíces, a un nuevo reto, ni más ni menos dentro de la política nacional, como diputada en el Congreso de la República, reto que aún inicio. La misma persona, ahora Dios le permite que asuma roles diferentes para probar su FE y sus creencias.

Espacios como el que ahora se nos brinda de congregarnos para detenernos en el análisis y difusión con convencimiento de los principios católicos en todos los ámbitos del quehacer de nuestra sociedad, son obra del que todo lo puede, que nos escoge para que de nuestras experiencias podamos dar testimonio, fortalecernos, apoyarnos y lo más importante, orar por cada una de nosotras para que se cumpla su voluntad.

Hace apenas tres meses tuve la satisfactoria experiencia de vivir un gratísimo momento, al recibir una invitación para ser ponente en la semana Social en Costa Rica bajo el titulo “La ética cristiana: Una Luz para el Siglo XXI”. Este es un proceso nacional de estudio que está dando sus primeros pasos, muy firmes en Costa Rica, con un impacto positivo en la reactivación de valores y principios a nivel nacional. Agradezco a Dios que me permitiera estar allí para crecer en mi FE y potenciar una red de personas que como yo, caminamos sedientas de su palabra. Hoy, el Señor me vuelve a premiar al estar aquí con todas ustedes.

Se inicia este nuevo milenio y es la oportunidad de hacer un nuevo llamado a los católicos a tomar sus posiciones y responsabilidades defendiendo desde los principios de la FE el rumbo que debe tomar la sociedad. El discernimiento y la sabiduría es quien debe iluminar los procesos complejos que atraviesa el mundo y no la indiferencia. Es en el desempeño de nuestras actividades cotidianas, donde tenemos la obligación de ser ejemplo de nuestro compromiso en la familia, empresa, sociedad, comunidad social y política. Ser luz es el llamado que se nos presenta en cualquier actividad que nos desempeñemos.

Cita el compendio de Doctrina Social de la Iglesia en su capítulo sobre la Persona Humana “IMAGO DEI: “Esta relación con Dios puede ser ignorada, olvidada o removida pero jamás eliminada por el hombre”.

Continúa señalando el compendio: “La persona humana es un ser personal creado por Dios para la relación con El, que sólo en esta relación puede vivir y expresarse y que tiende naturalmente hacia ÉL”.

Deseo ser reiterativa sobre la premisa de que cada una de las situaciones que enfrentan nuestros países tienen un importante componente del desarrollo de valores y principios, los cuales se sustentan y consolidan en la formación espiritual y personal que desarrollamos desde la unidad social más importante: la familia.

Recordemos, la doctrina católica ubica como centro y motor de la sociedad a la familia. Al propio Jesucristo, lo ubica Nuestro Padre dentro de un núcleo de amor conformado por las figuras de San José y la Virgen María, dándole ese sitio de honor y reconocimiento a la familia dentro de la sociedad.

Es así como los hombres venimos al mundo rodeados de una comunidad de amor, bendita por Dios integrada por nuestros padres en primera instancia y que aseguran la transmisión de esos principios y valores cristianos de generación en generación dentro de la sociedad.

La sociedad es definida por la suma de esos grupos familiares, por lo que toda sociedad que busque fortalecerse, buscará en primera instancia el fortalecimiento de la familia como núcleo central de ésta.

En la evolución de la sociedad, el matrimonio –entendida como la unión de los cónyuges- ha ido perdiendo espacio para darle lugar a otro tipo de convivencia entre las parejas. El auge de estas relaciones en detrimento del matrimonio, reflejan uno de los problemas más serios que vive la sociedad.

Cuando se habla que la sociedad está fragmentada, debilitada, no es más que un reflejo de una enfermedad que viven en primera instancia las familias y que se circunscriben a una pérdida de defensa de principios y valores, para acomodarse a nuevas tendencias simplistas de “acompañamiento” entre parejas, sin ningún compromiso real de fomentar la vida familiar y el cuidado de los hijos bajo este esquema ideal de convivencia.

Cuando la defensa de la estructura de la familia se privilegia desde un inicio, el quebrantamiento de ésta sólo sería posible por razones de fuerza mayor, como por ejemplo la violencia doméstica, faceta en la cual es más conveniente la desintegración de un miembro de la familia salvaguardando la vida de los otros. Aquí se defiende el principio de defensa de la vida ante todo, de la justicia, del bien común.

Sin embargo, día a día se conocen más y más casos de parejas que asumen el acompañamiento o que llegan al matrimonio sin el compromiso de su defensa y sostenibilidad, por lo que ante problemas de diversa índole propias de la convivencia en pareja la salida en primera instancia es el divorcio.

Este rompimiento en el respeto del valor de la familias, comienza a convertirse en lo que algunos han llamado un círculo vicioso en el desarrollo de nuestros países, dado que al debilitarse el núcleo esencial de formación de valores de la sociedad, las nuevas generaciones comienzan a incorporar nuevas prácticas y vivencias que generan una perspectiva distinta de la sociedades latinoamericanas, menos unidas, polarizadas y orientadas al desarrollo de actividades más individualistas, egoístas, poco solidarias, que afectan los procesos integradores de la vida en comunidad.

Aunque si bien es cierto existe una importante responsabilidad de la familia en la dinámica de nuestras sociedades, no se puede obviar que las políticas y acciones de nuestros Estados representan el complemento indispensable para el desarrollo integral del individuo, de las familias y de la sociedad en general. Por esta razón, nuestros países requieren cada vez más concebir políticas nacionales e internacionales con una visión integral que consideren el desarrollo social, ético, económico, político, cultural en armonía con el ambiente, de manera complementaria para aspirar en la generación de una sociedad orientada a establecer como principio de vida la búsqueda del bien común y la equidad entre las personas.

Los indicadores más recientes elaborados por el Consejo Económico para América Latina CEPAL, nos muestran que más de 213 millones de latinoamericanos, es decir un 40% de la población viven en situación de pobreza, relacionado en la mayoría de los casos con la incapacidad de nuestros países de dar atención a las necesidades básicas de la población. La vivienda, los servicios de salud, y el acceso a oportunidades educativas son algunos de los elementos sobre los cuales nuestros países deben enfocar una atención prioritaria para mejorar las condiciones de vida de los latinoamericanos.

En la vinculación del desarrollo, es preciso trabajar hoy con mayor compromiso entre la familia, la iglesia, los sectores políticos y las organizaciones sociales, ya que se requiere de un proceso articulado para generar las soluciones capaces de brindar mejores oportunidades y atenciones a la población.

Estado, Iglesia y comunidad son instituciones necesarias y complementarias en la construcción de una sociedad latinoamericana que busca insertarse al desarrollo. Este desarrollo debe integrar el fortalecimiento de los principios y valores cristianos, con el crecimiento económico, políticas de desarrollo redistributivas y la generación de oportunidades. Nuestras sociedades latinoamericanas tienen hoy el reto de abrazar el desarrollo como una oportunidad y no como una limitación a la capacidad integradora de la vida en comunidad.

Ante estos retos, celebro que a nivel internacional se oigan voces que clamen por comportamientos éticos en los países y en los organismos multilaterales. El Presidente de Costa Rica y Premio Nóbel de la Paz, Dr. Oscar Arias, ha hecho un llamado valiente en diferentes foros internacionales para caminar en esta dirección mediante la promulgación de lo que se ha denominado el Consenso de Costa Rica.

La propuesta propone que ha llegado la hora de que nuestros países cuenten con el apoyo de la comunidad financiera internacional para generar mecanismos que premien a aquellas naciones que no solo gastan en orden, sino también a quienes gastan con ética. El Consenso de Costa Rica es un llamado a los organismos financieros y a los países del mundo para que invirtamos cada vez más en educación, salud y vivienda para nuestros pueblos.

Es poner en la agenda de desarrollo mundial que la mejor forma de lograr la integración, la paz y el desarrollo de nuestros países es generando más y mejores oportunidades. La pobreza no dejará de cesar mientras nuestros países tengan como prioridad la inversión en equipo bélico. Nada más satisfactorio que poder hoy aquí, motivar a la luz del ejemplo de Jesucristo que impulsemos la paz, el desarrollo y la justicia mediante un nuevo consenso mundial.

Costa Rica es un país que a mediados del siglo pasado tomó la decisión de cambiar los cuarteles por escuelas y colegios y los soldados por estudiantes y maestros. Hoy, al amparo de ese llamado internacional, también hacemos lo propio por que avancemos en la promoción de una agenda social fuerte que genere más y mejores oportunidades para nuestro pueblo.

En esta dirección, a nivel nacional impulsamos programas orientados a consolidar el desarrollo de nuestro sistema educativo, a mejorar nuestros indicadores de empleo, a fortalecer nuestra seguridad social, brindando especial atención a nuestras poblaciones en riesgo social. Hemos iniciado acciones que procuren medidas más efectivas para garantizar la seguridad de nuestra población, una inserción inteligente con el mundo mediante el comercio internacional, mayores inversiones en sectores de alto valor agregado, un mejoramiento de la infraestructura nacional, más apoyo a los sectores productivos, y un mejoramiento en los aspectos fiscales. Solo así estamos seguros que será posible el desarrollo de nuestro país, si integramos en nuestras acciones la agenda social con la agenda económica.

Las acciones que emprendemos desde nuestros diferentes espacios en los que participamos, son parte de un todo en el que Dios nos ha colocado para dar sentido al desarrollo integral de nuestros pueblos.

Los valores y principios que dieron vida a nuestra Fe cristiana, serán la base que nos permita recobrar el sentido de nuestras sociedades si también en la política le damos valor cristiano a cada una de las medidas que se adoptan. El bienestar del mayor número no es una aspiración política, es un valor cristiano que debe guiar cada uno de nuestros pasos.

Como decía Juan Pablo II en un discurso que realizó a peregrinos parlamentarios y políticos: “Para el cristiano de hoy, no se trata de huir del mundo en el que le ha puesto la llamada de Dios, sino más bien de dar testimonio de su propia fe y de ser coherente con los propios principios, en las circunstancias difíciles y siempre nuevas que caracterizan el ámbito político”.

Como mujeres de Fe y además con responsabilidades sociales y políticas, debemos comprometernos en fortalecer la imagen de Cristo como guía y orientación de cada una de las acciones que impulsemos. Bien decía el Dr. Oscar Arias, en sus palabras de clausura de ese importante foro como lo fue la II Semana Social de la Iglesia, a la cual me referí con anterioridad:

“Cristo es la pregunta y la respuesta, es nuestro asombro y nuestra explicación. En el poder del Evangelio descansa la milenaria contestación a todas nuestras interrogantes humanas.
Es Cristo quien hoy nos mueve al cambio, a la transformación individual y social. Es Cristo quien hoy nos invita a abandonar la debilidad y la incertidumbre para actuar, con toda nuestra decisión, en la construcción de sociedades más justas, donde cada ser humano ocupe un lugar digno en la prodigiosa aventura de la vida.

Estoy segura, que este proyecto por emprender no es nuestro y no requiere de nuestra débil condición humana para realizarse. Estoy segura que este proyecto es el de Dios para sus amados hijos y que en la medida que cada uno de nosotros seamos instrumentos para aceptar actuar donde el nos ubique, su mano será la de servir de Luz y con ello nos convertiremos en “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para hacer realidad que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

Muchas gracias.

Referencias:
ß Antillón, Mayi. “Persona, Familia y Trabajo”: ponencia presentada en el marco de la II Semana Social de la Iglesia. 2006
ß Arias, Oscar. “La Ética Cristiana una luz para el siglo XXI”: Discurso pronunciado en el marco de la II Semana Social de la Iglesia. 2006. http://www.casapres.go.cr/discursos/d037.pdf
ß Arias, Oscar. “Un futuro a la altura de nuestros sueños”: Discurso pronunciado en LXI Asamblea General de las Naciones Unidas. 2006. http://www.casapres.go.cr/discursos/d028.htm
ß CEPAL, Panorama Social de América Latina 2005, Santiago, Chile. 2005. www.cepal.org
ß Conferencia Episcopal, Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, San José, Costa Rica.
ß Juan Pablo II, “Tomás Moro: Patrono de los gobernantes y políticos”. San José, Costa Rica.


 





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