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1. Nuevas respuestas para nuevos tiempos
Las asociaciones y movimientos eclesiales que vemos florecer con tanto vigor son un don del Espíritu para que la Iglesia pueda afrontar los desafíos de nuestro tiempo


Por: + Luis Bambarén Gastelumendi, S.J. | Fuente: Comisión Episcopal de Apostolado Laical, Perú



La Iglesia ha visto en las últimas décadas un florecimiento de la vida asociada. Se trata de manifestaciones del amor trinitario a través de la acción del Espíritu, organizadas de diversas maneras, que agrupan a fieles de distintas vocaciones -sacerdotes, consagrados y laicos-, para una vida cristiana, a partir de un carisma propio, en la comunión de la Iglesia. Constituyen un don del Espíritu Santo que tiene como fin el enriquecimiento de la comunidad eclesial y el surgimiento de nuevas maneras de vivir el Evangelio y acercar a Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,8), a las nuevas generaciones. Estas comunidades son conocidas como asociaciones o movimientos eclesiales.

En estas experiencias de vida cristiana, no obstante su conformación mixta, los fieles laicos han encontrado un ámbito fecundo de comunión y participación en la vida y misión de la Iglesia. En efecto, la mayoría de sus miembros son fieles laicos. De ahí que a menudo se destaque sobre todo el carácter laical de las mismas. El Papa Juan Pablo II, a propósito del 30 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, retomando las valiosas enseñanzas del decreto conciliar Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos, destacaba el «singular florecimiento de grupos, movimientos y asociaciones laicales» (1). El Santo Padre ve en este hecho la acción fecunda del Espíritu Santo que «parece suscitar en el pueblo cristiano el impulso misionero de sus orígenes, cuando la fe pudo difundirse rápidamente gracias al heroico testimonio de todos los bautizados» (2).

La vida asociada laical no es un fenómeno nuevo en la historia de la Iglesia. Los dos mil años de su peregrinar son elocuente testimonio de la riquísima variedad de expresiones asociativas de vida cristiana. Sin embargo, los últimos tiempos han visto cómo este fenómeno «ha experimentado un singular impulso» (3). Esta situación ha llevado al Papa Juan Pablo II a hablar de «una nueva época asociativa de los fieles laicos» (4). Así, especialmente después del Concilio Vaticano II, hemos contemplado el surgimiento de una fecunda ola de gracia que se ha plasmado en una inmensa y rica variedad de grupos, asociaciones y movimientos, llenos de nuevos programas y proyectos, con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones, donde los fieles laicos han encontrado nuevos cauces de participación eclesial. «El gran florecimiento de estos movimientos -señala el Papa Juan Pablo II- y las manifestaciones de energía y vitalidad eclesial que los caracterizan han de considerarse ciertamente como uno de los frutos más bellos de la amplia y profunda renovación espiritual, promovida por el último Concilio» (5).

Este singular florecimiento nos hace volver la mirada al Espíritu de vida y verdad que guía a la Iglesia en su peregrinar histórico según el designio divino. Es claro que las asociaciones y movimientos eclesiales van surgiendo y desarrollándose de manera espontánea, brotando en medio de la vida cotidiana, apareciendo como una novedad con frecuencia no prevista ni buscada. Y es que éstos son ante todo iniciativa del amor de Dios, novedad del Espíritu que «sopla donde quiere» (Jn 3,8) y que derrama sus dones para la renovación y crecimiento del Pueblo de Dios.

Las experiencias asociativas que la Iglesia reconoce tienen un mismo origen: el Espíritu Santo. Y tienen también un mismo objetivo final: vivir y anunciar a Jesucristo. Sabemos bien que el Espíritu Santo derrama gracias y dones en orden a la edificación del Pueblo de Dios y a la difusión del Evangelio. El Espíritu «"distribuye sus dones a cada uno según quiere" (1 Cor 12,11). Con esos dones hace que estén preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia, según aquellas palabras: "A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común" (1 Cor 12,7)» (6). Las asociaciones y movimientos eclesiales constituyen una de las expresiones de estos dones. Como enseña el Papa Juan Pablo II, son «auténtica riqueza suscitada por el Espíritu que sopla donde quiere y como quiere» (7).

Estas experiencias asociativas de vida cristiana se han organizado de distintas maneras, presentándose a menudo «muy diferenciadas unas de otras en diversos aspectos, como en su configuración externa, en los caminos y métodos educativos y en los campos operativos» (8). Sin embargo, se encuentra una «amplia y profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad» (9). En ellas el fiel cristiano encuentra un espacio comunitario para descubrir y valorar mejor su dignidad de hijo de Dios recibida en el bautismo, y para participar más activamente en la vida y misión de la Iglesia. En la variedad de carismas, de métodos, de estilos y de campos de compromiso, los fieles encuentran una gran riqueza de medios para darle sentido pleno a su vida según el designio divino. Encuentran también un camino de crecimiento en la fe de la Iglesia que los lleva a formarse -tanto doctrinal como espiritualmente- y a proyectarse en servicio evangelizador y solidario en la sociedad.

Las asociaciones y movimientos eclesiales que vemos florecer con tanto vigor son, pues, un don del Espíritu para que la Iglesia pueda afrontar los desafíos de nuestro tiempo, y como tales portan una original contribución a su vida y misión. Vemos así reproducirse un hecho que ha sucedido a lo largo de toda la historia del Pueblo de Dios. Cada época ha visto florecer diversas formas de asociaciones cristianas en orden a la santificación de los fieles y el servicio evangelizador. Este florecimiento en cada momento no ha supuesto una ruptura con el pasado o con otras formas asociativas. Se ha dado siempre en explícita continuidad con la historia inmediata del Pueblo de Dios y su Tradición viva, en apertura a los desafíos de cada nueva época; un proceso que siempre ha sido de renovación en continuidad. Las distintas asociaciones y grupos, «desde los de una consolidada tradición, hasta los de un origen más reciente, han hecho del testimonio y del anuncio su razón de ser, buscando formas y lenguajes nuevos y experimentando metodologías originales, que responden mejor a las exigencias particulares del mundo contemporáneo» (10). Corresponde a los Pastores discernir su eclesialidad en orden al enriquecimiento y renovación de la Iglesia.



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NOTAS

1.S.S. Juan Pablo II, El decreto Apostolicam actuositatem, 10-XII-1995, 2.

2.Loc. cit.

3.S.S. Juan Pablo II, Christifideles laici (ChL), 29.

4.Loc. cit.

5.S.S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Coloquio internacional de los movimientos eclesiales, Rocca di Papa, 2-III-1987, 1.

6.Lumen gentium (LG), 12.

7.S.S. Juan Pablo II, Alocución a los Obispos de Lombardía en visita ad Limina, 1-II-1987, 7.

8.S.S. Juan Pablo II, ChL, 29.

9.Loc. cit.

10.S.S. Juan Pablo II, Alocución a la Conferencia Episcopal Italiana, 21-V-1987.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




 





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