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Papado y ecumenismo
El ministerio del Papa es tan importante porque sirve y promueve la comunión y la unidad en la fe entre todos los cristianos


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Buscar y promover la unidad de la Iglesia, buscar y promover la unidad de los cristianos: esta es una de las misiones más importantes del Obispo de Roma, este es uno de los retos que tiene por delante el nuevo Papa, Benedicto XVI.

Lo ha reconocido en su primera homilía, pronunciada ante los cardenales el miércoles 20 de abril de 2005, en la misma Capilla Sixtina donde fue elegido Sucesor de Pedro. Especialmente subrayamos estas reflexiones del Papa:

“Alimentados y apoyados por la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse estimulados a tender a esa plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. El sucesor de Pedro sabe que tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo deseo del divino Maestro. [...] El actual sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta petición y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa fundamental del ecumenismo. Tras las huellas de sus predecesores, está plenamente determinado a cultivar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para promover contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes iglesias y comunidades eclesiales. A ellos les dirige también en esta ocasión el saludo más cordial en Cristo, único Señor de todos”.

¿Por qué es necesario el esfuerzo ecuménico? El hombre, por motivos muy complejos, tiende a la división, al egoísmo, a caminar por su cuenta, sin pensar en los otros, sin buscar la verdad. También esto ocurre entre los bautizados, entre los que creemos en el mismo Señor Jesús, aunque a veces con credos diferentes. Por eso resulta tan importante el ministerio del Papa: porque sirve y promueve la comunión y la unidad en la fe entre todos los cristianos.

Las iglesias y comunidades eclesiales que se han separado de Roma, que han roto su unidad con el Papa, que a veces han perdido contenidos importantes de la fe, no sólo han vivido una vida sin la plenitud de la savia que viene del Espíritu Santo, sino que han sufrido divisiones y divisiones cada vez más profundas entre sus miembros. Basta con observar la historia del protestantismo para darnos cuenta de esto. Algo parecido, si bien en un modo distinto, ha ocurrido entre algunos sectores de las iglesias ortodoxas.

En cambio, la Iglesia católica mantiene una unidad llena de riqueza. Unidad que no es uniformidad. Muchos se han sorprendido al ver a cardenales vestidos de un modo “especial” en los funerales de Juan Pablo II o en los días del cónclave. Esos cardenales representan a las iglesias católicas de rito oriental, que son parte de una riquísima tradición de ritos muy variados que han convivido dentro de la misma Iglesia. Conviene incluso recordar que, además de la pluralidad de ritos, coexisten en nuestra Iglesia dos derechos distintos, el Código de Derecho Canónico para la Iglesia de rito latino, y el Código de los cánones para las Iglesias orientales.

Benedicto XVI se ha propuesto continuar, tras las huellas de Juan Pablo II, tras las huellas de tantos Papas a lo largo de los siglos, el esfuerzo por conseguir que todos los bautizados, en la riqueza de tradiciones, lenguas y de culturas, vivamos unidos en un solo rebaño, con un solo Pastor (cf. Jn 10,16), en la misma fe. Que logremos un día vivir lo que el Espíritu Santo inspiró a san Pablo: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,5-6).

Esa fue una de las indicaciones que nos dejó el Concilio Vaticano II en el decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo (publicado el 21 de noviembre de 1964). Ese fue uno de los legados que nos dejó Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint (del 25 de mayo de 1995).

En esta hermosa encíclica Juan Pablo II recordaba la importancia de la misión ecuménica del Papado: “Esta es un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del apóstol Pedro. Yo lo llevo a cabo con la profunda convicción de obedecer al Señor y con plena conciencia de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió a Pedro esta misión especial en la Iglesia y le encomendó confirmar a los hermanos, al mismo tiempo le hizo conocer su debilidad humana y su particular necesidad de conversión: «Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,32). Precisamente en la debilidad humana de Pedro se manifiesta plenamente cómo el Papa, para cumplir este especial ministerio en la Iglesia, depende totalmente de la gracia y de la oración del Señor: «Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca» (Lc 22,32). La conversión de Pedro y de sus sucesores se apoya en la oración misma del Redentor, en la cual la Iglesia participa constantemente. En nuestra época ecuménica, marcada por el concilio Vaticano II, la misión del Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de la plena comunión de los discípulos de Cristo” (Ut unum sint n. 4).

No podemos dejar al Papa solo en esta misión, en este esfuerzo constante por promover la unidad de los creyentes. Todos podemos y debemos rezar para que pronto, muy pronto, se superen las barreras que nos han separado de las iglesias orientales y de aquellas comunidades eclesiales que comparten con nosotros tantos dones del Señor, movidos por el deseo profundo (que viene del mismo Dios) de poder abrazarnos un día como miembros de la única Iglesia de Cristo.







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