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Uniones homosexuales y el mito de la igualdad
El 66.7 por ciento de los homosexuales no cree en el matrimonio y sólo el 0.2 por ciento afirma que no se casa porque no está permitido


Por: Jesús Caudillo | Fuente: yo influyo.com



Uniones homosexuales y el mito de la igualdad

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) discutirá en agosto próximo la conveniencia de reconocer a las uniones homosexuales como matrimonios en el Distrito Federal. Aunque el dictamen del ministro Sergio Navarro-Valls se inclina por favorecer a las uniones homosexuales, y algunos de los ministros están dispuestos a votar en ese mismo sentido, conviene discutir una vez más algunos aspectos en los que estas uniones vulneran a algunas de nuestras instituciones sociales y políticas más sólidas.

Aun cuando la Corte se preste a este juego político y valide a dichas uniones como matrimonios en nombre de una igualdad que no lo es, la realidad es precisa, clara y contundente. Discutamos.  

El ser humano, la igualdad y los derechos homosexuales
La igualdad entre individuos. El todavía no superado debate entre problemas y condiciones. ¿Qué elementos de la realidad en la que vivimos son problemas que tienen solución y cuáles son condiciones a las que hay que ajustarse y con las que hay que convivir de forma armónica, casi parsimoniosa. ¿Es la desigualdad entre iguales un problema o es una condición?

¿El hecho de que millones de personas no tengan qué comer es un problema o una condición? ¿El que otros tantos no tengan siquiera lo suficiente para vivir es un problema o una condición? ¿Los múltiples fenómenos que azotan nuestra vida pública son problemas o son condiciones? ¿A qué aspiramos cuando hablamos de luchar por la igualdad entre los seres humanos?

Para muchos las condiciones son problemas y para otros los problemas son condiciones. Las respuestas se ofrecen, casi siempre, de acuerdo a intereses políticos y económicos. La raíz de la discusión se pierde cuando se prescinde de lo que da sentido a la igualdad. ¿Por qué los seres humanos somos iguales? ¿Por qué aspirar a la igualdad?

La respuesta es sencilla. La naturaleza del ser humano es única e indisoluble: por más que se deseé otra cosa, el hombre consiste en cuerpo y alma. No hay más. ¿Qué hace iguales a los hombres? Que tienen la misma naturaleza, la misma esencia y el mismo destino. Las condiciones en las que se desarrollan las distintas sociedades humanas difieren entre sí, por lo que el elemento de cohesión que da sentido a la búsqueda de la igualdad es precisamente la naturaleza humana.

Cuando se pide al Estado que sea consistente en el reconocimiento de los derechos de las personas homosexuales -y por tanto se alude a la igualdad como justificación a cualquier decisión política- en realidad no se hace referencia al concepto de igualdad que responde a la esencia y naturaleza del ser humano. El reconocimiento de las personas homosexuales se da en tanto que se les acepta como ciudadanos.

La petición que hacen grupos y movimientos homosexuales en el sentido de que se les reconozca su unión sentimental como matrimonio contraviene enteramente la aspiración de la igualdad.

Desde esta perspectiva, las personas homosexuales no se reconocen de origen como iguales, por lo que cualquier intento o aspiración a la igualdad resulta vano en tanto que ellos cesen el rechazo que se profesan a sí mismos como iguales de los demás. De ahí el reclamo a que se les reconozcan sus uniones sentimentales como matrimonios, aunque eso no resuelva el problema necesariamente.

Luigi Ferrajoli, famoso jurista italiano y estudioso de la igualdad en el espacio público, en su documento Igualdad y diferencia, ha distinguido entre "diferencia” y “diferencias”. El primer concepto es la diferencia de sexo que existe entre los individuos integrantes de una sociedad. Esta diferencia sostiene al resto de las diferencias de identidad (de lengua, etnia, religión, opiniones políticas y similares).

Ferrajoli diferencia las civilizaciones cuyas leyes respetan y “valoran” las diferencias, y las que niegan esa diversidad que enriquece al espacio público, señalando como ideal aquel primer modelo.

Esta visión, según Ferrajoli, en vez de ser indiferente o intolerante con las diferencias, garantiza a todas su libre afirmación porque no las deja a merced de la medición de fuerzas entre los actores públicos. Además, no privilegia ni discrimina ninguna diferencia, sino que las asume a todas como dotadas de igual valor y prescribe para todas igual respeto y tratamiento.

La perspectiva en cuestión entiende a la igualdad en los derechos fundamentales como el igual derecho de todos a la afirmación y a la tutela de la propia identidad. Aunque la norma es la igualdad, el hecho es que la diferencia, mal llamada desigualdad, viene a ser una realidad contemplada en este planteamiento.

El planteamiento de Ferrajoli pierde sentido cuando, una vez más, renuncia a contemplar al ser humano en su entera naturaleza y enraíza su reclamo de igualdad en la validez de todas las posturas e identidades, sin fundarlas en valores y elementos que dan sentido profundo a esas diferencias.

No se aspira a modelos e ideales, sino que se observan como válidas -sin que ello contraiga una connotación negativa- todas las visiones, posturas y personalidades que surjan en el mundo. El hombre es uno y la igualdad parte de su esencia, naturaleza e identidad, no de los elementos periféricos que le disputan su atención.

La sexualidad cobra una relevancia fundamental en el esquema de la homosexualidad, dado que la vivencia plena y en la verdad de “ser hombre” y “ser mujer”, como notas imprescindibles del ser humano, permite mantener la necesaria congruencia con la realidad y se alejan de cualquier intento de distorsionarla a capricho.

El papel del estado respecto a la igualdad

El Estado actúa adecuadamente cuando reconoce que la igualdad entre sus ciudadanos se funda en la naturaleza del ser humano, y no cuando atiende a razones que desvirtúan dicha naturaleza, cualesquiera que éstas sean.

Las instituciones del Estado existen para atender problemas públicos, esa su razón de ser. Cuando las estructuras gubernamentales son capturadas y encaminadas a resolver situaciones que no competen al interés público, han arribado a un estado de corrupción del que deben recuperarse para reorientar su vocación.

Afirmar que las uniones homosexuales deben ser reconocidas por las instituciones del Estado como matrimonios es una falacia en tanto que no se atiende algún problema público y, por el contario, se orienta a la estructura estatal hacia terrenos de captura. En definitiva, las uniones homosexuales no son un problema público porque éstas no corresponden a un fenómeno de desigualdad.

¿Cómo sabemos si las uniones homosexuales son un problema público? La reconocida filósofa Nora Rabotnikof, en su obra En busca de un lugar común, indica que lo público es “lo que es común a todos, lo que representa el interés ‘general’ por sobre los intereses ‘particulares’”; “lo que es ‘visible’ o ‘manifiesto’, en contraposición con lo ‘oculto’, ‘oscuro’”; “lo que es ‘abierto’ o ‘accesible’ a todos, (…) en contraposición a lo ‘clausurado’”.

La publicidad de las uniones homosexuales no es tal en tanto que atiende a intereses muy particulares. De acuerdo a documentos y estudios -de los que yoinfluyo.com tiene copia- son pocas las personas dentro del ambiente homosexual que buscan casarse.

He aquí algunas cifras reveladoras: el 79.1 por ciento de los homosexuales del Distrito Federal no le gustaría conformar un matrimonio con su pareja; el 65.5 por ciento de esa población asegura que su relación no requiere de un compromiso legal o religioso para ser vivido, mientras que el 66.7 por ciento de los homosexuales no cree en el matrimonio y sólo el 0.2 por ciento afirma que no se casa porque no está permitido por las autoridades.

Parece que en el fondo hay intencionalidad política que pervierte a las instituciones del Estado porque son capturadas, desde el ámbito legal, por intereses particulares que se alejan del interés público, aun de la propia población homosexual.

Naturaleza del matrimonio y el papel del estado

La naturaleza del matrimonio, desde siempre, ha sido la unión entre un hombre y una mujer. Este hecho no es únicamente una situación cultural. Así lo ha desarrollado el hombre desde el inicio de las civilizaciones humanas.

El antecedente del matrimonio data desde el inicio de las sociedades humanas y, por ende, desde antes del surgimiento del Estado como concepto y realidad que hoy apreciamos y estudiamos. El Estado, por su parte, lo reconoció como un hecho inherente a la naturaleza de la convivencia del hombre, quien pertenece e interactúa en una sociedad, a la sirve y con la que colabora.

Si el Estado asume la responsabilidad de legislar sobre un hecho que no creó, sino que reconoció según los antecedentes y realidades históricas, se está atribuyendo facultades que no le corresponden y, por lo tanto, está adquiriendo un rostro ajeno al de su naturaleza, razón de ser y vocación.

En pocas palabras, el Estado es sobrepasado por la realidad del matrimonio tal cual ha existido desde siempre. Cuando se abroga la facultad de transformar la definición y razón de ser de esta institución, el Estado adquiere un cariz que desdibuja su verdadero rostro. Llega a ser, incluso, ridículo.

En sí ¿a qué aspiramos cuando hablamos de igualdad?
A todo esto, se argumenta que el valor que se encuentra detrás del reconocimiento de las uniones homosexuales como matrimonios es la igualdad para las personas homosexuales. Sin embargo, pocos hablan de los niños y la posibilidad de ser adoptados por estas parejas. Al escuchar el reclamo de este supuesto derecho es inevitable cuestionar quién es el favorecido con la adopción.

La adopción es un recurso orientado desde la subsidiariedad y la solidaridad que permite a los niños beneficiados la reducción de las brechas económicas, acceso a la educación, a la salud y garantiza su derecho a vivir en familia.

Con el reconocimiento de las uniones homosexuales se está validando la facultad de adopción, como si los niños fueran un producto u objeto de cambio. ¿Se adopta por el capricho de los nuevos papás o porque el Estado genuinamente se encuentra preocupado por ofrecer una nueva oportunidad a los adoptados?

En la adopción el principal beneficiado debe ser el adoptado, no los que adoptan. La adopción por parte de uniones homosexuales antepone los intereses de los que adoptan y no de los adoptados. ¿Los niños no tienen derechos? Desde esa óptica falaz y tramposa, ¿los niños no tienen derecho a ser educados por padres heterosexuales?

El interés del niño es superior al de los adoptantes. El Estado debe garantizarlo y no permitir que sus instituciones sean capturadas por intereses particulares, cualesquiera que éstos sean. La Suprema Corte tiene una oportunidad histórica para convalidar la vigencia de nuestras instituciones. Sería una lástima que por presiones o por conveniencia, renuncien a esta oportunidad histórica de trascender.  
   
         

 





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