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Homosexualidad: ¿identidad o tendencia sexual?
Algunos homosexuales hacen de su tendencia sexual un objeto de derecho para casarse y adoptar niños, cuando están en una situación contraria para vivir la doble realidad


Por: Pepita Taboada Jaén | Fuente: Catholic.net



Homosexualidad ¿identidad o tendencia sexual?

Resulta bastante confuso que siendo la homosexualidad un problema psíquico en la organización de la vida sexual, que afecta a una persona concreta, llegue a querer presentarse como una nueva identidad sexual, cuando identidades sexuales sólo hay dos: masculina o femenina. Un estudio hecho por el psicoanalista francés Tony Anatrella, especialista en psicología clínica y social, así lo afirma, añadiendo que “la homosexualidad pertenece al grupo de tendencias sexuales numerosas y variadas en el psiquismo humano...” Llega a afirmar que “el tormento del descubrimiento de la atracción por personas del mismo sexo encuentra su origen, sobre todo, en razones psíquicas. Estas son numerosas y variadas, empezando por el hecho de no poder establecer una relación afectiva íntima con una persona del sexo contrario. Esta incapacidad remite a una impotencia ansiogénica que unas personalidades frágiles en su narcisismo intentan colmar a través de un reconocimiento social...”

No parece, por tanto, razonable, que una tendencia sexual haya que regularla olvidando que sólo las personas están sujetas a derechos y deberes, no así las tendencias que pertenecen al ámbito privado. El individuo sólo puede socializarse y enriquecer el vínculo social a partir de su identidad (de hombre o de mujer). O dicho de otra manera: no es aceptable vivir socialmente a merced de las tendencias instintivas parciales (homosexualidad, voyeurismo, exhibicionismo, sadomasoquismo, travestismo, etc.) sin ninguna visión global de sí mismo, del otro y de la sociedad.

Algunos homosexuales hacen de su tendencia sexual un objeto de derecho para casarse y adoptar niños, cuando están en una situación contraria para vivir la doble realidad que sólo pueden compartir un hombre y una mujer.

Afirma también Tony Anatrella que numerosos homosexuales son completamente indiferentes a una militancia  activista con la que no se sienten identificados. No están particularmente orgullosos del desfile del “orgullo gay”. Saben que sería incoherente militar a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, y, todavía más, adoptar niños o “fabricarlos” por cualquier medio. Los niños estarían en una situación de mentira relacional y no podrían gozar del beneficio de la doble presencia de un hombre y una mujer, sus padres, para desarrollarse.
Con la complicidad de algunos medios de comunicación se presenta la homosexualidad de manera sentimental y simplista, haciendo difícil que una gran mayoría encuentre reflexiones sobre lo que significa el hecho de imponer a la sociedad una tendencia sexual disociada de la dimensión relacional del hombre y de la mujer. Incluso en varias organizaciones psiquiátricas, afirma el psicoanalista francés, les está hasta prohibido a los facultativos mencionar que han podido permitir a algunos sujetos cambiar de orientación sexual pasando de la homosexualidad a heterosexualidad gracias a la psicoterapia.  Se produce así una paradoja: se admite que se pueda pasar de la heterosexualidad a la homosexualidad, pero se niega que se pueda producir lo contrario.

Es comprobable, también que, para defender sus “derechos”, los homosexuales más radicales utilizan el eslogan de la homofobia para atacar cualquier crítica o reflexión que recuerde que la práctica homosexual no es justa moralmente y que la mayoría de las religiones la consideran como una contradicción antropológica de valor universal, incluso se pretende en algunos medios asociativos, e incluso políticos, crear un “delito de homofobia” que sería sancionado por la ley asimilando la situación de los homosexuales a la de los que son víctimas del antisemitismo y del racismo. Pero la orientación sexual de una persona no es una cualidad comparable a la raza o al origen étnico.

La homosexualidad no tiene ningún valor político y no puede ennoblecer la civilización. Sin embargo se pide cada vez más a la sociedad que reconozca y legisle sobre todas estas relaciones subjetivas. Si no lo hace se la tacha de que tiene miedo. Esta explotación del miedo y de la culpabilización de los ciudadanos es una estrategia bien conocida y utilizada por todos los que buscan enmascarar la verdad.
 
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