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Contra natura
A la familia se le ataca, en principio, destruyendo sobre ella el concepto que de ella existe, es decir: padre, madre, hijos, tratando de llamar familia a cualquier cosa.


Por: Bruno Ferrari | Fuente: Bruno Ferrari



Contra natura

El pasado día 15 de mayo se celebró en todo el mundo el Año Internacional de la Familia, en medio de las más fuertes polémicas causadas por los últimos embates que se han venido haciendo en contra de la institución familiar, base de la sociedad en que vivimos.

Es increíble cómo se mueven intereses y recursos para apoyar la anarquía que pretende darse a las más importantes instituciones no sólo del derecho civil, sino de la vida misma en comunidad.

A la familia se le ataca, en principio, destruyendo sobre ella el concepto que de ella existe, es decir: padre, madre, hijos, tratando de llamar familia a cualquier cosa. Pero el ataque va al origen de la familia misma, es decir, el matrimonio, y la mejor forma de destruir la familia es también destruyendo el matrimonio.

Aquí el ataque no se hace frontal, y en lugar de ir contra la institución del matrimonio se le vulnera pretendiendo llamar a cualquier tipo de unión de esa forma. El último golpe ha sido precisamente a través de los movimientos de homosexuales y de lesbianas en Estados Unidos, concretamente en el estado de Massachussets, en donde existe una fuerte batalla judicial entre las leyes federales y las leyes estatales, a raíz de que el 17 de mayo una decisión judicial permitiera la posibilidad de que se realizaran bodas civiles entre parejas del mismo sexo.

Al debilitar la institución del matrimonio se acaba de raíz con la institución de la familia; sin embargo, la lucha no termina ahí, el otro frente de esta silenciosa y al mismo tiempo escandalosa batalla, se libra en los términos de otra institución más: la filiación. Aquí, la lucha consiste en la conquista “de los derechos por parte de parejas de homosexuales y de lesbianas para tener hijos”, como se desprende de las declaraciones de una de las primeras lesbianas que contrajo matrimonio en Massachussets: “junto con el nacimiento de nuestra hija este es el día más feliz de nuestras vidas”.

Ella, junto con otras seis parejas “gay”, son quienes han encabezado el proceso judicial conocido como “Goodridge vs el Departamento de Salud Pública”, caso que obtuviera cuatro votos a favor y tres en contra en el Tribunal Supremo de Massachussets el pasado mes de noviembre. Así pues, no sólo se busca legitimar la relación homosexual equiparándola al matrimonio, sino además el que estas uniones puedan tener hijos.

Después de denunciar este combate contra la estabilidad social, me gustaría hacer algunas consideraciones. Estados Unidos es un país que ha surgido de la lucha entablada por hombres llegados de diferentes rincones del mundo buscando establecer una sociedad libre. Sin embargo, a veces pareciera que en la búsqueda de esa libertad se ha llegado al absurdo, como en este caso, de convertirse en esclavo de sus leyes al interpretarlas muchas veces textualmente como si se tratara de un proceso mecánico y no de distribución de justicia.

El absurdo radica en que los argumentos de los abogados de este tipo de parejas se basan, precisamente, en la discriminación racial que existía a finales de los cincuenta y sesenta en Estados Unidos. Ojo, yo no pretendo con esto atacar la liberad de las personas; si por una o por otra razón una persona decide tener una preferencia sexual distinta a la establecida por la naturaleza es su problema y, al mismo tiempo, es su opción, pero de ahí a destruir la institución del matrimonio dándole a esa unión el mismo nombre, es algo muy distinto.

Pasando al siguiente aspecto, el de la filiación, me llama mucho la atención que haya tantas inconsistencias. Si las activistas lesbianas, como el caso de Julie Goodridge, odian tanto al sexo masculino, por qué entonces aceptan el semen de un hombre para inseminar a sus parejas. O bien, para aquellos que pretenden dar el derecho de adopción a las mismas, me parece una crueldad que un niño que por alguna razón no ha podido tener un hogar con una familia normal, se le introduzca en un núcleo formado por una pareja de hecho (unión libre), con personas del mismo sexo en donde por más buenas que éstas sean, difícilmente podrán educarlo con el ejemplo sobre la entrega recíproca y física impuesta por la naturaleza o establecida por la sabiduría de la misma para la procreación de la especie.

Esta absurda demagogia igualitaria no debe de resultar algo indiferente, se trata de un asunto muy serio que afecta a la institución que da sustento a nuestra sociedad, es donde se forjan las personas y se adquieren los principios y valores que rigen nuestra existencia. No se puede permitir el que se establezcan leyes que pretendan igualar lo que por naturaleza no puede igualarse. No entiendo por qué en un mundo en el que se defiende cada día más a la naturaleza y a los animales, se pretenda cada vez más destruir a la especie humana, qué acaso los defensores de estas absurdas tesis no se han puesto a ver que entre los animales no puede nacer un perrito de una pareja formada por dos perros del sexo masculino.

Cuidado, si no le ponemos fin a este absurdo, le estaremos poniendo fin a la institución de la familia. Llegará el momento en que si se sigue abusando así, los pobladores de nuestro planeta se convertirán simplemente en seres independientes, antisociales y sin ninguna responsabilidad que sustente la obligación moral de cuidar de aquellos que más necesitan de nosotros, pero lo que será aún peor es que se estará desconociendo a las leyes de la naturaleza inscritas en todo hombre para la preservación de la especie.
 





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