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Abuso sexual de menores. Algunas reflexiones
El abuso sexual de menores es una perversión sexual muy compleja en su detección, y que puede ser practicada por adultos en un momento dado de su vida, independiente de su condición marital, actividad que realice, edad, o situación social.


Por: Fernando Chomalí | Fuente: Fernando Chomalí



Abuso sexual de menores. Algunas reflexiones

El abuso sexual es la radical negación del valor y el significado de la sexualidad humana. Es un pecado grave a los ojos de Dios y un delito de índole criminal para la sociedad, debidamente penalizado según el ordenamiento jurídico.

Este hecho, repudiable en sí mismo, es especialmente grave y suscita mayor atención e indignación por parte de la sociedad cuando las víctimas son niños. Y, más aún, cuando los autores de estos hechos son sacerdotes, que por vocación están llamados a servir y a educar en la fe y en las costumbres, a ser luz del mundo y sal de la tierra, a ser constructores de una cultura de la vida y no de la muerte. Gran dolor experimentamos los miembros de la comunidad eclesial por estos dolorosos y graves delitos cometidos por algunos de nuestros ministros.

El abuso sexual de menores es una perversión sexual muy compleja en su detección, y que puede ser practicada por adultos en un momento dado de su vida, independiente de su condición marital, actividad que realice, edad, o situación social.
Es evidente que personas que padecían esta perversión, aunque sea de modo latente, nunca debieron haber ingresado a las casas de formación sacerdotal, nunca debieron haber sido ordenados sacerdotes y, de haberlo sido, a la primera manifestación de esta perversión debieron haber sido adecuadamente tratados, y de no prosperar el tratamiento, impedidos de ejercer el ministerio sacerdotal.

Las palabras de Juan Pablo II son claras: “la gente debe saber que no hay lugar en el sacerdocio y en la vida religiosa para quienes dañan a los jóvenes. Tienen que saber que los obispos y los sacerdotes están totalmente comprometidos en la plenitud de la verdad católica sobre asuntos de moral sexual, una verdad tan esencial a la renovación del sacerdocio y del episcopado, como a la renovación de la vida matrimonial y familiar”.
Estos casos lamentables, que tanto daño han hecho a las víctimas, a sus familiares y comunidad, son demostradamente aislados, y producen un sentimiento de gran dolor a la amplia mayoría de los sacerdotes que con abnegación y generosidad se han entregado al servicio de Dios y de los hombres. Estos hechos, cuyos responsables deberán dar cuenta a la luz de un justo juicio, no enloda en absoluto el valor del sacerdocio en cuanto tal, y menos la reconocida y ampliamente valorada acción que la Iglesia ha realizado a lo largo de la historia en la formación de los jóvenes.
Sigue siendo un gran anhelo de los padres educar a sus hijos en colegios católicos; un ganado prestigio tienen las universidades católicas del mundo entero; y, los grupos juveniles y movimientos apostólicos dan constantes muestras de vitalidad de la Iglesia en medio de los niños y jóvenes. Los cientos de miles de jóvenes que se reúnen anualmente en torno al Santo Padre ¿no constituye acaso un eximio acto de confianza hacia la Iglesia, madre y maestra, y hacia sus pastores?

Para los sacerdotes que viven su ministerio y su promesa celibataria con fidelidad , y que son apreciados por la comunidad a las cuales sirven, estos hechos constituyen una ofensa a sus personas, así como el modo como han sido tratados frente a la opinión pública. No aceptamos generalizaciones ni instrumentalizaciones; si queremos y nos interesa tratar el tema con seriedad y perspectivas en un contexto global, puesto que los casos de abuso sexual se dan, lamentablemente, en todos los estamentos de la sociedad.

Un tratamiento superficial de estos lamentables hechos ha llevado a cuestionar el celibato. En realidad quienes cometen actos pedofílicos o efebofílicos son pervertidos sexuales independiente de la actividad que realicen o el estado de vida que tengan. Numerosos estudios especializados sitúan estas perversiones sexuales en el ámbito de auténticas patologías presente antes de la elección celibataria.
El celibato sacerdotal constituye una riqueza inestimable de la Iglesia Católica y de la cual toda la sociedad se ha visto favorecida por el testimonio que ello implica, especialmente en un mundo donde la sexualidad humana ha sido tan banalizada y reducida a la categoría de bien de consumo, y donde el individualismo hace cada vez más irrelevante el sacrificio o la virtud de la castidad.

No se puede, sin más, atacar de manera tan vehemente a una institución que tanto bien ha hecho a la sociedad y que goza de gran credibilidad, por estos hechos puntuales que, por lo demás, somos los primeros en lamentar y repudiar sin ambiguedades. Se comete una gran injusticia y un gran error dado que no hay nada más personal que el mérito o la culpa.
Llama la atención que en forma simultánea a estos hechos, asesinaban a un incansable obispo luchador por la paz en Colombia, de ello no se habló con la misma vehemencia, ni se postuló la hipótesis de que son muchos los sacerdotes que se encuentran en la misma situación de verdadero martirio en aras de los ideales de paz, de la verdad y de la justicia. Este tema es muy serio como para aprovecharlo para perjudicar a la Iglesia Católica. Transparencia, verdad y justicia, si; morbo o aprovechamiento ideológico o político, no; prudencia siempre.

Por último, todos los hombres y mujeres somos en cierto sentido hijos del tiempo en el cual nos toca vivir. Sería altamente aconsejable que todos reflexionáramos acerca de la sociedad que estamos construyendo y nos cuestionáramos acerca del entramado valórico que le estamos tejiendo a las futuras generaciones.

Al respecto, resulta paradójico que por una parte se reconozca que la familia es el lugar más adecuado para prevenir posibles perversiones sexuales de las personas por ser el lugar más apropiado para madurar las tendencias e adquirir una adecuada identificación en el plano sexual, y por otra parte, la sociedad se encamina en la práctica a hacer cada vez más difícil la presencia de los padres en la educación de los hijos, a disociar cada vez más las relaciones parentales, y a hacer del matrimonio, de suyo indisoluble, una alternativa más dentro de otras formas de agregación afectiva.

Pbro. Fernando Chomali G.
Profesor
Pontificia Universidad Católica de Chile
Seminario Pontificio Mayor de Santiago
 







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