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¿Ideales o ídolos?
El ideal fascina por sus valores interiores, no por cosas exteriores y periféricas


Por: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic.net



Es de todos conocida la muerte del cantante argentino, Rodrigo, en el año 2000. Volvía de dar un recital en City Bell cuando su camioneta chocó contra el guardarrail y volcó en la autopista Buenos Aires-La Plata. Murió al golpear contra el asfalto. Iba un poco bebido de cerveza, según dijeron los periódicos.

Este hecho me da pie para hablarles de la diferencia entre ideales e ídolos y de la necesidad de tener ideales y no ídolos.

Rodrigo se había convertido en un ídolo. Le levantaron altares y cruces donde fue el accidente; le prenden velas, se hacen peregrinaciones, se construyó un pequeño santuario; van allá de rodillas, paran el auto, besan el suelo, gastan sumas enormes de dinero en fotos, banderas, posters, ofrendas en honor a Rodrigo.

¿No creen que esto es exceso de admiración? A esto han ayudado también los medios de comunicación. Se ha convertido en un ídolo, cuando lo que nos urge, sobre todo a los jóvenes, es tener un ideal, tener ideales. Las dos palabras provienen de la misma raíz griega: ver, mirar. Tanto el ídolo como el ideal es algo a lo que hay que mirar. Pero hay unas diferencias entre ambas cosas.


Primero, el ídolo

Al ídolo se le mira, no necesariamente por ser bueno, sino porque tiene cosas que nos gustan. El ídolo encandila, emboba, nos hace seguirle sin dejarnos pensar, ni reflexionar. El ídolo se queda a nivel sentimental, emocional: un cantante, un futbolista, un artista, un boxeador, una moda, un conjunto musical. El ídolo encandila por cosas externas, periféricas, epidérmicas: voz, ropa, libro, jugadas... El ídolo ciega, y ya ni siquiera nos preguntamos: ¿me hace ser más bueno moralmente en mi vida? Sólo enardece, nos hace gritar, vociferar y hasta nos hace enfurecer, si alguien va en contra de él. ¡Cuántos desmanes se han dado por defender a un ídolo! Al ídolo se lo diviniza, aun siendo humano. El ídolo nos roba la libertad, la capacidad de pensar, razonar y en algunas casos nos hace quitarnos la vida, si ese ídolo muriese de repente.


El ideal es otra cosa

Atrae porque está por encima de nosotros y nos invita al bien, a la virtud, a la bondad, a la honestidad. Nos hace desearlo, no sólo a nivel emocional o sentimental, sino a nivel de la voluntad: querer imitarlo.

El ideal fascina por sus valores interiores, no por cosas exteriores y periféricas. Siendo humano, ese ideal tiene rasgos de divino. Al ideal se le sigue, no se le grita ni vocifera, y de ordinario cuesta seguirlo, porque propone valores que están en baja hoy, y van contracorriente... y porque ha dejado huella moral y espiritual.

Armando Valladares en las cárceles de Cuba. ¡Qué altura moral: ejemplo de perdón, de esperanza! El doctor Vallejo-Nágera, psiquiatra español, que ante el cáncer que le pronosticaron se fue preparando para el encuentro con Dios. El empresario Enrique Shaw, argentino, muerto en agosto de 1962, que llevó a la empresa los principios cristianos y sociales de la Iglesia. O Balduino de Bélgica. Y sólo hemos puesto ejemplos de seglares...

Yo hoy quiero proponer a todos, a Jesucristo como ideal, el ideal más hermoso que ha existido, existe y existirá... el más hermoso de los hijos de los hombres. Ideal que atrae, atrapa, seduce, pero respeta nuestra libertad. Y a quien le sigue le llena de paz, felicidad, sentido profundo.

Él no es un ídolo, caricatura de Dios, es Dios, que vino a la tierra, se encarnó hace más de 2000 años, caminó, amó, trabajó, nos dejó su mensaje, sufrió, murió y ahora está con nosotros en la eucaristía.

Este ideal, Jesucristo, no nos quita la vida, nos hace dársela a él, aunque nos cueste la sangre como a los mártires. A él se han consagrado, se consagran y consagrarán falanges de personas en una vida de entrega total.

Desde aquí lanzo este desafío: demos la vida, sangre, energías, tiempo... por este ideal grande que es Cristo, para que otros le conozcan y le amen.

Ojalá fuéramos “fans” de Cristo y no de ídolos humanos que no salvan y mucho menos dan la vida por nosotros.

Que por Cristo rezáramos más, cumpliéramos nuestros deberes de estado, estudiáramos mejor, fuéramos más respetuosos con los superiores, fuéramos puros y obedientes... Él no sólo merece la pena; es más, él no merece la pena, Cristo merece la vida.

 

 

 





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