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Usar bien el nombre de Dios
El verdadero discípulo quizá no diga muchos aleluyas con su lengua, pero sí los dirá con su amor


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Existe en algunos la costumbre de nombrar a Dios para cualquier circunstancia y en medio de todas las frases: al cocinar, al hablar por teléfono, al visitar a un amigo, al discutir sobre fútbol. Esta costumbre se da sobre todo entre personas que creen estar viviendo una profunda experiencia religiosa.

“Gloria a Dios... Gracias a Dios... Gloria al Señor... Dios es Grande... Aleluya, aleluya, aleluya... Honor al Señor Jesús...” Las fórmulas se suceden cortando la conversación, y son más frecuentes si dos amigos de religiones distintas quieren confrontar sus distintos puntos de vista.

La costumbre tiene un fondo bello y grande: reconocer la acción de Dios en la propia vida, en lo sencillo y en lo importante, en lo cotidiano y en lo extraordinario.

Pero puede caer en excesos y abusos, por ejemplo si uno llega a sugestionarse hasta pensar que es un buen cristiano por tener a Dios continuamente en los labios, mientras desprecia a otros, no sigue su conciencia, presta dinero con usura...

La enseñanza de Cristo es clara: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!”» (Mt 7,21-24).

¿Qué desea Dios, muchas alabanzas, a veces pronunciadas fuera de lugar, o un corazón bueno, humilde, manso, caritativo? ¿Prefiere que digamos al día más de 100 aleluyas o que perdonemos a quien nos ha ofendido? ¿Le gusta escuchar de nuestros labios un continuo “gloria a Dios”, o más bien ver que sabemos ayudar a los más necesitados?

Además, no basta con aprendernos de memoria pasajes de la Biblia y citarlos una y otra vez. Uno puede ser un especialista en las Escrituras y tener el corazón lejos de Dios. Lo importante es vivir todo lo que Cristo enseñó con sus palabras y con sus ejemplos, y acoger a los apóstoles y a sus sucesores, que fueron enviados por el mismo Jesús para difundir el Evangelio en todo el mundo.

“Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10,16-17).

Hemos de aprender a usar bien el nombre de Dios. Es discípulo el que sabe caminar honestamente dentro de la Iglesia fundada por Cristo, no lo es quien pronuncia hermosas palabras pero fuera del redil (cf. Jn 10,1-18).

Acogemos a Dios al escuchar al Papa y a los obispos, a los que Cristo mismo envió para testimoniar, hasta el último rincón de la Tierra, el Amor del Padre. Alabamos a Dios cuando honramos a Jesús y le dejamos el primer lugar en nuestras almas. Amamos de verdad a Dios cuando amamos a nuestro hermano.

El verdadero discípulo quizá no diga muchos aleluyas con su lengua, pero sí los dirá con su amor. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,35).

 

 

 

 





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