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La eutanasia y el misterio del dolor humano
Cada ser humano es capaz de sobrellevar meses y años en medio de los sufrimientos más atroces, gracias a la fuerza de un amor y de un dejarse amar


Por: Fernando Pascual | Fuente: Mujer Nueva



La eutanasia y el misterio del dolor humano

El problema de la eutanasia se presenta a la opinión pública con cierta frecuencia. Ahora toca al cine, con películas que han recibido varios Oscar en Hollywood, dar nueva vida a un tema nada fácil.

Son muchos los motivos que llevan a replantearnos este tema. Vamos a fijarnos ahora en dos de esos motivos.

El primero nace de la constatación del elevado número de suicidios. Miles de personas desesperadas deciden cada día quitarse la vida. El suicida busca salir de un problema, de un dolor, de un fracaso. Busca cerrar las puertas de la vida para dejar atrás situaciones sumamente pesadas, difíciles, angustiosas. Como no hay quien no tenga problemas más o menos grandes, el suicidio puede amenazar a todos: niños y ancianos, sanos y enfermos, ricos y pobres, personajes famosos y solitarios desconocidos.

Muchos suicidios se cometen en momentos de depresión o en estados mentales de confusión profunda. Por eso es normal que el suicida escoja métodos peligrosos, para él y para los demás. Más de uno que se ha tirado por el puente ha caído encima de algún pobre caminante... Otros deciden incendiarse a sí mismos, y alguno ha terminado vivo en un hospital, con quemaduras gravísimas y dolorosas que le van a arruinar el resto de su vida (si decide aceptar la vida, ahora en una situación nueva y quizá mucho más difícil de la que tenía antes de su gesto desesperado).

Por estos motivos, algunos defienden el suicidio asistido, que consistiría en ayudar al candidato a suicida a escoger un método eficaz e indoloro, con la presencia de un médico o una persona cualificada en la técnica del morir de modo racional y sin dolor. En ocasiones, el que asiste al suicidio no se limitará a explicar la técnica o a dar las pastillas, sino que tomará un papel activo: pondrá la inyección letal al enfermo que no podría ponérsela por sí mismo o al suicida que muestra miedo o angustia cuando tiene que dar el paso trágico hacia la muerte.

Un segundo motivo que lleva a reproponer la eutanasia nace ante la experiencia del sufrimiento. Quienes ven la larga agonía de algún familiar o amigo, o quienes trabajan con cierta frecuencia en los hospitales, saben cómo muchas enfermedades implican dolores atroces. Ver sufrir al ser querido no es fácil, máxime cuando el médico se rinde y declara que ya no es posible hacer nada para curar al enfermo. Quisiéramos entonces que la muerte llegase pronto, para evitar al que sufre semanas o meses de dolores cada vez más intensos. Otras veces el enfermo no manifiesta externamente ningún dolor (como en el estado de coma), pero no es nada fácil verlo durante meses o, incluso, años en una unidad de vigilancia intensiva, atado a las máquinas que lo mantienen en un estado vegetativo en el que muchas veces no hay ninguna esperanza de curación.

Algunos no se quedan en el deseo de que todo termine pronto. Quieren hacer algo, se proponen eliminar el sufrimiento con lo que puede parecer un camino de solución radical: aplicar la eutanasia. Eutanasia que, en palabras más sencillas, implica acabar con la vida del que sufre. Quizá se trate de una eutanasia pedida por el mismo enfermo. En cierto sentido, es como si pidiese un suicidio asistido: quiere que los médicos terminen con su existencia dolorosa. En otros casos, no es el enfermo el que pide la eutanasia, sino que la piden los familiares o, incluso, los mismos médicos. Es lo que conocemos como eutanasia involuntaria, la cual se produce sin dejar que el enfermo pueda expresar su punto de vista, o incluso contra sus propios deseos.

Los dos motivos que acabamos de presentar son poderosos. La desesperanza y el desgaste del dolor (también el psicológico) provocan heridas profundas y
empujan a los corazones al deseo de la huida, de la rendición, del abandono. No todos tienen la fuerza de los héroes para resistir días, meses, años, en medio de situaciones que les parecen insoportables. Por eso algunos, psicológica o espiritualmente débiles, optan por la fuga.

Pero hemos de reconocer que el suicidio y la eutanasia no son una solución, sino una derrota. En primer lugar, porque se renuncia al don de la vida, una vida que es un tesoro en cualquier situación, incluso la más dramática.

Aceptar el suicidio asistido y la eutanasia significa eliminar la posibilidad de opción, de lucha, de amor. Quien adelanta su muerte piensa terminar así con sus dolores. En realidad, lo único que hace es huir, es perder esa existencia en la que se funda su libertad, su capacidad de amar y de ser amado.

La vida vale no por lo que pensemos de ella ni por lo que digan los demás. Sólo podemos pensar y apreciar la vida si estamos vivos, si caminamos en medio de las espinas y los gozos de cada día, si encendemos la llama del amor que es capaz de avanzar con valentía incluso en medio de un campo de concentración o en la cama de agonía en la que se encuentra quien vive la etapa final de un cáncer destructor.

Ante el suicidio asistido, ante cualquier acción eutanásica, conviene recordar que nunca será lícito matar a una persona, ni siquiera porque el mismo enfermo lo pida. En sentido estricto, la eutanasia será siempre un crimen, aunque la motivación pueda parecer buena (para que no sufra más la víctima, el enfermo).

La vida, lo repetimos, vale siempre. Nadie está obligado a vivir, es verdad, pero todos estamos llamados a apoyar y acompañar a quien vive a nuestro lado para que descubra otra vez la belleza de la vida, también en medio del dolor y la amargura. Es aquí donde hemos de encontrar soluciones a la tentación del suicidio y a la desesperación del sufrimiento vivido en soledad. La vida es hermosa si cada uno encuentra, a su lado, a alguien que le ame, si siente que su vivir (incluso en el dolor más profundo), importa a los seres más cercanos.

Cada ser humano es capaz de sobrellevar meses y años en medio de los sufrimientos más atroces, gracias a la fuerza de un amor y de un dejarse amar. Ese es el secreto profundo de un vivir lleno de significado y de valores.

Comentarios al autor: P. Fernando Pascual





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