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Juan Pablo II y el valor del sufrimiento
Vencido por el amor, el sufrimiento humaniza y diviniza a aquel que se deja conducir dócilmente por el designio del Padre


Por: S. F. Sinopoli, Profesora en el Ateneo Pontificio san Anselmo (Roma) | Fuente: Catholic.net



Juan Pablo II y el valor del sufrimiento

1.Meditando la experiencia del Beato Juan Pablo II

El 16 de octubre 1978, un hombre lleno de vida y de energías, llamado de un país del Este europeo a sentarse sobre la cátedra de Pedro, en su mismo presentarse parecía poseer ya “secretos” de vida extraordinaria. Comunicaba con simplicidad e inmediatez capaces de atraer la mirada de cualquiera, aun sobre la misma Iglesia, en tiempos no precisamente fáciles para el catolicismo. Casi heredero del difícil estado eclesial y espiritual precedente y de las exigencias del Concilio, Juan Pablo II interpreta los signos de los tiempos mediante la escucha profunda del Espíritu. A Él solía entregarse en la oración y en la meditación durante horas, cada día, antes de cualquier otro pensamiento o actividad. Hombre del Espíritu, por tanto, nacido y formado culturalmente en una tierra de fuerte impronta religiosa, maltratada por los trágicos efectos de las ideologías. Desde niño tuvo que medirse con toda suerte de sufrimientos1: pronto se enteró de la muerte de la hermana; la foto de la primera comunión, a los 9 años, lo muestra junto a la imagen de Cristo con la conciencia de quien ya acepta la muerte de la madre, acaecida el mismo año.

Es el menor de los tres hombres de la familia. Pero sólo tres años después también su hermano Edmund, “Mundek”, joven médico, morirá, a sólo 26 años, de escarlatina, que le ha pegado un paciente. En 1941 pierde también al padre, auténtico hombre de fe, que se había prodigado con todos sus recursos para pagar sus estudios, y que se encargaba también de su formación cristiana2. Queda ya privado de todo afecto familiar, solo y único de la familia, mientras amigos y conocidos son perseguidos3 y en Polonia se desata rabiosamente la ideología nazi.

Uno de los rasgos singulares del joven K. Wojtyla parece ser, en todas las etapas de su camino cristiano, la ponderación bajo forma de discernimiento, que se concretiza en dejarse guiar siempre por la voluntad de Dios, reconocida a través de la prueba4 y a su vez acogida, cuando legítimamente habría podido elegir según características, inclinaciones y atracciones juveniles: trabaja como ujier; renuncia, a favor del seminario, a la efímera pasión del teatro comprometido; durante cuatro años se enfrenta a la dura fatiga de la cantera estudiando al mismo tiempo en el seminario diocesano clandestino.

El 29 de febrero 1944, regresando a casa del trabajo en la cantera, fue embestido por un camión alemán, perdió la conciencia y pasó dos semanas en el hospital a causa de un trauma craneo-encefálico agudo, numerosas raspaduras y una herida en la espalda5. Completa sus estudios en la clandestinidad y, terminada la guerra, el primero de noviembre 1946, es ordenado sacerdote por el arzobispo de Cracovia, Adam Stefan Sapieha. Enseguida después prosigue sus estudios en Roma6 y regresa a la patria en el verano de 19487. Su memorable actividad pastoral, en medio de los jóvenes, no sólo como profesor, evidencia sus dotes y carisma. El 28 de septiembre 1958 es consagrado obispo8 en la cripta de la catedral de Cracovia. Después de cuatro años, vicario capitular de la diócesis de Cracovia y, el 30 de diciembre 1963 fue nombrado arzobispo de Cracovia por Pablo VI. Inicia una labor pastoral cada vez más intensa, en la que intercala contactos y viajes numerosos al extranjero, que enriquecerán su bagaje de conocimientos y relaciones internacionales, interesantes incluso desde una perspectiva pastoral, con buenas consecuencias para su diócesis. En todo ello es consciente de una misión que va más allá de la mediación pastoral, una mediación que espoleará las conciencias a abrir la puerta a vientos de libertad sobre toda opresión9.

2. Pan preparado y partido por las manos de María

A tres años después del inicio de su llamada al papado, Wojtyla es herido en el famoso atentado del 13 de mayo. En julio se tendría el 42º congreso eucarístico internacional, en Lourdes, con un tema tan elocuente como Jesucristo, pan partido para un mundo nuevo: pudo sólo pronunciar y enviar su mensaje por medio del Angelus (19 julio 1981) desde el policlínico Gemelli de Roma, durante el período de convalecencia. En él subrayaba:

Pero la participación en la "Mesa del Señor" toca siempre muy de cerca su conciencia del bien y del mal, y lo pone frente a las propias responsabilidades en lo que se refiere a las personas cercanas o lejanas, así como al mundo circundante. Por ello, la comunión en el "Pan partido" compromete a cada uno a ofrecer su propia contribución en orden a construir un "mundo nuevo". ¿Qué aportación? Aquella que las circunstancias requieran en cada momento y que los dones de los que la Providencia nos ha enriquecido, hacen posible. En la perspectiva cristiana vemos con igual claridad los diversos bienes, los dones de actuar y de trabajar, y no menos los de sufrir y soportar. Trabajar con Cristo y sufrir con Cristo pertenecen de la misma forma a aquella insistente invitación que se dirigió a todos al principio de la misión evangélica de Cristo; invitación que muchos siglos después Bernardita recibió de los labios de la Virgen a la vera del Gave: la invitación a "hacer penitencia". Es una invitación evangélica y, al mismo tiempo, eucarística. "Partir el pan" con Cristo significa construir día tras día una vida plenamente humana y cristiana -vida de fe, de esperanza y de amor-, vida ciertamente no desprovista de dificultades y de cruces, pero llena de sentido, de ese sentido: llena de alegría.

Se enuncian los puntos fundamentales de la llamada a ser “pan partido” por el don personal de sí. Esto va más allá de la misión del pastor, llegando a la necesidad de la identificación del sacerdote con Cristo mismo; impulsa al discípulo a seguir a fondo al maestro, a aceptar un reclamo a hacerse cercano en la ofrenda sin reservas. De Fátima a Lourdes. Esta última, aunque con una connotación de acogida materna y de consolación en el sufrimiento, no parece ser una pausa de prueba menos exigente, como recuerda la última peregrinación de Juan Pablo II a Lourdes, el 15 de agoto del 2004. Ahí la parábola humana y espiritual del hombre y del papa parece declarar hasta qué punto es capaz de exponerse el amor: sin bajar de la cruz, sin resistir a quedar reducido a nada.

Sobre la abscisa se ponen las bases del vértice que entrecorta la ordenada y se prolonga hacia el cielo, y, abriendo los brazos, ha tocado ya el límite de su origen haciendo de parteaguas entre el bien y el mal. El Espíritu Santo es el punto focal de esa parábola, María la bisectriz, la Cruz los ejes cartesianos. Desde aquella experiencia inicial de enfermo, en 1981, inaugurará, mirando al mundo, otro modo de estar presente al que recurrirá muchas veces, aunque lo haga con la ayuda de las telecámaras prontas a apuntar hacia la ventana o a tomarlo en su lecho del hospital. En cualquier ocasión, decide no sustraerse, ejercer su ministerio en todo caso, combatir, como había hecho siempre, con todas las posibilidades a su disposición. Pan dejado preparar por María y, listo para simplemente partir y distribuir dócilmente para apagar toda hambre de Cristo, incluso la de la curiosidad de algún sorprendido y desorientado por tanta disponibilidad; siempre más cercano y presente, mientras corren hacia él particularmente jóvenes y niños.

3. Del Evangelio del sufrimiento10 a la Evangelium vitae11

En 1984, el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes12, publica la carta apostólica Salvifici doloris, casi reflexión profética de su existencia, para penetrar el sentido salvífico del sufrimiento humano13. En ella afronta las implicaciones del mundo del sufrimiento humano que encuentra, en Cristo redentor, y en preparación del jubileo extraordinario, el sentido cristiano y el valor del descubrimiento gozoso de Pablo: Alegre de tomar parte en los sufrimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), para que otro pueda obtener provecho de su ofrenda. Con todo hombre, tras las huellas del Antiguo Testamento, se pregunta sobre el porqué del sufrimiento humano. Pero, ¿cómo buscar más allá de Cristo y de su experiencia humana divina? ¿Cómo no tener en cuenta su Encarnación, respuesta y misterio del amor de Dios hacia el hombre, que se revela en la pasión, muerte y resurrección del Hijo? Si el sufrimiento es coesencial a la naturaleza humana, inseparable de su existencia terrena y exige del hombre superarse a sí mismo perteneciendo casi a la “trascendencia del hombre”, sólo el amor de Dios, su misericordia, única salvación de todo mal, se postra junto a la humanidad, alivia el rostro enfangado, los miembros golpeados. Con ternura y sublimidad omnipotentes hace del sufrir humano “vía de purificación y de maduración espiritual”; transforma sus pasos en posibilidad de conversión y de reconstrucción; atrae y conduce ascéticamente al hombre a la dimensión eterna, a la vida verdadera e inagotable. Vencido por el amor, el sufrimiento humaniza y diviniza a aquel que se deja conducir dócilmente por el designio del Padre. Conquistado a la esperanza y seguro de la resurrección, incluso el cuerpo del hombre encuentra nuevas fuerzas para afrontar la difícil experiencia de beber el cáliz y de perseverar en la prueba, en unidad profunda y sustancial con Cristo que ha abierto al hombre las puertas de la eternidad y del rescate. Sólo Cristo, que quiso sufrir, hasta el abandono del Padre, la fractura profunda e indecible del mismo en el momento crucial de la ofrenda del sacrificio, conoce y asume sobre sí toda la miseria del mal en toda su forma, de toda forma de pecado y de enfermedad, de toda iniquidad que el Padre puso sobre sus hombros para que pudiera realizar nuestro rescate definitivo. Él pudo medir el mal entero de dar las espaldas a Dios contenido en el pecado que, precisamente por su divina unión filial con el Padre, experimentó como sumo sufrimiento y rechazo del Padre, tocando el abismo de la ruptura con Dios para realizar la redención después de haber llevado todo a cumplimiento. La Cruz viene a ser, por tanto, el manantial del que brotan ríos de agua viva y el sentido del sufrimiento encuentra en ella el precio de la redención. Tomando parte en los sufrimientos de Cristo todo hombre puede experimentar, por consiguiente, que el sufrimiento humano ha sido elevado a nivel de redención.

Escribe, en efecto, el Apóstol:

Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados…Llevamos siempre en nuestros cuerpos la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo….sabiendo que quien resucitó al Señor de entre los muertos, también nos resucitará con Jesús (2Co 4, 8-11.14).

Mediante la fe nuestros sufrimientos son enriquecidos con nuevo contenido y significado; conocemos también el amor de Aquel que llevó a Cristo a la cruz y, por el sufrimiento, a la unión con todo ser humano. Pablo comprende este amor de Cristo y elige vivir para él, más aún hacer revivir a Cristo en él; descubre que la participación en la cruz de Cristo tiene lugar a través de la experiencia del Resucitado, por tanto mediante una especial participación en la resurrección (SD 20). El sufrimiento hace capaces de madurar para el Reino hombres envueltos en el misterio de la redención de Cristo, y su especial despojo permite una elevación: en la debilidad y en la humillación se manifiesta la potencia y la grandeza mesiánicas. Por tanto, la debilidad es una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual, testimoniada por los mártires y confesores de las diversas épocas. En la paradoja evangélica de debilidad y fuerza, Pablo se vanagloria de sus debilidades, experimentando la potencia de Cristo (cf 2Co 12,19) y puede afirmar, en Fil 4,13: Todo lo puedo en aquel que me da fuerza. En la dimensión en que la imposibilidad y la debilidad humanas se abren a la acción salvífica de Dios, por obra de las fuerzas salvíficas ofrecidas a la humanidad en Cristo, se manifiesta el fortalecerse espiritual del hombre en medio de las pruebas y de las tribulaciones, que es la vocación especial de quienes son partícipes de los sufrimientos de Cristo. El hombre, llamado por su parte a ejercitar una virtud particular, la de la perseverancia en soportar lo que molesta y hace mal… desprende de sí esperanza y mantiene la convicción de que ningún sufrimiento podrá prevalecer o privarlo de su dignidad, unida a la conciencia del sentido de la vida. Este sentido es obra del amor de Dios, don del Espíritu Santo. La participación progresiva en este amor, hasta el sufrimiento, lleva al hombre a encontrar el alma que parecía haber perdido a causa del sufrimiento (SD 23) y, con ella, a encontrar el tesoro de su ofrenda en la comunión de los santos.


4.Cireneo del hombre y de la Iglesia de nuestro tiempo
Juan Pablo II ha atestiguado abiertamente, de modo inequívoco, universal y conmovedor, cuánto el sufrimiento abre el corazón del hombre al otro, haciéndolo parte de una misma humanidad, acomunando incluso un papa, un tiempo separado del mundo y de la experiencia de las multitudes, al hermano y semejante, que en cualquier parte de la tierra sufre o vive la propia condición de miseria, pobreza, enfermedad o límite. La respuesta de gratitud de los hombres no se ha hecho esperar. Si la edificación espiritual de la comunidad eclesial, a la que somos llamados por el bautismo, es una responsabilidad que ha de completar con el amor lo que falta a los padecimientos de Cristo, como había experimentado Pablo, de modo creativo, inagotable e infinito, el Santo Padre no se ha limitado a enunciar los principios y las modalidades de tal participación. Ha contribuido, más bien, a mostrar cómo es hoy posible a todo hombre ser fiel a la propia vocación bautismal y a cualquier otra llamada que sea camino de profundización y, consiguientemente, de mayor compromiso. La redención de Cristo, aunque completa, está constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano (SD 24). En el misterio de la Iglesia, cuerpo crucificado y resucitado de Cristo, en el que todo hombre recibe la obra de la redención, el beato Juan Pablo II ha consumado su don personal llevando la cruz con Cristo, como un voluntario Cireneo de nuestro tiempo. En una época en la que la belleza y la apariencia parecen impregnar toda la realidad de deseo y de conquistas efímeras para dejar el paso, enseguida, a la depresión y a la falta de sentido, él ha alcanzado, con valentía y perseverancia, el Calvario y ha permanecido hasta el final abrazado a su Señor, con el sostén de la Madre y la Esposa, la Iglesia: apenas nombrado obispo, él se preguntaba cómo servirla y amarla con toda fidelidad. Conociendo bien el valor de la transformación interior obrada por el “bien” del sufrimiento sabía, además, que frente al misterio del dolor, si la Iglesia se inclina con veneración, con una fe total en la redención (SD 24), el corazón de todo ser humano descubre la raíz de la vida y, engendrado en el dolor, llega a ser, él mismo, capaz de generar nueva vida, una vida que vivifica y contagia al mundo, que los jóvenes pueden alcanzar para encontrar de nuevo esperanza en el futuro y gozo en el darse, y los niños intuir como la esencia de su alegría, y los ancianos y cualquier otra persona percibirla y reencontrarla en toda acción y en toda ofrenda cotidiana de límite y de sufrimiento.

Todos podemos ser llamados a prodigarnos para aliviar el sufrimiento y compadecer cualquier mal como el buen samaritano, pero a algunos puede ser pedida una participación en el camino de la cruz según el designio de la divina Misericordia que reserva, para esa alma, dones extraordinarios de particular santificación. Pudiera acaecer algunos el ser Cireneos hoy de Cristo, de nuestro tiempo y de la Iglesia, y recorrer, como Juan Pablo II, un camino especial que lleva seguramente a la felicidad y a la plenitud del amor y de la gloria del Maestro, hijos predilectos de Dios y totalmente entregados al corazón de la Madre.


1 Karol Josef Wojtyla, “Lolek” para amigos y familiares, nació el 18 de mayo 1920 en Wadowice, al sur de Polonia; fue el tercer hijo de Emilia Kaczorowska (1884) y de Karol Wojtyla (1879), ex oficial del ejército. Su hermana Olga había muerto poco después de nacer, en 1914, seis años antes del nacimiento de Karol. La madre Emilia murió por insuficiencia renal y enfermedad cardíaca congénita. Cuando Karol, de apenas 9 años, se enteró, dijo: Era la voluntad de Dios.
2 La iglesia parroquial de Wadowice se alza precisamente junto a la casa de la familia Wojtyla. A lo que parece, Karol nació mientras se rezaba el rosario vespertino. En la nave izquierda de la iglesia se halla el cuadro milagroso de nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Ante ella Karol, estudiante de bachillerato, se arrodillaba todas las mañanas antes de las clases. En 1999 Juan Pablo II ha coronado solemnemente esta imagen de la Virgen donándole el propio rosario.
3 Durante su juventud tuvo una relación frecuente con la entonces numerosa y viva comunidad hebrea de Wadowice. Amistad y estima hacia los “hermanos mayores” hebreos caracterizarán su ministerio.
4 En noviembre de 1939, 184 catedráticos de la universidad Jagelónica fueron arrestados y se clausuró la universidad. Los hombres hábiles fueron todos obligados a trabajar. Durante el primer año de guerra Karol trabajó de ujier en un restaurante. Este trabajo, nada pesado, le permitió continuar sus estudios y la carrera teatral, a la vez que llevar a la práctica acciones de resistencia cultural. Intensificó además el estudio del francés. En agosto de 1944 comenzó la revuelta de Varsovia; el 6 de agosto, el “lunes negro”, la Gestapo requisó la ciudad de Cracovia y los hombres jóvenes fueron deportados para evitar una sublevación análoga. Cuando la Gestapo requisó su casa, Wojtyla logró escapar de la deportación escondiéndose detrás de una puerta, y huyó al arzobispado, donde permaneció hasta el final de la guerra. La noche del 17 de enero de 1945 los alemanes dejaron la ciudad. Los seminaristas restauraron el viejo seminario, reducido a ruinas.
5 Según Testimonio de la Esperanza, la biografía escrita por George Weigel, este incidente y la supervivencia al mismo parecieron a Wojtyla una confirmación de la vocación sacerdotal.
6 Completa los estudios teológicos en la pontificia universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum). En su tesis doctoral analizó la doctrina de san Juan de la Cruz sobre la fe, acentuando la naturaleza personal del encuentro del hombre con Dios.
7 En 1948 volvió a Polonia y fue coadjutor, primero en la parroquia de Niegowic, cerca de Cracovia, y luego en la de san Florián, en la ciudad. Fue capellán universitario hasta 1951, cuando retomó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó, en la universidad católica de Lublín, la tesis Valoración de la posibilidad de fundar una ética cristiana a partir del sistema ético de Max Scheler. Más tarde llegó a ser profesor de teología moral y de ética, en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de teología de Lublín.
8 El 4 de julio de 1958 Pío XII lo nombre obispo titular de Ombi y auxiliar de Cracovia. Cuatro años después asumió la guía de la diócesis como vicario capitular. Recibió la consagración episcopal el 28 de septiembre en la catedral de Wavel (Cracovia), de manos del obispo Eugeniusz Baziak. Pablo VI le creó cardenal en el consistorio del 26 de junio de 1967 con el título de san Cesario in Palatio, elevado por esa vez a título presbiteral. El cardenal Wojtyla tomó parte en las cinco asambleas del sínodo de los Obispos anteriores a su pontificado.
9 Sea como obispo que como arzobispo Wojtyla tomó parte al Concilio Vaticano II (1962-1965), contribuyendo a la redacción de documentos como Dignitatis humanae y Gaudium et spes. En septiembre de 1964 intervino sobre el esquema preparatorio relativo a la libertad religiosa, evidenciando que en el texto faltaba decir que sólo la verdad hace libres. En 1965 dio su contribución al esquema preparatorio de la constitución pastoral Gaudium et spes, pronunciando el 28 de septiembre un importante discurso en defensa de la antropología personalista.

10 Título del capítulo sexto de la Salvifici doloris.
11 Carta encíclica sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana ( 25 marzo 1995).
12 La carta en que Juan Pablo II instituye la Jornada Mundial del Enfermo es del 13 de mayo de 1992
13 El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto (…). Es algo más amplio que la enfermedad, algo más complejo y a la vez algo más profundamente enraizado en la misma humanidad cfr. GIOVANNI PAOLO II, Carta Apost. Salvifici doloris, (11 febrero 1984), n.5: AAS 76 (1984), II, pp.203-204.

 





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