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El atractivo de lo exigente
La pereza seduce, el trabajo satisface


Por: Alfonso Aguiló | Fuente: www.fluvium.org



Todos sospechamos cuando algo es sorprendentemente fácil. Vemos anuncios de prodigiosos métodos para aprender inglés en 15 días sin salir de casa, o de magníficos sistemas de ganar dinero sin riesgos ni apenas trabajo, o de adelgazar sin esfuerzo, o de misteriosos masters que casi pueden hacerse por correspondencia... y, casi siempre, desconfiamos de tales promesas, porque casi nada se puede conseguir en 15 días, ni sin riesgos, ni por correspondencia, ni sin esfuerzo.

Todos sabemos que lo que vale, cuesta; y que, además, generalmente cuesta bastante. Y sabemos que cualquier objetivo medianamente serio en la vida lleva aparejado un esfuerzo y una renuncia de los que difícilmente se puede escapar.

Por eso, entre la gente sensata cada vez está más de moda lo exigente. Cada vez se entiende mejor que para prepararse bien profesionalmente haga falta cursar unos estudios costosos o sujetarse a unas normas duras; o que en beneficio del adecuado tono de una empresa o de un ambiente, sea preciso vestir con arreglo a unos criterios, a veces muy estrictos; o que tengas que aguantarte sin fumar en tal circunstancia, y cueste cumplirlo. La gente sensata lo entiende, y no considera que por ello pierda la libertad, porque, pese a la natural inclinación a la comodidad, los valores verdaderos siempre han tenido un atractivo superior. Son personas que no se dejan seducir por esas promesas electoralistas que algunos hacen a la gente de poca voluntad, por esos paraísos fáciles al alcance de la mano.

En cambio, entre los flojos no está de moda lo exigente. Y como son bastantes, provocan que sutiles y oscuros intereses hagan fortuna con ellos vendiéndoles ideas vacías, de facilonería disfrazada de trascendencia. Son subproductos idealistas que combinan en distintas dosis principios como el no renunciar a nada, vivir sin complicarse la vida, procurar rehuir siempre lo que resulte costoso, y otros semejantes que suelen acogerse a la simpleza de medir la felicidad en términos de placer sensible.

—Hablas del placer como si para ser feliz hubiera que estar todo el día sufriendo...

No se trata de sufrir por sufrir. Lo que sucede es que quien evita a toda costa lo que contraría sus gustos o le supone esfuerzo, precisamente por no querer renunciar a nada inmediato placentero, tarde o temprano acaba sumergiéndose en la pereza o el egoísmo.

A veces no nos damos cuenta del daño que nos hacemos con la excesiva indulgencia con nosotros mismos.

—Pues creo que lo del placer tiene más adeptos...

Es un problema de planteamiento ante la vida. Hay quien dijo que la pereza seduce; el trabajo satisface. Y puede decirse lo mismo de casi todos los vicios: ejercen un fuerte poder de seducción, pero no resuelven nada; lo que satisface realmente es la virtud.

Por eso es tan fácil inventar teorías que inciten a las malas pasiones y tener éxito, porque siempre hay mucha gente que se deja seducir por ellas. Pero la felicidad suele ir unida a los corazones generosos y enamorados, curtidos en la renuncia.

Recuerda lo que sucedió aquella vez en la sinagoga de Cafarnaúm, cuando el Señor predicaba esa doctrina sublime, atractiva para la gente humilde y para los grandes intelectuales, pero dura y exigente.

Le escuchaban muchos porque su modo de hablar era distinto al que estaban acostumbrados: hablaba con enorme fuerza y autoridad. Exigía una conversión verdadera, del corazón. Fue entonces, cuando muchos de sus discípulos empezaron a murmurar diciendo: "dura es esta enseñanza ¿quién podrá escucharla?", y desde entonces ya no le seguían.

Y se quedaron sólo unos pocos, pero unos pocos que a la vuelta de unos años habrían evangelizado todo un imperio.

Jesucristo no decía a la gente lo que los comodones querían escuchar. Y lo que sucedió ese día con aquellos que le abandonaron es lo mismo que pasa ahora con todos esos que quieren fabricarse una religión a medida, una forma de entender sus obligaciones con Dios y con los demás que rezuma claudicación.

Son personas que abren como un enorme paréntesis que envuelve cada vez más las exigencias morales, que procuran no pensar en aquello que les reproche su modo de vivir. El resultado final de ese difícil equilibrio entre lo que deberían hacer y lo que realmente hacen, sigue a la letra aquel viejo adagio: "el que no vive como piensa, acaba pensando como vive"; y quien empezó cediendo en pequeñas cosas justificándose con unas sencillas disquisiciones, acaba dudando de todo y creando un revoltijo de ideas con las que intenta inútilmente tranquilizar su conciencia. Sus convicciones terminan por ser algo cambiante, una pseudoreligión que pronto se desvanece.

Todo lo que Dios nos pide, es porque nos conviene. Hemos de perder el miedo a esa exigencia. Dios no manda cosas para fastidiar. Seguir sus designios es algo necesario para el correcto funcionamiento humano, aunque a veces no lo entendamos. Pretender rechazarlo sería como querer utilizar un automóvil años y años sin seguir las indicaciones de mantenimiento, con la excusa de que no lo entendemos: acabaría por griparse por falta de aceite, o nos estrellaríamos por haberse consumido el líquido de frenos.

 

 

 

 

 







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