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Amor de dolor
La gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un mal, un bien. La clave está en la mirada con la que consideremos y experimentemos nuestro dolor


Por: Antoni Carol y Enric Cases | Fuente: M&M Euroeditors



Amor de dolor

"Ésta ha sido la gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma...; y, con ella, conquistamos la eternidad"19. He aquí uno de los logros más "paradójicos" del amor típicamente cristiano: el amor de dolor, o bien, si se prefiere, el dolor de amor. En el apartado anterior hablábamos de saber amar con el cuerpo; ahora nos referimos a un saber amar con el dolor.

Hemos comenzado este capítulo afirmando que, en la segunda etapa histórica del amor humano, dos puntos de referencia nos interesaban principalmente: en primer lugar, la escena del momento en que se vive el drama del pecado original y, en segundo término, la majestuosa entrega de Cristo en el marco de su Pasión, donación amorosa caracterizada por el sacrificio y por el afán de perdonar a los otros. Dicho en pocas palabras, el hombre histórico -ciertamente- puede amar, pero el suyo ha de ser un amor tejido de sacrificio y de conversión. Y, a la vez, el o el sacrificio, si es querido o aceptado por amor, se transforma en una fuente de felicidad tal como no puede haber otra en esta vida.

Cristo expresó esta "paradoja" a su manera y con perspectiva de eternidad: "En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 24-25).
También habíamos dicho que las reglas del amor (la ley moral, el qué del amor) no pueden cambiar (si cambias el reglamento, entonces cambias también el "juego"). Adán y Eva, tentados desde fuera por un "tercero" (de ellos mismos jamás hubiese salido esta tentación), caen en el espejismo. Finalmente, en lugar de cambiar el amor, lo que consiguen es no amarse. El Diablo, si bien no alcanza a hacer fracasar el gran proyecto de la creación (el amor y el bien siempre son más grandes que el mal), sí que consigue introducir el dolor en la creación. Aparentemente, este dolor sería la manifestación de que ya no es posible amar. De hecho, son muchas las voces que así lo afirman: ¡cuántos dicen haberse separado porque tenían problemas! Y, sin embargo, Dios Encarnado nos salva por medio de los problemas, a pesar de que se los podía haber ahorrado redimiéndonos de alguna otra manera.

El Diablo quizá sospecharía que Dios ofrecería su perdón a los hombres por el pecado original. Con todo, lo que no se habría imaginado nunca (ni él -el Diablo- ni nadie) es que Dios estaba dispuesto a hacer una redención no solamente "perdonadora", sino también amorosa, consoladora y ejemplar. Amorosa y ejemplar porque no se ha conformado con perdonarnos, sino que ha querido enseñarnos a amar a través del dolor. Y redención consoladora porque nos sentimos consolados al vernos precedidos y acompañados por Dios en el camino del sufrimiento, que para Él fue el Camino de la Cruz (el Via Crucis). Esta ha sido, precisamente, la gran revolución de Jesucristo. Casi podríamos decir que ha valido la pena el pecado original aunque no fuera más que para contemplar el espectáculo de un Dios que sufre voluntariamente. ¡Quién se lo podía imaginar! ¿Cuántas veces se oye decir que "el remedio ha sido peor que el mal"? Pues en este caso ha sido completamente al revés: no es por nada que el Pregón de la vigilia pascual canta "¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!".

El dolor, este obligado e insidioso "compañero de viaje", después del Camino de la Cruz, ha quedado transformado: "En la Cruz de Cristo so sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido" (SD 19). Es decir, ahora, el dolor puede tener otro sentido y puede tener otra fuerza, ya que a través del sufrimiento los hombres nos podemos identificar con Dios (¿es un Dios que sufre!), y nos podemos identificar con los proyectos de Dios (ya que los ha tramitado a través del dolor). Y decimos que "el dolor puede..." porque el dolor tiene realmente este poder de transformación, a condición de que sea el dolor de Jesucristo, el sufrimiento vivido al estilo de Jesús (un dolor discreto, servicial y filial). Éste es el Rostro que Juan Pablo II nos invita a contemplar: "Misterio en el misterio" (NMI 25); "paradójica confluencia de felicidad y dolor" (NMI 27).

El rostro doloroso de Jesucristo: dolor discreto, dolor servicial, dolor filial

La clave está en la mirada con la que consideremos y experimentemos nuestro dolor. Ha de ser la mirada con la que el propio Jesucristo contempla la realidad del las cosas desde la Cruz; se trata de compartir sus mismos horizontes, que son precisamente los del Padre celestial. Así nos lo recomendaba Juan Pablo II en la preparación de la celebración del Jubileo del año 2000: "1999, tercer y último año preparatorio, tendrá la función de ampliar los horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del "Padre celestial" (cf. Mt 5, 45)" (TMA 49). Y ésta es la pregunta clave: ¿qué y cómo miraba Jesús desde la Cruz, de manera que sufría con un amor tan sereno?
Cristo sufre discretamente: no se lamenta de su situación, no nos amenaza, no nos lanza la culpa de sus sufrimientos, no se queja de los problemas que padece, sino que los ofrece al Padre (sufrimiento filial) en vista a nuestra salvación (dolor servicial). Con este sufrimiento discreto satisfizo al Padre al rendirle la alabanza que nosotros no habíamos alcanzado a darle el día de nuestra creación. Además, cosa no menos importante, nos enseña a amar y a ser felices a través del dolor.

La felicidad no consiste en no tener problemas (situación imposible en la vida del hombre histórico), sino que la felicidad humana descansa en la capacidad de sufrir o de aceptar el sufrimiento por amor a los otros. Cuando uno ama de verdad, con horizontes grandes (manifestar la fe; redimir con Cristo; darse a una familia, etc.), entonces uno es feliz en el dolor. Más aún: se llega a amar el dolor. Según san Agustín, "en aquello que se amado, o no hace falta esfuerzo, o bien, el mismo esfuerzo es amado"20. Es decir, quien ama lo ama todo, y ama el sacrificio propia de toda donación amorosa.

El sufrimiento no es algo lejano a la vivencia personal del Papa Wojtyla. De él son las siguientes reflexiones, que recogen muy bien el espíritu del dolor de Jesús: "Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, sino ante todo con su propio sufrimiento. (...) Quiere responder desde la Cruz, desde el centro de su propio sufrimiento. La respuesta es, ante todo, una llamada. Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: ´¡Sígueme!´, ´¡ven!´, ´¡toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través del sufrimiento!, por medio de mi Cruz´" (SD 18.26).

Desde el punto de vista sobrenatural, podríamos decir con el Dr. Cardó que "por amor al Padre y por amor a los hombres, Cristo acepta y obedece (...). La gloria [del Padre] brillará más esplendorosamente en las tinieblas de la muerte de Cristo que en los esplendores matinales de la creación"21. Y, desde el punto de vista práctico, Jesucristo nos muestra que el amor más auténtico se manifiesta en un saber sufrir sin hacer sufrir.

Si quieres consultar el libro completo:

El encanto original de la mujer y la dignidad del hombre

19 ESCRIVÁ DE BALAGUER, BEATO J., Surco, Rialp, Madrid 1986, nº 887. regresar

20 S. AGUSTÍN, De bono viduitatis 21, 26. regresar

21 CARDÓ, C., Emmanuel, o.c., pp. 172-173. regresar

Si deseas comprar el libro:
El encanto original de la mujer y la dignidad del hombre, M&M Euroeditors





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