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Acompañar
El desarrollo de los cuidados paliativos para las personas terminales, es decir que esperan el final de su existencia, es un gran progreso de los últimos años.


Por: Felipe Santos | Fuente: Felipe Santos



El desarrollo de los cuidados paliativos para las personas terminales, es decir que esperan el final de su existencia, es un gran progreso de los últimos años. Estos tratamientos permiten que el dolor se atenúe y que se acompañe a los enfermos, ayudándoles así a que mantengan su dignidad y a darles a entender que su existencia, incluso cuando ya se acaba, vale la pena deque se viva.


Es un camino de humanización recíproco para el enfermo terminal y para todos aquellos que tienen el corazón de acompañarlo en ese instante final. Merecen todo el aplauso y el reconocimiento por parte del enfermo y también por el testimonio precioso de su amor entregado hasta el final al ser querido.

El cristiano tiene la ventaja de reconocer algo del misterio de Dios mediante o a través del misterio mismo de la persona que sufre la enfermedad terminal.

La familia acompaña

Da gusto ver a la familia unida rezando por el fallecimiento del ser querido. Es la mejor manera de compartir la pena y los interrogantes que se ciernen a su alrededor.

Es ayudar a la familia a que reconozca que el itinerario de la persona, comenzado hace tiempo en la tierra, continúa de otra manera distinta.

Es poner toda la confianza en Cristo resucitado que, mediante la muerte natural, hace que la persona pase a la plenitud de la vida eterna.

Ahora bien, para darle sentido a esta realidad que se vive en trances dolorosos, no hay nada mejor que la dedicación a la oración y al recogimiento alrededor del cuerpo de la persona fallecida.

Antes se velaba el cadáver en casa. Hoy, con el adelanto de los medios técnicos y la proliferación de los tanatorios (lugares de los muertos), la familia vela el cuerpo sin vida en estos sitios.

Suele haber toda clase de comodidades de la sociedad actual: la habitación en la que los familiares reciben el pésame, el recinto en donde se encuentra el féretro del difunto, la capilla para ofrecerle la misa antes de partir al cementerio y el bar cercano o dentro del mismo tanatorio.

Por experiencia, sabemos que mucha gente va a dar la condolencia, ve al fallecido y sin más se pasa a contar cómo ha muerto, lo bueno que era...todo un panegírico laudatorio de sus virtudes.

Sin embargo, lo fundamental- al menos para un creyente, que es la capilla-, no se visita mucho. Se aguarda a la misa para ir y¡¡basta!!

He tenido la ocasión de invitar a los familiares a hacer un rato de oración a solas. En parte, porque es lo mejor que se hace por un ser querido que ha pasado a la vida eterna y, en segundo lugar, para apartarlos durante un rato del bullicio de la gente que, aunque con buena voluntad, dan la vara.

Previamente, las familias cristianas suelen llamar al sacerdote para que le administre el sacramento de los enfermos porque consuela, tranquiliza y reconforta a las personas en situación de grave enfermedad o ya muy mayores.

En la mente y en el pensamiento de los creyentes no se les ocurre siquiera poner fin a su vida mediante la eutanasia. Nadie tiene derecho a decidir por la vida de otro.

Lo que sí le incumbe a todo ser humano- a la familia del enfermo en concreto-, es el acompañamiento hasta su final.

Hasta que no expire de modo natural, la vida le corresponde a Dios.






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