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La eutanasia: terminología
No se ha de usar el término eutanasia “para indicar una intervención destinada a dar alivio al sufrimiento terminal, tal vez con el riesgo de acortarle la vida”


Por: Fernando Chomali | Fuente: Fernando Chomalí



La eutanasia

Ya pertenece al lenguaje común hablar de eutanasia, muerte digna, encarnizamiento terapéutico, cuidados paliativos, medios proporcionados y desproporcionados, etc. Una lectura atenta de diversos autores permite descubrir que la comprensión de estos conceptos es inseparable de la visión que se tenga de la vida y de su sentido, así como de la muerte. En el ámbito de la reflexión se aprecia que estos términos no siempre se han entendido de modo adecuado y que muchas veces, usados de modo equívoco, han sido motivo de gran confusión. Solamente a modo de ejemplo, la palabra eutanasia etimológicamente significa muerte dulce, o buena muerte, sin embargo hoy ha adquirido un significado del todo diverso. No ha de llamar mayormente la atención que quienes se han interesado en esta problemática han comenzado por definir con la mayor precisión posible los conceptos involucrados. Esa es la empresa que pretendo realizar apoyándome de modo especial en algunos documentos eclesiales.

Terminología

Eutanasia


La Congregación de la Doctrina de la Fe da la siguiente definición: “Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza o en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados” .

A la luz de esta definición se percibe que el objeto de la acción (que puede ser también una acción omisiva) es causar la muerte del paciente. La intención de la acción o el fin es eliminar cualquier dolor. Las circunstancias en la que se desarrolla esta acción es la de un enfermo incurable y en estado terminal. En definitiva, cuando se use el término eutanasia se está pensando al acto de poner fin a los días del enfermo en la fase final de su vida y pronto a la muerte. Ha de quedar claro que en este caso lo que causa la muerte del paciente no es la enfermedad sino que la acción de quien practica la eutanasia. Así también lo entienden los parlamentarios, juristas y médicos holandeses que han centrado toda su reflexión y debate a partir de la siguiente definición de eutanasia: “el hecho de provocar deliberadamente la muerte de alguien que lo solicite” .

El agente de la acción eutanásica puede ser tanto el sujeto que está enfermo como un tercero. Así lo entiende Juan Pablo II al definirla como el “apropiarse de la muerte, procurándola anticipadamente y poniendo así fin “dulcemente” a la vida propia o ajena” .

Es importante hacer notar que la eutanasia en cuanto acción de provocar la muerte deliberadamente de una persona humana es moralmente inaceptable y por lo tanto condenada por la Iglesia .

Ahora bien, el problema está en discernir en el aquí y ahora de una situación concreta que tipo de acción u omisión se configurarían efectivamente como eutanasia.

Planteo la siguiente pregunta ¿El caso de una persona con dolores insoportables, a los que, por lo demás, no está obligado, se le suministre ciertos fármacos o se le realicen ciertas intervenciones para aliviarle el dolor y que ello podría traer como consecuencia que se adelante el momento de la muerte, puede ser considerada una práctica eutanásica?

La respuesta es negativa. Tomando como punto de partida la definición recientemente expuesta, se aprecia que el objeto de la acción de suministrar fármacos es aliviar los dolores del enfermo y no procurarle la muerte. Y la intención de la acción es evitarle sufrimientos innecesarios. Por lo que el hecho de acortarle la vida sería una consecuencia indirecta de una acción buena en sí misma (aliviarlo de los dolores), no querida ni buscada, por lo que no se configura como eutanasia. En este caso la causa de la muerte no es debida como causa primera a la ingestión de ciertos fármacos, sino que al curso irreversible de la enfermedad.

Así lo entiende el Magisterio de la Iglesia cuando plantea que no se ha de usar el término eutanasia “para indicar una intervención destinada a dar alivio al sufrimiento terminal, tal vez con el riesgo de acortarle la vida” . El Consejo Pontificio Cor Unum realizó un estudio sobre algunas cuestiones relativas a los enfermos graves y a los moribundos en el que enumera las acciones y decisiones que no entran en el campo de la eutanasia. Estos son:

a)Para indicar los cuidados terminales (“terminal care”) destinados a hacer más soportable la fase terminal de la enfermedad (rehidratación, cuidados enfermerísticos, masajes, intervenciones médicas paliativas, presencia cercana al moribundo)

b)Una intervención destinada a dar alivio al sufrimiento de un enfermo, talvez con el riesgo de acortarle la vida. Este tipo de intervención hace parte de la misión del médico que no es solamente la de sanar y prolongar la vida, pero más en general de curar al enfermo y de dar le alivio al que sufre.


De acuerdo a lo recientemente planteado es posible percibir que no se está obligado a utilizar todos los medios de que dispone la medicina en caso de enfermos terminales . De hacerlo se podría caer en lo que se denomina ensañamiento terapéutico.

¿Puede considerarse una acción eutanásica la decisión de renunciar a ciertos tratamientos?
La respuesta también es negativa. En efecto, no se ha de usar el término eutanasia “para indicar la decisión de renunciar a ciertas intervenciones médicas que no parecen adecuadas a la situación del enfermo. En este caso no se trata de una decisión de hacer morir pero de mantener la medida de las cosas frente a los recursos técnicos, de no actuar de modo irracional, de comportarse según prudencia” . En esta misma línea la Congregación para la Doctrina de la Fe responde a la pregunta diciendo que el parecer de médicos verdaderamente competentes podrán sin duda juzgar mejor si el empleo de instrumentos y personal es desproporcionado a los resultados previsibles, y si las técnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se pueden obtener de los mismos .

Por último, tampoco se puede considerar como eutanasia los cuidados que se le dan a un paciente para hacer más soportable la fase terminal de la enfermedad.

Lo recientemente planteado ha de ayudar a dejar en claro que el concepto “eutanasia” es un concepto unívoco, y por lo tanto no se ha de adjetivar . Algunos autores, tal vez con la idea de reivindicar el concepto desde la etimología de la palabra, han distinguido entre eutanasia activa y eutanasia pasiva. Así, la eutanasia activa sería moralmente ilícita, no así la eutanasia pasiva. En realidad esta distinción es ambigua y genera confusión. La decisión de no sostener la vida en ciertas circunstancias, según los términos expresados recientemente no es un acto eutanásico, por lo que no se ha usar para ello el término “eutanasia pasiva”. Así, en el lenguaje se ha de excluir del ámbito de la eutanasia las cuestiones relativas al alivio de los sufrimientos, cuando la aceleración de la muerte se presenta accidentalmente, y es por tanto preterintencional, así como la omisión de tratamientos inútiles e incluso dañinos que producen un prolongamiento abusivo de la vida.

Bajo esas condiciones nos encontramos frente a lo que se denomina encarnizamiento terapéutico que pasaré a analizar.

Encarnizamiento terapéutico

La expresión encarnizamiento terapéutico fue creada por el profesor J.R. Debray a propósito de los tentativos vanos de reanimar en caso del llamado “coma depassé”. Después el concepto se utilizó para designar a todos aquellos tratamientos con la única finalidad de prolongar la sobrevida, pero sin mejorar la calidad de ésta . Los progresos extraordinarios de la medicina han permitido que se mantengan en vida por un período prolongado, con el auxilio de una serie de técnicas, a personas muy próximas a su muerte natural. Esta situación lleva a cuestionarse sobre la licitud de la aplicación de estas técnicas que sólo logran prolongar la agonía del paciente pero que en ningún caso le va a restituir la salud. Resulta significativo que la bibliografía estudiada tanto a nivel de las organizaciones médicas como legislativas y religiosas, concuerdan en rechazar tales prácticas. En efecto, la Recomendación 779 de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa del año 1976, relativa a los derechos de los enfermos y moribundos, estipula que “la prolongación de la vida no debe ser en sí misma la finalidad de la práctica médica, que debe mirar siempre a calmar los sufrimientos” . La Academia Suiza de las Ciencias Médicas, recomienda el año 1976 que “en los moribundos y los enfermos y heridos en peligro de muerte, en los cuales la afección evoluciona de manera irresistible hacia un final fatal, y que no podrá ulteriormente tener una vida relacional consciente, el médico se contente con calmar los sufrimientos”. Estilos similares de declaraciones se encuentran tanto en la Asociación Médica Mundial, como en la Sociedad Médica Americana.

Se entenderá por ensañamiento terapeútico la utilización de medios tendientes a prolongar artificialmente la vida, descalificándola de su sentido propiamente humano . Según Sgreccia se puede configurar ensañamiento terapéutico en los siguientes casos .

a)“Cuando se utilizan los medios técnicos en quien está practicamente muerto -por tanto después de la muerte clínica-”.

b)“Cuando se interviene con las terapias médicas o quirúrgicas (exceptos las ordinarias) en sentido ‘ desproporcionado’ respecto de los efectos previsibles”.

Ahora bien, llevando el plano teórico al plano de la praxis médica, y tomando en consideración el planteamiento de Juan Pablo II en el sentido que curarse y hacerse curar es una obligación moral, y que esta obligación debe medirse con las situaciones concretas , hago mía la pregunta planteada en el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

¿...se deberá recurrir, en todas las circunstancias, a toda clase de remedios posibles?
La respuesta es negativa. En efecto, de no renunciar a tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, se podría caer en un tecnicismo que corre el riesgo de ser abusivo .

Me resulta muy iluminadora la definición de encarnizamiento terapéutico que da la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Lo entiende como “una acción médica, centrada en prolongar la vida del enfermo, que puede ser extraordinariamente cruel para el mismo paciente, ya que significa la prolongación de un proceso irreversible, acompañado de graves dolores y angustias” .

Dicho de otra manera, se configura encarnizamiento terapéutico cuando el objeto de la acción médica es la aplicación de medios no adecuados a la situación real del paciente y la intención de la acción es de prolongar la vida del enfermo, en la particular circunstancia de ser terminal y cuya muerte se aproxima de manera irreversible.

La Asociación Médica Mundial en su Declaración del año 1985 sobre la fase terminal de la vida, lo define como “...aquel tratamiento extraordinario en el cual nadie puede esperar un beneficio de algún tipo para el enfermo”.

Esto no significa que se ha de entender como ensañamiento terapéutico los esfuerzos del equipo médico por salvar la vida o sanar a un paciente a la luz de su estado de salud. Esta observación resulta especialmente oportuna cuando se trata de accidentados. Tampoco significa que se ha de entender como ensañamiento terapéutico los tratamientos que tienen por objeto mejorar las condiciones de vida de las personas de edad avanzada.

Criterios de proporcionalidad

Para poder determinar si se está frente a una acción de esta índole adquieren relevancia los conceptos de tratamiento proporcionado y desproporcionado respecto de los resultados que se podrían esperar. El discernir si se está actuando de modo adecuado en el paciente en concreto es competencia de los médicos tratantes, que han de actuar con ciencia y en conciencia. Demás está decir que el hecho de renunciar a ciertos tratamientos por ser considerados desproporcionados, en ningún caso exime de los cuidados que merece toda persona en tan precaria situación.

El tema de la proporcionalidad de la terapia es de competencia de la ciencia médica. Solamente quisiera enumerar los criterios que se han de tener presente según el Documento de la Congregación para la Doctrina de la fe, a la hora de evaluar las acciones a seguir con un enfermo: Ellos son: el tipo de terapia; el grado de dificultad y el riesgo que comporta; los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación; las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales .

Resulta interesante la distinción que hace la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal Española entre medios proporcionados y desproporcionados. Para los Obispos Españoles los criterios para considerar el carácter que tiene tal o cual terapia, está muy ligada al ámbito de la justicia hacia el paciente. Desde este punto de vista, serían desproporcionados los medios que “no son debidos ni por humanidad ni por justicia y, por lo tanto, no son exigibles por ningún título”. Como contrapartida, los medios proporcionados serían aquellos “debidos para conservar la vida humana por humanidad y justicia, con ponderada atención a los resultados cuantitativos o cualitativos previsibles, tanto médicos como vitales ; estos medios proporcionados pueden ser habituales o relativamente habituales” . Resulta interesante lo que plantea el Documento del Consejo Cor Unum : Si bien es cierto que los conceptos de ordinarios y extraordinarios para referirse a los medios que se han de emplear en una paciente es una terminología que tiende a ser superada, dado que hay un límite en cuanto a la obligación de mantenerse en vida, el documento plantea que la distinción entre ordinario y extraordinario” expresa esta verdad e ilumina la aplicación a los casos concretos. Con todo reconoce que el uso de términos equivalentes, en particular de la expresión “curas proporcionadas” pareciera ser que expresa la cuestión de modo satisfactorio.

El documento eclesial plantea que los criterios para distinguir un medio ordinario de un extraordinario son múltiples y se aplicarán en base a casos concretos. Distingue aquellos que son de orden objetivo y subjetivo.

a) Criterios de orden objetivo

-La naturaleza de los medios

- Su costo

-Algunas consideraciones de justicia en sus aplicaciones y en las opciones que ello implica.


b) Criterios de orden subjetivo

- Evitar a un cierto paciente un shock sicológico

- Evitar situaciones de angustia

- Evitar desagrados, etc.

c)En todo caso, para decidir acerca de los medios, se tratará siempre de establecer la proporción entre el medio y el fin perseguido.

En esta línea se sitúa un informe del Comité del Senado Canadiense que distingue los tratamientos útiles de los inútiles. Los inútiles serían aquellos que, según el parecer de los médicos, son absolutamente ineficaces.

Desde el punto de vista moral, según Pío XII, el deber de conservar la vida no obliga que al empleo de medios ordinarios, es decir aquellos que no imponen ninguna carga extraordinaria ni para sí mismo ni para los otros. Ello implica la posibilidad tanto de abstenerse como de suspender ciertos tratamientos.

El derecho a morir

Un tema deltodo relevante es si la persona tiene derechos respecto de su propia muerte. Apoyado en el artículo de Barcaro R. , que analiza de modo riguroso el pensamiento al respecto de Jonas H. , y de Kass L.R. , severá el sentido que seleda a este concepto de la máxima relevancia cuando se estudia el tema de la eutanasia.
Jonas plantea el derecho a morir en relación al derecho de elegir libremente la vida y la muerte en los casos particulares representados por los enfermos terminales o los moribundos que entienden rechazar los medios puestos a disposición por la ciencia médica.

Este derecho a morir se puede justificar a la luz del derecho de tomar posesión de la propia muerte en la completa conciencia de su fin, y con el derecho al póstumo recuerdo, en relación a la identidad personal de aquel cuerpo frente al que el personal médico se ensaña realizando una prolongada subsistencia.
Tomar posesión de la propia muerte indica la voluntad del paciente de no retardar un evento más o menos próximo recurriendo a terapias que –prolongando brevemente la vida- deberán infligir sufrimientos a su persona y a su cuerpo . Según Jonas, el derecho a morir tiene los límites de la ética de la responsabilidad, es decir del conjunto de obligaciones que la persona tiene en relación a la familia y/o al grupo social. Pero estas obligaciones no pueden ser tan fuertes que obliguen siempre al individuo a aceptar intervenciones o terapias que considera lesiva de su propia dignidad.

Kass, por otra parte, hace notar que en elámbito del debate público se presta a confusión el hecho que el concepto tiene cuatro acepciones.

a.Derecho de tener asistencia para obtener la muerte (eutanasia activa voluntaria).

b.Derecho de rechazar lostratamientos, aún cuando tal rechazo comportase como consecuencia la muerte del paciente.

c.Derecho a una muerte con dignidad (en este sentido derecho de morir significa derecho de continuar a ejercitar el control de sí mismo a pesar de la enfermedad)

d.Derecho a elegir el momento de la propia muerte.

Para Kass, de las cuatro acepciones la más problemática es la primera porque implicaría el deber de terceros de prestar asistencia asistencia alque desea morir.
Para el autor el punto de fuerza de quienes reivindican el derecho a morir se fundamenta en la autonomía del individuo, especialmente en el deseo de una muerte digna, como expresión de autocontrol u autodominio. El hombre en condiciones de gestionar su propia vida de modo autónomo e intencional puede llegar a pretender sobre la propia muerte , que es considerada como un hecho aislado y separado de la propia vida y no como una componente de la existencia del viviente, y de modo secundario, recibir la asistencia de terceros cuando no tenga la habilidad física para realizarlo por sí solo. Así, de acuerdo a este planteamiento, se concluye que el derecho a morir entraría en la esfera del derecho a elección garantizado por el derecho a la libertad. Bajo estas condiciones, existiría un derecho a morir filosóficamente fundado a partir del principio de autonomía personal. Kass no comparte este punto de vista por cuanto si bien es cierto que una persona puede tener la libertad de quitarse la vida, ello no significa que tenga derecho a hacerlo. Por otro lado, si sele atribuye a la expresión derecho a morir, el derecho a obtener asistencia para obtener para morir, el autor postula que no puede haber un derecho a morir jurídicamente fundado, porque sería tener el derecho a ser matado, lo que contradice la Constitución que garantiza la vida.

Para Kass la reivindicación de los derechos es una estrategia con el fin de obtener un común acuerdo a nivel social sobre temas espinudos, con el convencimiento de que aquello que se reconoce jurídicamente lícito antes o después es también como lo moralmente lícito. Por lo que para el autor este tema no es jurídico sino moral y el acuerdo ha de buscarse en ese plano. Como conclusión, se aprecia que los dos autores concuerdan que es impensable el derecho al suicidio asistido o la eutanasia voluntaria.

La dignidad de la persona en la proximidad de la muerte

Se percibe a todas luces que tanto la eutanasia como el encarnizamiento terapéutico no son respetuosas de la dignidad de la persona. En el primer caso debido a que se atenta en contra de la vida de una persona inocente. En el segundo caso debido a que se le prolonga de modo innecesario la agonía con todo lo que ello implica, no sólo para el paciente sino también para su familia. Lo que sí está claro es que en ambos casos no hay un encuentro directo con la hora de la muerte ya sea porque se adelanta, ya sea porque se retrasa.

El tema de la muerte digna ha sido motivo de reflexión y ha girado siempre en torno a los polos en los que hemos centrado la atención .

Para algunos morir con dignidad implica el derecho a la eutanasia. Esta manera de concebir la muerte está sustentada por el supuesto derecho que tiene la persona de disponer de su propia vida y de la muerte de modo incondicional, prescindiendo de cualquier norma moral o jurídica. El hombre se declara dueño de sí mismo y por lo tanto como único metro de decisión. Esta postura está impregnada del contexto cultural al que me referí al principio de este trabajo y es inaceptable desde el punto de vista ético en razón de la indisponibilidad de todo y cada uno de los seres humanos en razón de su condición de persona. Sostener lo contrario no sería otra cosa que equipararlos al rango de cosa.

Para otros morir con dignidad significa no verse sometido a una medicina “ensañada” y “obstinada” en la fase terminal de la vida, y tener el derecho a rechazarla. En este caso morir con dignidad significa negarse a someterse a prestaciones ya inútiles que nada tienen que ver con la lucha por la vida. Lo que se reivindica es no quedar sometido a una medicina obstinada que hace de la lucha por la vida una negación de la condición humana que es mortal.

Otra manera de comprender el concepto es a la luz de la subjetividad de la persona, adquiriendo el significado de vivir con dignidad la propia muerte. Los documentos eclesiales hacen alusión al tema tomando en consideración altos valores de la persona cuales son sus relaciones sociales, especialmente su relación familiar, así como la integridad de su personalidad.

En el contexto de una medicina altamente tecnificada, resulta preocupante el hecho que los enfermos terminales, debido a las exigencias de ciertas terapias, se encuentren totalmente aislados de sus familias. El Consejo Pontificio Cor Unum hace ver que el derecho de morir con dignidad comporta esta dimensión social . Proteger la dignidad de la persona en el momento de la muerte implica protegerla de un tecnicismo que corre el riesgo de ser abusivo, plantea la Congregación para la Doctrina de la Fe .

Para consultar el artículo completo:
La medicina y la muerte

Los cuidados paliativos





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