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La medicina y la muerte
No menos preocupación y debate ha producido el hecho de personas que han solicitado la muerte como salida a situaciones de gran sufrimiento, que no ven en el horizonte ninguna posibilidad de mejoría, y menos un sentido al sufrimiento que padecen


Por: Fernando Chomali | Fuente: Fernando Chomalí



I. La medicina y la muerte

El tema en cuestión ha sido una preocupación constante de la Iglesia Católica que nos ofrece un rico magisterio sobre la materia. Cito solamente a modo de ejemplo la Encíclica de Juan Pablo II, Evangelium Vitae, acerca del valor y el carácter inviolable de la vida humana, así como su exhortación Apostólica acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano, Salvificis Doloris. De la Congregación para la Doctrina de la Fe nos encontramos con el documento “Declaración sobre la eutanasia” , y del Consejo Pontificio Cor Unum, el documento “Algunas cuestiones éticas relativas a los enfermos graves y a los moribundos”. El tema también es tratado en el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, así como en múltiples discursos.

El contexto próximo de este magisterio es el hecho que la medicina ha logrado en este último tiempo un desarrollo espectacular. Lo que ha significado que en la actualidad, técnicas altamente sofisticadas y de alto costo han permitido por una parte, pronosticar la muerte con anticipación y, por otra, prolongar el proceso que conducirá inevitablemente a la muerte de una persona. Situación de hondo contenido humano que ha de ser analizado cuidadosamente por las implicancias antropológicas y éticas que lleva grabada.

II. El contexto cultural

Bajo estas nuevas condiciones, sumado a un específico contexto cultural, el modo de enfrentar la etapa final de la vida ha sido objeto de acalorados debates públicos, con gran cobertura por parte de los medios de comunicación, a raíz de algunos casos de personas que han sido, gracias a los medios que se disponen actualmente, mantenidos en vida en condiciones muy precarias y de modo artificial.

No menos preocupación y debate ha producido el hecho de personas que han solicitado la muerte como salida a situaciones de gran sufrimiento, que no ven en el horizonte ninguna posibilidad de mejoría, y menos un sentido al sufrimiento que padecen. Estas peticiones, que sobrepasan con creces el ámbito de la medicina, han terminado en manos de la justicia, la que ha tenido que pronunciar una sentencia.

El tema de la eutanasia no es nuevo, Platón planteaba en el libro tercero de su citado libro La República que: “Cada ciudadano tiene un deber que cumplir en todo Estado bien organizado. Nadie puede pasarse la vida en enfermedades y medicinas. Tu establecerás, oh Glaucón, una disciplina en el Estado y una jurisprudencia tales como nosotros la entendemos, limitándote a dar cuidados a los ciudadanos bien constituidos de alma y cuerpo. En cuanto a los que no son sanos, se les dejará morir”. En Esparta los neonatos malformados se mataban, y en la Isla de Cos, a los viejos se les daba una gran fiesta que concluía con el envenenamiento de los invitados.

Hoy, el tema está latente, sólo que presenta otra cara, otras circunstancias, otro contexto cultural. Ya no son razones de Estado o sociales las que permitirían llegar a la eutanasia, sino que el hecho que cada vez más se le reconoce al paciente un cierto derecho a disponer de su propia vida, especialmente en la fase terminal de su existencia en nombre de la libertad y del sentido que le atribuya a la vida. En efecto muy difundida está la idea que “sólo el enfermo puede decidir el sentido de su vida. Si él juzga que su existencia ha perdido definitivamente todo valor, está en el pleno derecho de sacar sus conclusiones y de buscar abandonar esta vida. Con la ayuda de los otros. En nombre de la libertad individual” .

Esta manera de enfrentar la enfermedad y la muerte ha encontrado eco en varios estados. Así, por ejemplo, en los Países Bajos la eutanasia se ha despenalizado , y en algunos estados de Estados Unidos de América ha sido motivo de referendum.

Son muchos los movimientos que han surgido especialmente en los países desarrollados que reclaman este derecho. Estos movimientos son: Voluntary Euthanasia Society, en Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelandia. Exit, en Gran Bretaña y Suiza. Society for the right to Die, en Estados Unidos. Association pour le droit de mourir dans la Dignité, en Francia, Bélgica y Canadá. NVVVE, en Holanda .

En este contexto, se percibe que detrás de estos grupos el concepto de calidad de vida se ha ido abriendo camino, pero a costa de ir dejando cada vez menos espacio al valor de la vida y a su sacralidad, como premisa antropológica y ética fundante de la convivencia social, de la justicia y de la paz.

La Iglesia Católica, que se reconoce como experta en humanidad, postula que la aceptación social de la eutanasia hunde sus raíces en una cultura que, marginándose cada vez más de la trascendencia, se ha ido caracterizando por la costumbre de disponer de modo arbitrario de la vida cuando aparece; de tender a estimar la vida personal sólo en la medida que comporte riqueza y placer; de valorar el bien material y el placer como bienes supremos y, en consecuencia, de considerar el sufrimiento como el mal absoluto que se debe evitar a toda costa y con todos los medios; y de considerar la muerte como final absurdo de una vida que todavía proporciona gozos, o como liberación de una vida carente de sentido porque está destinada a continuar en el dolor .

Por otra parte, un creciente número de personas enfermas en estado terminal solicitan la muerte como única salida a su situación de soledad y muchas veces, especialmente en los países más desarrollados, de abandono .

Este contexto cultural es el que hay tener presente a la hora de tratar el conjunto de problemáticas que giran en torno al tema de la muerte.

III. La respuesta a nivel jurídico-legislativo de algunos países

Estos elementos culturales, por lo demás muy asimilados en la conciencia de la población, han encontrado una favorable acogida en algunas legislaciones. En Holanda, por ejemplo, la eutanasia ha sido despenalizada. Los médicos pueden evitar acciones legales en su contra si actúan de acuerdo a ciertos criterios y líneas de acción: Que se trate de un enfermo terminal; Que esté experimentando sufrimientos insoportables; Que el paciente requiera en forma clara y persistente que su vida termine; Que haya habido una consulta previa a otros médicos que estén en conocimiento de la ficha clínica del enfermo y lo hayan examinado; y, por último, y esto si que deja perplejo, que la eutanasia sea practicada en el respeto de las reglas deontológicas aplicadas a todo acto médico. En algunos estados de Estados Unidos de América, ha sido motivo de referéndum. Observando algunos estudios de derecho comparado hay que decir que poco a poco esta es la tendencia que se va imponiendo en los países europeos. En Suiza la eutanasia, dicha activa, es condenada según el artículo 114 del Código Penal, pero según el artículo 115 del mismo Código, el médico que haya practicado podría no ser condenado si no fue movido por un móvil egoísta. En Noruega, la eutanasia es considerada en el Código Penal un delito privilegiado cuya pena debe ser mínima. El texto dice así: “Si un individuo fue muerto con su propio consentimiento o si sufre de una grave lesión corporal o de un grave daño a su salud, o si alguno mata a un enfermo incurable, por piedad o contribuye a su muerte, la pena debe ser muy ligera”

IV. La urgencia de una reflexión

Es evidente que decisiones de este tipo trascienden el objeto propio de la medicina. Llevan grabadas una serie de interrogantes acerca del valor de la vida humana, de su indisponibilidad e inviolabilidad, de su sentido, del valor, alcance y límites de la libertad humana y del sufrimiento, así como de la profesión médica y todo el complejo aparato sanitario, y su modo de relacionarse con los enfermos en tales situaciones. Desde el punto de vista social, resulta legítimo preguntarse si una sociedad que permite que se disponga de la vida, aunque se encuentre en condiciones precarias, más aún que lo constituya en un derecho, es verdaderamente humana, o se está deslizando hacia una concepción utilitarista de la vida que necesariamente irá en desmedro de las personas más vulnerables de la sociedad. Resulta legítimo preguntarse si bajo esta concepción de la vida y de la muerte, no terminará el médico siendo un mero ejecutor de los deseos del paciente y no un profesional con un ethos ampliamente conocido y valorado cual es el de no dañar, el de sanar en la medida de lo posible y el de suavizar los sufrimientos del paciente cuando se enfrenta a una situación tal que lo llevará inevitablemente a la muerte.

Todas estas interrogantes obliga a conducir el tema al ámbito de la antropología filosófica y teológica, así como de la ética y del derecho.

Otro factor que se ha de tener presente, además de la interdisciplinaridad, es el hecho que el tema que nos ocupa tiene gran relevancia no sólo a nivel personal sino que también social. Las voces de médicos, juristas, filósofos y teólogos, resultan fundamentales puesto que lo que está en juego en este nuevo panorama no es sólo la enfermedad del paciente, cuanto su dignidad de persona en el ocaso de la vida y próximo a la muerte, así como el ethos cultural de la sociedad y los valores o desvalores que la anima en torno a la muerte. Espero que esta reflexión ilumine a los legisladores de tal forma que las leyes por ellos emanadas, por una parte, salvaguarden la dignidad de la persona que se encuentra en tan importante y a veces dramática etapa de la vida, y por otra, contengan un elemento educativo que contribuya a que todos los miembros de la sociedad se hagan cargo de los más débiles .

Para consultar el artículo completo:

La eutanasia: terminología

Los cuidados paliativos

 





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