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La dignidad en la muerte
Entre más se atiende a los argumentos pro eutanasia, más se encuentra el mal uso del término dignidad para referirse no al valor humano, sino al dolor


Por: Salvador Reding | Fuente: Salvador Reding



La dignidad en la muerte

La discusión del tema de la eutanasia no termina, pues las partes en disputa insisten en sus posiciones. Pero hay una diferencia, quienes están por la defensa de la vida son los más congruentes, al exigir el respeto a la misma hasta la muerte natural, no provocado su fin, sea por acción (como el suicidio asistido) o por omisión (como suspender la ayuda médica).

Quienes están a favor de la eutanasia, alegan el derecho a terminar una vida humana cuando el paciente sufre grandes dolores, o hasta cuando simplemente ya no quiere vivir. Pero también están a favor de suspender la asistencia médica en cuanto a medicamentos o artefactos que suplen o complementan las funciones naturales del cuerpo, como la respiración o circulación sanguínea, si el paciente está en estado de coma o vegetativo.

Pero recurren a un concepto extrañamente manejado: la dignidad de la muerte. Vivir (y morir) dignamente es hacerlo con respeto propio y ajeno a la persona humana. No es simplemente satisfacer las necesidades vitales, sino con libertad de expresión y para tomar las propias decisiones. Vivir bajo la humillación o la tiranía es vivir indignamente.

Así, entender la dignidad en la vida como respeto a los derechos fundamentales del hombre es fácil pero ¿qué es la dignidad en la muerte? Este concepto se entiende fácilmente cuanto se enfrenta como alternativa a una forma indigna de vida. La muerte de un mártir, de un soldado en defensa de su patria, la muerte propia para salvar vidas ajenas, son casos auténticos de muerte digna, frente a la cobardía como vida indigna.

Pero los partidarios de la eutanasia no se refieren a ninguno de estos casos. Hablan del derecho a una muerte "digna" como una en la cual el enfermo deja de sufrir y, escuchando y leyendo sus argumentos, se extiende aún más a la muerte que evita el sufrimiento psicológico de otros, como es el caso de un enfermo en coma irreversible: ya no quieren verlo en ese estado.

En estos casos, el concepto de dignidad está torcido, sacado de su sentido original. El dolor propio o ajeno no es asunto de dignidad en cuando al enfermo se refiere. Podríamos hablar de trato digno o indigno de un sufriente por enfermedad incurable sólo por parte de quien lo atiende o se arroga el derecho de dejarlo sufrir, cuando se tiene el remedio medicinal para atenuarlo o evitarlo.

Entre más se atiende a los argumentos pro eutanasia, más se encuentra el mal uso del término dignidad para referirse no al valor humano, sino al dolor. La muerte digna del enfermo, no es otra que la que respeta el derecho a la vida hasta su término natural. Esto si no extendemos el concepto de dignidad fuera de su definición de diccionario.

Un enfermo terminal tiene derecho a una muerte digna cuando se le respeta y atiende al límite de los recursos disponibles para mantenerlo vivo. Se respeta su dignidad cuando no se le obliga a renunciar a sus derechos, cuando puede tomar sus propias decisiones conforme al derecho natural. En esta forma, un suicida no puede alegar la dignidad de un supuesto derecho a provocar su propia muerte (y aún más a recibir asistencia en su suicidio) al atentar contra el derecho fundamental de todo ser humano: la vida misma.

¿En qué casos podemos hablar del derecho a una muerte digna de un paciente con alto grado de dolor? Cuando su forma de vida se consideraría indigna en situaciones digamos normales. Un prisionero, por ejemplo, que no es debidamente alimentado, o a quien se niega asistencia médica, se le tortura, o no se le cobija contra inclemencias del tiempo, vive una vida indigna de su valor como persona.

En la misma forma, quien sufre mucho y tiene una vida prolongada más allá de lo que la ciencia médica puede ayudarle, tiene derecho a evitar el sufrimiento. En lenguaje común, no podemos caer en el caso de que "el remedio sea peor que la enfermedad". Los remedios médicos que provocan mayor sufrimiento o acortan la vida a cambio de atenuación del sufrimiento, pueden ser suspendidos y dejar que el paciente, por medios naturales, muera. Esta sería una muerte digna.

El problema es cuando se le provoca la muerte por acción u omisión a un paciente en estado vegetativo, en coma profundo, y es por tanto ajeno al dolor, pues no tiene ya capacidad de sufrirlo. No es ya asunto de morir dignamente, y el caso se convierte en liberar a los parientes y médicos de la carga de mantener esa vida.

En el tristemente célebre caso de la muerte de Terri Schiavo, en lugar de una muerte digna, que no era otra cosa que librarse de la molestia y costo que representaba, se trató de una muerte gravemente indigna: la mataron de hambre y sed. ¿Sufrió? parece que médicamente nadie lo sabía de seguro, pero su familia alegó que daba muestra de un mínimo de conciencia y si así fue, entonces la indignidad fue de quienes permitieron o cometieron su asesinato. Humanamente, sólo hubo dignidad en quienes clamaron por su vida.

Es triste, pero la exigencia de una "muerte digna" está, en el discurso, más utilizada como excusa para acabar con un enfermo cuya atención requiere tiempo y dinero que desde el punto de vista de su propio sufrimiento. ¿Por qué? porque se defiende la dignidad de la muerte en pacientes cuya vida consciente ya no existe. Es entonces una simple liberación de cargas, sin nada que ver con la dignidad del enfermo. Dios nos libre de esos defensores de esta versión de la "muerte digna".

La dignidad de la muerte está atada a la dignidad de la vida.

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