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Lágrimas por la vida
Actualmente muchos Estados desarrollan trámites legislativos para despenalizar el suicidio asistido


Por: William Báez | Fuente: William Báez



Lágrimas por la vida

Debo confesarlo. También yo lloré al ver la película de Amenábar. La producción conmueve. La historia real estruja las entrañas. Ramón Sampedro, su protagonista, se ha convertido en uno de los personajes más queridos y también más odiados de la audiencia española.

¿Qué decir ante un caso como éste? No es fácil juzgar si de por medio hay 29 años de sufrimiento físico y moral. Las opiniones varían. Unos aluden al sentimiento para justificar la eutanasia. Otros apelan a la razón para rechazarla. Algunos recurren al amor para descartarla. Entre los mismos enfermos hay quienes deciden vencerse ante el dolor y hay quienes deciden afrontarlo. Unos creen que la muerte es la puerta de escape, otros piensan que la vida vale más que el sufrimiento. ¿Quién tiene razón?

Hoy en día se recurre mucho al sentimiento. Los medios de comunicación nos presentan tragedias en las que el dolor parece ser el único protagonista. ¿Quién no se conmueve ante los estragos del hambre o de la guerra? ¿Quién no se conmueve ante casos como los de Ramón Sampedro o Terry Schiavo? La compasión es un sentimiento noble, pero no es el más noble. La compasión nos inclina a aliviar al que sufre, pero cuando el mal es incurable, la compasión quiere acabar con el mal… y con la persona. Aquí está el problema. No podemos identificar la persona con su dolor.

Es cierto que no debemos helar nuestra compasión para dar paso a un gélido raciocinio. No somos computadoras que sólo procesan información. Somos hombres capaces de asombro, de alegría, de llanto. Pero el sentimiento tiene que llevarnos a solidarizarnos con quien sufre, no a destruirlo. El sentimiento nos debe impulsar a valorar al adolorido, a animarle, a buscar por todos los medios lícitos ayudar a su restablecimiento. Cuando nos invade el dolor los hombres somos muy vulnerables.

Algunos dicen que la lucha que entabló Sampedro para legalizar la eutanasia fue toda una hazaña de la razón. Algunos han visto en sus “Cartas desde el Infierno” y en sus escritos la más estupenda apología de la eutanasia. Ciertamente Sampedro no sólo habla con argumentos, habla también con su propia vida. Él escribió en su testamento: “He decidido poner fin a todo esto de la forma que considero más digna, humana y racional”. ¿Digna? ¿Humana? ¿Racional?

Javier Romañach es otro tetrapléjico español. Él padeció un accidente mucho más grave que el de Sampedro. Asegura que sufre un verdadero tormento, pero afirma que la eutanasia es la peor estupidez, la peor derrota. Romañach escribió en el 2005 Los errores sutiles del caso Ramón Sampedro. Allí desenmascara la presunta racionalidad de Sampedro y muestra cómo la razón nos lleva a rechazar la eutanasia. Y es verdad. ¿Acaso existe algo más inhumano que el asesinato? ¿Qué da la muerte: un hombre o un cadáver? ¿Acaso nuestra tendencia más primigenia no es la propia conservación?

Hoy se comete un grave error: se identifica el dolor, la enfermedad y la persona que la sufre. Pero esto atenta contra la realidad, contra la verdad, contra el bien. No queremos eliminar la persona, sino la enfermedad o, al menos, el dolor que ella produce. ¿Entonces por qué la eutanasia? Precisamente porque se hace de estas tres realidades la misma cosa. Así lo más lógico sería aniquilar el dolor y, de paso, la persona. Está claro que el hombre tiene derecho a la dignidad. Pero la dignidad no depende de cómo estamos o qué sentimos, sino de quiénes somos. ¿Acaso la dignidad es tan voluble como para desaparecer con el sufrimiento? ¿De qué nos hace más dignos el suicidio?

“Quien me ama es quien me ayuda a morir”. Fue ésta una frase incisiva en la vida de Sampedro. Si alguien lo amaba debía compensar su capricho. Pero él se equivocó. El amor es algo diverso. Amar es buscar el bien del otro y desear su presencia. Lo que Sampedro llamaba amor era una mezcla de sentimientos: dolor, compasión, deseo de ayudar, pero todo a nivel de un capricho.

El amor nos dice que debemos buscar el bien del amado, su bien integral. Además el sufrimiento no es un mera cuestión individual, es también una realidad social. Por eso quien ama busca el bien del enfermo, el bien de sus familiares y amigos, el bien de las personas que le asisten, el bien de la sociedad. Quien ama buscará proteger al más débil y no eliminarlo desdichadamente. Quien ama deseará la presencia del amado. Quien ama estará presente para quien sufre y procurará que quien sufre lo sienta cercano. Quien ama no querrá la muerte del amado. No es indiferente estar cercano o estar lejano de quien amamos. Mucho menos indiferente será tenerlo o no tenerlo.

De esto existen casos numerosos. Salvatore Crisafulli despertó de un coma de dos años, en el 2003, en Italia. Contó que durante su trance veía y sentía todo. Agradeció a su hermano Pietro y a su madre, que nunca le abandonaron. El amor lo había salvado, cuando las esperanzas podrían haberse disipado. El drama de quien sufre sólo se hace soportable cuando de por medio está el amor.

Actualmente muchos Estados desarrollan trámites legislativos para despenalizar el suicidio asistido. Algunos, más incisivos, fomentan la eutanasia activa. Yo me pregunto hasta dónde quieren llegar. ¿Cuáles son sus razones? ¿Por qué abrir la puerta a la propia destrucción? ¿Por qué ensañarnos en promover la muerte y no la vida? ¿Por qué construir un mundo más inhumano, más carente de amor, de razón, de sentimiento leal?

Estamos ante un proyecto determinante. Nos jugamos el futuro. Todo lo que se siembra crece, lo bueno y lo malo. El caso de Sampedro es paradigmático. Pero ¿qué decir de los otros miles de casos en los que la lucha es de sentido contrario? ¿Qué decir de aquellos miles de enfermos y tetrapléjicos que luchan para vivir, para que la sociedad no los discrimine ni los olvide? La eutanasia no es una cuestión legal, es un proyecto del desamor humano. Es un proyecto de una mísera visión de la vida, que cree que nuestro sentido último está en el bienestar físico y no en el bienestar integral de nuestra persona.

Es paradójico que el mundo se escandalice de la pena de muerte y a la vez la aplique a los inocentes y a los débiles. Si hubiese una vida humana sin importancia, ninguna sería importante. ¿Qué se puede ser sin la vida? ¿Qué dignidad o derecho puede tener quien no tiene vida? El sentimiento, la razón y el amor tienen algo que enseñarnos sobre este drama. Pero la respuesta no está en ninguna de las tres, sino en el hombre que siente, que razona y que ama. Sólo entonces se dirá: “no quiero que mueras” y, sobre todo, “quiero que vivas”. Entonces se derramarán lágrimas por amor a la vida.

 





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