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Eutanasia: ¿”ayudar a morir” o matar?, caso Piergiorgio Welby
La eutanasia no es ayuda para nadie, porque es imposible ofrecer ayuda a una persona enferma o desesperada cuando hemos decidido acabar con su existencia


Por: Bosco Aguirre | Fuente: Bosco Aguirre



Eutanasia: ¿"Ayudar a morir" o matar?, Caso Piergiorgio Welby

En debates sobre la eutanasia resulta fácil escuchar frases como esta: “una cosa es matar a las personas, y otra distinta es ayudarles a morir cuando lo desean por motivos razonables y serios”.

La frase es sumamente ambigua y engaña a más de un incauto. ¿Cómo entender la fórmula “ayudar a morir”? ¿De qué tipo de “ayuda” se trata?

Los defensores de la eutanasia saben perfectamente bien qué están pidiendo con la fórmula “ayudar a morir”. Quieren que sea lícito que algún médico, enfermera, familiar, amigo o funcionario público, pueda provocar la muerte (esperamos que de forma indolora) de un enfermo en fase terminal o de alguna persona sana que no es capaz de suicidarse por sí misma y pide “ayuda” para dar el paso hacia la muerte.

En realidad, esta “ayuda a morir” es, simplemente, matar. Porque hacer algo que provoca la muerte, sea a escopetazos, sea con una inyección tóxica, sea con una bolsa de plástico que provoca la asfixia, sea con privar de alimentos a un enfermo inmovilizado, es siempre lo mismo: matar.

Necesitamos, entonces, plantear las cosas con toda su crudeza y claridad. Discutir sobre la eutanasia significa responder a esta pregunta: ¿puede un estado aprobar leyes que permitan a algunas personas matar a otras?

Los defensores de la eutanasia dirán que en tales leyes habrá indicaciones muy claras para evitar cualquier abuso, con garantías y controles bien definidos. Según ellos, no todos tendrían “derecho a la eutanasia”. La eutanasia sería sólo para quienes la piden de modo lúcido y constante, para quienes tienen enfermedades incurables y graves, para quienes sufren mucho. Sería aplicada bajo severos estudios médicos, ante el juicio de dos o tres peritos, en las máximas condiciones de higiene, con sistemas que eviten cualquier forma de dolor...

Pero todas esas garantías y otras más que se puedan a_adir no quitan el hecho duro y crudo: aprobar la eutanasia es otorgar a algunos el permiso para matar a otros. A otros que viven en el dolor, o la desesperación, o la soledad. A otros que podrían no pedir la muerte si tuviesen a su lado más amigos y menos aparatos, más caricias y menos burocracia, más calmantes bien dosificados y menos papeleo para recibir las curas básicas que merece todo ser humano y, de modo especial, todo enfermo.

No nos engañemos: las leyes no puede dar permiso a unos para matar a otros. La eutanasia no es, por lo tanto, ayuda para nadie, porque es imposible ofrecer ayuda a una persona enferma o desesperada cuando hemos decidido acabar con su existencia. Aunque lo hagamos con leyes aprobadas por mayorías parlamentarias que olvidan que la democracia sólo es justa si respeta el derecho de todos. También de los enfermos, que merecen ser respetados y asistidos desde el derecho fundamental que está a la base de la convivencia humana: el derecho a la vida.





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