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La mentira del mal menor: la eutanasia
Pequeña historia que nos invita a reflexionar sobre el mal menor en relación al aborto eugenésico y la eutanasia.


Por: Micaela di Canossa | Fuente: Micaela di Canossa




La mentira del mal menor: la eutanasia

Cuando Francisco y Manuel se conocieron meses atrás en el pabellón hospitalario que vería extinguirse los últimos días de sus cortas vidas, jamás imaginaron que ante una misma circunstancia pudiera existir un desenlace tan diferente. Ambos eran niños, ambos venían de su hogar y ambos enfrentaban los últimos sufrimientos de esta vida. Pronto se hicieron amigos, y compartieron en sus horas de doloroso insomnio las angustias y esperanzas de su dura situación. La única diferencia entre ambos nada tenía que ver con lo económico, ni con sus capacidades o dolores, sino con una decisión de la que no participaban.

Mientras Francisco era rodeado del amor de su familia, que cada día buscaba llenarlo de cariño y consuelo, Manuel veía distanciarse a la suya que, temerosa ante el dolor, se preguntaba la forma de terminar cuanto antes con todo esto. Así, las horas que pasaban unos buscando unirse en todo a su hijo, la pasaban los otros discutiendo con abogados la posibilidad de terminar los días de su retoño. Y los niños no lo sabían, pero lo sentían...

En el juicio que se inició se discutieron una larga serie de pormenores, pero como eran pocos los motivos que se podían esgrimir sin ser derrocados por la razón, estos fueron los que se mantuvieron hasta el fin. Se utilizó a cierta prensa que, en nombre de una supuesta "libertad" buscaba toda posible bandera que esgrimir a su favor, y no faltaron agrupaciones que, deseosas de alcanzar un falso "progreso", hacían uso de cualquier medio que apoyara sus ansias libertinas.

Semanas arduas se sucedieron para quienes querían matarlo, y para quienes lo defendían sin comprender cómo alguien podría querer seguir adelante usando argumentos insostenibles. Los primeros argumentaron con su dolor, e incluso llegaron a decir que los costos eran muy altos, y que el niño igualmente moriría. Poco importaba aquí la ética de preservar la vida, menos importaba Dios y nada importaba Manuel, a quien decidieron "ayudar" terminando con su vida.

Así, mientras los dos niños intentaban vivir bien sus últimos días, gran cantidad de acontecimientos se sucedían a su alrededor. Y el saldo fue el esperable en un mundo que se quiere llamar humano cuando hace cadenas de "solidaridad" a través del correo electrónico – sistema cómodo para sentirse la Madre Teresa – y que cierra los ojos ante el dolor de estos desahuciados que no tienen voz ni voto. Y decíamos que fue el esperado porque mientras Manuel aguardaba cada día con ansiedad ver aparecer a sus padres para recibir de ellos su amor y contención, sólo recibía la ausencia de quienes buscaban la manera de deshacerse de él, argumentos más o argumentos menos que se hayan querido esgrimir en su favor. Un día fijado, y ante la atención expectante de todo el país, Manuel fue preparado para morir. La imagen del verdugo que uno podría tener en nada se parecía a la realidad concreta, porque el mismo se presentó vestido de blanco, junto a un camillero y una inyección lista para ser aplicada, y el ajusticiado tampoco se correspondía con lo podríamos imaginar, porque no tenía crimen que purgar (y no puedo evitar mencionar que por los verdaderos criminales se mueve toda la opinión pública para evitar su castigo), ni defensa a la que acudir. Así se lo llevaron a otra sala, y Francisco, con las manos entre las de su querida madre, le vio por última vez, indefenso y solitario, sabiendo que el matadero tendría trabajo ahora, y su víctima estaba ya dispuesta para ser inmolada: el altar de la "libertad" quedaría satisfecho hoy con la sangre de un niño inocente.

Días más tarde también murió Francisquito. Fue una muerte con dolor y dulzura. Tranquilo, en su camita del hospital, junto a sus padres y hermanos, pudo rezar junto a ellos sus últimas oraciones, saber que era amado y entregar su alma con paz en su corazón. No hubo para él un remedio mágico que salvara su vida, y su familia se fue de allí muy triste y muy tranquila, con el alma llena de un amor probado en el crisol del dolor. Y también el descanso eterno de ambos fue diferente, porque mientras Francisco recibió amor incluso después de morir, Manuel fue el símbolo involuntario de un montón de buitres que en nombre del falso progreso de la patria ni siquiera se preocupó de él. Los padres, eso sí, sufrieron mucho... porque la conciencia remuerde, mal que nos pese, y matar a un hijo no es algo que nos pase desapercibido, por muchos sofismas que queramos inventarnos, y por muy aséptico que sea el método empleado.

Esta historia, gracias a Dios, no es verdadera... No se ha podido conseguir – todavía – que el asesinato de niños y adultos sea considerado legal. Diferente es la forma en que el mundo trata a sus enfermos incurables, pero ese es un triste tema para otra reflexión.

Sin embargo, hay quienes sí viven esta horrenda injusticia con mayor indefensión aún que el niño de esta historia. Son los miles de bebitos - verdaderos seres humanos que se están desarrollando en el seno de sus madres - que mueren asesinados, en condiciones infrahumanas, por el solo hecho de no ser como sus padres hubiesen querido.

A raíz del monstruoso caso que se desarrolla en Chile ahora con motivo del bebé malformado que su madre desea matar "para no seguir sufriendo un embarazo que terminará con su muerte", nos preguntamos si después de poner en la balanza esta situación, y en caso de que gane la iniquidad, podremos ir con una ametralladora a las salas hospitalarias en donde luchan por la vida miles sino millones de personas desahuciadas a lo largo y ancho de este vasto mundo.

"Ah... pero aquí hablamos de una niña que igual va a morir...", dirán los cultores de la muerte. Intentar tachar de misericordioso este acto es imperdonable. La bebé que va a morir es una persona que siente, que necesita amor, que merece el mismo cuidado y respeto que el que más. En lugar de eso, se le usa como bandera, se argumenta con "su pobre madre" y nadie piensa la bebé, y finalmente, se le matará sin contemplaciones si la poca humanidad que nos queda termina por bajar la guardia. Que nos digan que ese bebé no es un ser humano, que nos "sensibilicen" con el sufrimiento de sus padres, que nos adulteren las cifras, que hablen de muerte materna cuando ésta no es posible excepto en caso de absoluta desatención, que pongan la libertad por sobre el ser humano... todo eso ya ha sido tantas veces respondido con contundencia que corremos el riesgo de convertirnos en discos rayados. Toda esa información se puede encontrar a raudales en libros, folletos e internet. Acá lo importante es la reacción que debemos tener en este caso. Un niño, sean cuales fueren sus condiciones, puede ser asesinado porque no es "conveniente" que siga viviendo. ¿No haremos nada al respecto?

Ahora que se pretende hacer un "acto de misericordia", y pintando de blanco lo que en verdad es negro se habla de adelantar un parto que en realidad no es otra cosa que un aborto disfrazado, vemos el nivel de mentira y acrimonia a que podemos llegar con tal de lograr los repugnantes objetivos de implementar el aborto en una de las últimas naciones que se han resistido a este horror. Hablan - en medio de ataques bajos a toda corriente sana de amor a la vida - de aborto terapéutico y de adelanto de parto ¿Acaso sería una muerte terapéutica el ahogar a un enfermo para que no moleste psicológicamente a los miembros de su familia? ¿O deberíamos llamar a esta práctica un adelanto de sucesos?

Todos vamos a morir algún día, y espero que no nos asesinen con el argumento de que igual moriremos... La eutanasia no es una opción que busca el mal menor: la eutanasia es un asesinato, y lo que se quiere hacer con esa bebé es una suerte de infanticidio. Llamemos las cosas por su nombre, para empezar a tratar este tema con propiedad.

Yo, al menos, quisiera morir como Francisco, y no como Manuel. Espero que, llegado el día, aún con mucho dolor si es lo que Dios desea que pase, pueda entregar mi alma en el momento en que ésta sea llamada, y no a través de un asesinato o suicidio asistido. Y eso le deseo a todos... No puedo evitar la injusticia del asesinato, pero lo llamo por su nombre y, si se puede, espero que cuando ocurra sea castigado, y no aplaudido. ¿Es mucho pedir a esta humanidad descarriada? Quiera Dios que llegue el día en que no tengamos, como ahora, que refutar mentiras evidentes y buscar argumentos contra la sentencia de asesinato de un ser humano inocente.
 

 

 

 



 

 

 

 







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