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Implicaciones legales, políticas y psicológicas del suicidio asistido
Madeleine Z. se suicidó tomando un cóctel de fármacos, mezclados con un helado. ¿Cómo los consiguió? ¿Proporcionarlos con la intención de apoyar el suicidio es delito?


Por: Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo | Fuente: Alfa y Omega, no. 530, 25.01.2007



Implicaciones legales, políticas y psicológicas del suicidio asistido

Un peligro social

¿Caso Madeleine? ¿Caso Sampedro? Cuesta aceptar que los sufrimientos y esperanzas, las alegrías y los desfallecimientos de un enfermo sólo salgan a la luz pública cuando deciden poner fin a su vida, como si fueran el modelo para todas esas personas que, sin embargo, luchan cada día para demostrar que son más grandes que su enfermedad

La vida silente de una sociedad, la intrahistoria cotidiana, está preñada de actos heroicos, de personas valientes que se levantan cada mañana dispuestos a plantar batalla al pesimismo, a nadar contracorriente, a proclamar con la vida que la desgracia, la enfermedad, el paro, el sufrimiento, la muerte, no tienen la última palabra.

El suicidio asistido de Madeleine Z., que tuvo lugar la semana pasada ante la presencia de dos voluntarios de la Asociación Derecho a Morir Dignamente y de una redactora del diario El País, que luego publicó un reportaje sobre la noticia, es un jarro de agua fría para enfermos y profesionales que están día a día luchando contra el golpe físico y psicológico de la enfermedad.

Doña María Jesús Rodríguez Gabriel, coordinadora y psicóloga de la Asociación Española de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) -enfermedad que padecía Madeleine-, afirma que «nos ha impactado mucho esta noticia, porque nosotros estamos luchando día a día por las personas que padecen esta enfermedad. Nos consta que hay distintas posiciones acerca de este tema, y con distintas formas de afrontar esta dolencia. Nosotros, dentro del respeto por estas posiciones, mantenemos una línea de apoyo y de esperanza. Tenemos talleres de logopedia y terapia ocupacional, ofrecemos apoyo psicológico y damos acogida a las familias; suelen venir muy desorientadas, nada más conocer el diagnóstico. Tratamos de transmitirles la idea de que estamos aquí, que no son los únicos que están sufriendo esta enfermedad, que no están solos. Intentamos transmitirles fuerza para luchar y que tengan la mayor calidad de vida posible».

Para esta psicóloga, se pueden trazar unas líneas generales en cuanto a la recepción del diagnóstico y a las acciones posteriores: «Hay una primera fase, que es la aceptación del diagnóstico. Una peculiaridad de la ELA es que existe una adaptación constante a la pérdida, por su carácter degenerativo; cuando ya han asumido que han perdido ciertas capacidades físicas, los enfermos tienen que empezar a asumir otras pérdidas. A un nivel emocional y psicológico, esto es lo más difícil. Es muy importante el apoyo familiar, que sea un entorno sólido. Hay que realizar un seguimiento y un apoyo, e intentamos aprovechar todos los recursos posibles, que son muchos».

Sobre el caso específico de la muerte de Madeleine, Doña María Jesús afirma que «no he tenido jamás un caso de una persona que haya venido a mí diciendo: Me quiero morir. No me he visto nunca en una situación de ese tipo. Es humano que este pensamiento pueda pasar por la cabeza de estos enfermos; la idea de la muerte nos ha rondado a muchas personas, no sólo enfermos, pero no me he tenido que enfrentar nunca a una situación así».

Esta profesional, acostumbrada a tratar cada día con pacientes de esta enfermedad, tiene unas palabras de esperanza: «Pienso que las personas tenemos una serie de recursos psicológicos que desconocemos, y que emergen ante situaciones de crisis; muchas veces no sabemos el potencial que tenemos, los recursos que tenemos latentes».

Implicaciones legales

Madeleine Z. se suicidó tomando un cóctel de fármacos, mezclados con un helado. ¿Cómo los consiguió? ¿Proporcionarlos con la intención de apoyar el suicidio es delito? Don Javier María Pérez Roldán, Presidente del Centro Jurídico Tomás Moro, declara que «proporcionar fármacos es colaborar a un homicidio. Lo que hay que dilucidar es si esos medicamentos necesitan receta médica y un médico que los receta; si es así, ahí puede haber una participación necesaria del médico. Hablando de manera general, esta participación tiene las mismas penas legales que la autoría. Es como un homicidio. Un médico te puede decir: Toma cuatro de estas píldoras, tres de éstas..., y te producirá una reacción tal, que morirás en un momento. La cuestión es que, si ha tomado un cóctel de pastillas, es porque ha sido asesorada previamente por alguien que sabía bastante, o bien un médico, o un miembro de alguna asociación que pide una muerte digna».

En cuanto a la presencia de tres personas -dos llamados voluntarios y una periodista- en el momento en que Madeleine tomó el cóctel mortal, el señor Pérez Roldán afirma que «existe un delito de omisión del deber de socorro. La tipificación de este delito recoge la acción de no socorrer a una persona que se halle en situación de peligro manifiesto y grave. En este caso, sí existe ese peligro manifiesto y grave. Además de socorrer a la enferma, estas personas tenían que haber llamado a la policía, o a la Guardia Civil. Aquí, puede incluso que haya encubrimiento, si la asociación conoce quién ayudó a esta mujer a morir, porque el suicidio no es un delito, pero sí lo es la colaboración al suicidio».

Campaña ideológica

Cuando sucede un acontecimiento como el de Madeleine, o el de Ramón Sampedro, en España, o el de Piergiorgio Welby, en Italia, cabe preguntarse si no hay detrás una campaña de marketing, para maquillar la cara de una sociedad cansada de escándalos políticos o de otro tipo. Don José María Simón Castellví, Presidente de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas, habla claro a este respecto: «Siempre que se quiere legalizar una acción mala, antes se intenta hacer madurar la fruta, con debates públicos, reportajes..., que se terminan cuando el asunto ya está legalizado (ahora, por ejemplo, no hay debates sobre la despenalización del aborto). Una de las maneras es elegir un caso límite, como se hizo con Ramón
Sampedro, y que los medios afines vayan calentando el ambiente para una despenalización o, si no es posible aún, que se haga y quede impune».

Lo que ocurre es que la sociedad no está bien formada en estos temas, de los que tiene una idea confusa, impregnada de sentimentalismo: «Hace unos años -cuenta don José María Simón-, la Asociación de Médicos Cristianos de Cataluña hizo una encuesta en Barcelona, preguntando a la gente si estaba a favor o no de la eutanasia; le pedíamos que nos definiera qué es eutanasia, y qué opinaba de los cuidados paliativos. El resultado era que la mayoría absoluta no sabía qué era eutanasia; decían cosas como que no se puede sufrir terriblemente, o que no se puede ensañarse con los cuidados..., y eso no tiene nada que ver con el meollo del problema. La gente se relaciona con este tema por medio del sentimiento, de la emotividad, y entonces se muestran de acuerdo con algo que no conocen bien».

¿Cuál es la situación real en nuestro país acerca de este asunto? Lo resume el Presidente de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas: «Hasta ahora, cuando alguien se moría en un hospital, pensábamos que ya no se podía hacer nada más. Ahora podemos plantearnos que pueden eliminarlo; por tanto, la policía y los jueces tendrían que empezar a entrar en los hospitales. Lo que nos dicen algunos médicos es que, en algunos, se tiene una manga muy ancha a la hora de dar dosis de sedación; esto queda impune, porque en un enfermo que está muy mal, darle una dosis correcta para una persona sana puede suponer su fallecimiento, y sería imposible demostrar que es un caso de eutanasia. Éste es el gran peligro de la eutanasia en masa, que vaya desapareciendo gente, con su voluntad o sin ella».

¿Cómo puede alguien asistir al suicidio de alguien y no hacer nada?
¿Cómo puede un profesional del periodismo ver a una persona tomar un cóctel de pastillas y no hacer nada, sólo para poder contarlo después en exclusiva? ¿No es más noticia el permanecer impasible y no hacer nada? ¿Por qué se insiste en una muerte digna, algo que todos queremos, y no tanto en una vida digna? ¿Por qué se llama eutanasia -literalmente, buena muerte- a algo que no es más que un suicidio apoyado? ¿Por qué no se conocen más los cuidados paliativos? Y, sobre todo, ¿en qué lugar del camino hemos perdido la pregunta por el sentido de la vida, así como la ilusión por vivir?

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