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Eutanasia y cine
La película omite un dato fundamental: Ramón Sampedro sufrió una lesión medular a nivel de la séptima vértebra cervical. Con una rehabilitación adecuada, podría haber movido los brazos y las manos, podría haber conducido un coche.


Por: Damián Muño | Fuente: fluvium.org



Eutanasia y Cine

 En 1941 Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, promovió la producción de una película que tuvo un gran impacto emocional en la población alemana: Ich Klage an (“Yo acuso”).Cuenta la historia de Hanna, una joven enferma de esclerosis múltiple que suplica a su marido Thomas –médico prestigioso de Munich– que acabe con su vida, pues no soporta la idea de verse degradada físicamente por la enfermedad: “Si me quieres de verdad, prométeme que me librarás de eso con anticipación”, le pide entre lágrimas. Algo más tarde, en una escena muy emotiva, Thomas echa un producto letal en el vaso de Hanna, y ambos se repiten una y otra vez que se quieren, mientras las notas de un piano llegan hasta el dormitorio. Poco antes de morir, ella le dice: “Me siento tan feliz, quisiera estar ya muerta”. En el proceso judicial posterior, Thomas acusa (“Yo acuso”) de intransigencia a los jueces y les grita: “¡Júzguenme!” Cualquiera que sea el resultado, su sentencia será una señal para todos aquellos que se encuentran en mi situación. Sí, yo confieso: maté a mi mujer, una enferma incurable, pero fue porque ella me lo pidió”. Al final, hasta Bernhard –amigo de Thomas y médico de su mujer– que le había recriminado su actitud inicialmente, acaba apoyándolo ante el tribunal.

El film formaba parte de la campaña pro-eutanasia nazi e iba dirigido a la población general y especialmente a los médicos, pues en bastantes de ellos no había calado todavía suficientemente la idea de que hay “vidas indignas de ser vividas”. La película tuvo un gran éxito. Los que la vieron quedaron profundamente impresionados y tuvo una gran influencia en el cambio de postura de muchos médicos que hasta aquel momento se habían opuesto a la eutanasia. Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el director de la película –Wolfang Liebeneier– reconoció abiertamente que “Yo acuso” se había realizado con la intención de preparar el terreno para la legalización oficial de la eutanasia. Desde luego, consiguió su propósito y todos conocemos las consecuencias.

Nadie duda de los recursos cinematográficos de Alejandro Amenabar, pero –en mi opinión– los ha puesto al servicio de un mensaje engañoso y peligroso. La película omite un dato fundamental: Ramón Sampedro sufrió una lesión medular a nivel de la séptima vértebra cervical. Con una rehabilitación adecuada, podría haber movido los brazos y las manos, podría haber conducido un coche...y, por supuesto, podría haberse suicidado sin ayuda de nadie. Pero él se negó a recibir esa rehabilitación y emprendió una batalla jurídica para que se le reconociera el supuesto derecho a que alguien le ayudara a suicidarse. Además, llegó a poner a los que le querían en la dramática y contradictoria tesitura de tener que demostrarle su cariño colaborando con su suicidio: “quien me ama es quien me ayuda a morir”, decía.

Algunas mentiras que Mar adentro presenta

En la película se presenta a Ramón Sampedro con un gran respeto hacia los tetrapléjicos que prefieren vivir. Pero de la lectura del libro que escribió (Cartas desde el infierno) parece deducirse lo contrario. Así los veía: “la escoria de la vida, las piltrafas”, “taras de cuerpos deformes”, “patéticas sillas de ruedas”, “carnes y mentes atrofiadas”; “piltrafas humanas”; “cerebros sin cuerpo”; “sólo somos de los vivos el espanto”. De este modo valora sus deseos de vivir: ”se dejan engañar o escuchan lo que quieren oír para espantar sus miedos... La mayoría tienen atrofiado el sentido de la autoestima, el pudor y la dignidad. La inmensa mayoría no quieren, ni les dejan, ver su propia realidad... Aceptar la silla –me refiero a un tetrapléjico– es aceptar la apariencia de persona cuando no se es más que una cabeza”. “Sobrevivir en circunstancias donde hay que buscar fuerzas de uno mismo es un síntoma de debilidad más que de fortaleza”. A un paralítico que le escribió intentando animarle, le respondió: “¡No hagamos de cabestros! Arrojemos la toalla para salvar nuestra dignidad antes de caer derribados como muñecos”.

No me extraña que tantas personas discapacitadas manifiesten su indignación con el mensaje –subliminal pero demoledor– de Mar adentro: se ensalza como a un héroe a un tetrapléjico que decidió poner fin a su vida, como si esa fuera la actitud más lógica y valiente para un lesionado medular. La realidad sin embargo es muy diferente: las personas discapacitadas están cansadas de repetir que lo que quieren no es que se les anime a quitarse la vida, sino que se les faciliten los medios para llevar una vida lo más normal posible. Siempre he pensado que los directores de cine tienen una enorme capacidad de influir en la sociedad, y también una enorme responsabilidad.





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