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El silencio de Eluana
Cuánto entrometimiento, sin límite ni consideración alguna, en la vida de la que nadie es dueño


Por: Cristina Brito de Palikian | Fuente: Catholic.net



El silencio de Eluana

Una mujer postrada; su existencia, anclada en un momento de su juventud en el que se detuvieron sus pensamientos, su sonrisa, su voz y sus manos, pero no su vida. Al parecer, el resto de sus congéneres no se lo podía perdonar. Nadie la consideraba una persona, solo alguien "en estado vegetativo" que vivía gracias a mecanismos de asistencia artificial. Nadie tampoco se preguntó si tenía dignidad o sentimientos; apenas se le concedió conservar su nombre de pila para poder identificarla cada vez que se seguía su historia en los medios. Después de todo, no se trataba de una vida humana: para la prensa era solo un titular; para los archivos un número de expediente; un "caso" tanto para médicos como para abogados.

Esa mujer (entiéndase ser humano, persona, hija de un padre y una madre, y dueña de un corazón que aún latía y un espíritu que no había abandonado su cuerpo) yacía en su cama de hospital mientras los legisladores debatían "su caso". Protestas, manifestaciones en contra y a favor, deliberaciones en el senado, opiniones de los jueces de turno, familia contra desconocidos, historia de dominio público, antecedentes parecidos para compararla, encuestas, un país entero que se divide, y quién sabe cuántas consecuencias más habrá desatado su infeliz destino desde aquella habitación.

Cuánto entrometimiento, sin límite ni consideración alguna, en la vida de la que nadie es dueño, pero de la que todos se sintieron con derecho a decir algo. Mientras tanto, ella, la durmiente y siempre joven Eluana, con su mente y voluntad ajenas a todo cuanto ocurría, no tuvo otra opción que prestarse a la manipulación de otras voluntades ávidas, no pudiendo impedir que otros decidieran el día y la hora en que terminaría, al mismo tiempo que su vida, el revuelo que ella sin saberlo ni quererlo había ocasionado, por el solo hecho de ser víctima de un desgraciado accidente.

A los "justicieros", esos que necesitaban demostrar quién ganaba la contienda, no les bastó con que Eluana entregara su juventud y sus sueños al vacío de la inmovilidad forzosa, de un lecho frío y silencioso donde, para los demás, ella solamente existía. No, ellos iban por más: no descansaron hasta que ella les entregó lo único que le quedaba: su cuerpo, y así la hicieron mártir. Pero éste, agonizante, no les pidió permiso para despojarse del alma que lo revestía. Esa alma tuvo la suficiente altura para retirarse de la escena antes que alguno de los que se disputaban la presa se pronunciase ganador. Cabría preguntarse quién de ellos podrá mirar al cielo estrellado, y respirar profundo con aire de satisfacción, sintiendo que triunfó.

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