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Eutanasia para un Papa
Juan Pablo II no pidió nunca la eutanasia sino que evitó el ensañamiento terapéutico


Por: Jorge Enrique Mújica | Fuente: Equipo Gama



Eutanasia para un Papa

La figura de los Papas siempre ha sido atrayente e impactante. En torno a ellos se han fraguado las historias más fantásticas y las tesis más absurdas; de los Papas se ha dicho lo indecible, las más de las veces, sin más bases que la suposición, la imaginación y el afán de suscitar intriga o -también los ha habido- con la intención de llenar la cuenta bancaria a costa de la fama y el buen nombre de los pontífices.
 
A finales de septiembre pasado la revista italiana MicroMega  publicó un artículo de la doctora Lina Pavanelli (MicroMega 5/2007, pag. 128-140), anestesióloga, profesora en la Universidad de Ferrara y activista política, titulado “La dulce muerte de Karol Wojtyla” en el que afirmaba que Juan Pablo II recibió de algún modo la eutanasia al aplicársele la sonda nasogástrica nutricional demasiado tarde (30 de marzo, tres días antes de morir). Las opiniones de la doctora Pavanelli fueron rápidamente reproducidas por numerosos diarios y canales de televisión en el mundo ofreciendo a todos una imagen tergiversada del Papa Magno.
 
Llama la atención que para hacer semejantes declaraciones la autora del artículo (ella misma lo acepta en su redacción) no haya tenido acceso al historial médico de Juan Pablo II y sus conclusiones las haya basado en recortes de periódico y algunas otras lecturas. Llama la atención que afirmaciones categóricas sobre sucesos que la doctora Pavanelli no presencio ni constató sean tomados como verídicos por muchos. Llama la atención que los médicos que atendieron a Juan Pablo II nieguen las afirmaciones de la revista  MicroMega (en total consonancia con las aclaraciones que al poco tiempo ofreció la sala de prensa de la Santa Sede) y pocos hagan eco de las palabras de aquellos que sí estuvieron con el Papa Wojtyla en sus últimos momentos de vida.
 
Podríamos dejar pasar de largo este caso pero es que en el fondo subyacen, al menos, tres reflexiones que no podemos dejar de considerar.
 
Primera: ¿Cuál es la verdad en todo esto? Juan Pablo II no pidió nunca la eutanasia (la eutanasia consiste en poner término, con una acción o una omisión de lo necesario, a la vida de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la muerte) sino que evitó el ensañamiento terapéutico (o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia  “renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares". Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte). Ciertamente en este asunto nada tuvo que ver el uso de la sonda que, dicho sea de paso, uso a su debido tiempo.
 
Segunda: Ha sido el cardenal Lozano Barragán, presidente del Pontificio Consejo para la salud, quien en declaraciones a Europa press afirmó que esta polémica no es más que una construcción para apoyar la agenda pro-eutanasia. De hecho, en las últimas dos semanas se ha reabierto el tema a nivel legislativo en España, Colombia y Argentina. Declaraciones aisladas a favor de la eutanasia por parte de políticos mexicanos e italianos tomando como pretexto la tesis de la doctora Pavanelli se han dejado sentir.
 
Una tercera consideración es la falta de confianza que se busca sembrar en el magisterio y en la figura ya no sólo de Juan Pablo II sino de la misma jerarquía eclesiástica. Es fácil de entender: acusar a Juan Pablo II de lo que se le acusa equivale a afirmar una incoherencia entre sus palabras y sus obras; y si el Papa no vive lo que piensa ¿por qué vivirlo los demás? O lo que es lo mismo: que no haya referencias para saber qué es bueno y qué es malo.
 
Una vez más nos ponemos de frente a un caso de adulteración de la información y de trato injusto de una figura del calibre como Juan Pablo II. No hace mucho la revista Times había tomado a Madre Teresa como “conejillo de Indias” con toda la desfachatez de quienes carecen de un rigor en la manera como se abordan las noticias, de une ética de la comunicación y una profesionalidad  y competencia al escribir sobre lo que escriben.
 
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