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El “azar” y las probabilidades de sobrevivir
El motivo que me llevó a escribir estas líneas no es sólo para relatar un episodio poco frecuente, de asumir riesgos de un procedimiento médico


Por: Dr. Eduardo Casanova. Médico internista de UCM. Doctor en bioética | Fuente: Dr. Eduardo Casanova



El "azar" y las probabilidades de sobrevivir

Era una tarde gris, cuando luego de hospitalizar a un enfermo, nuestra ambulancia volvía a su base. Nos encontrábamos atravesando la avenida que rodea el Palacio de las Leyes de mi país, cuando comprobamos que acababa de ocurrir un grave accidente de tránsito. El técnico de una empresa de servicios domiciliarios había colisionado el triciclo en que viajaba, y yacía en medio del pavimento. Presentaba lesiones evidentemente graves causadas por el traumatismo de cráneo, particularmente de cara, que hacían presumir que ya había fallecido.
Al acercarnos comprobamos que aún tenía pulso, pero su respiración era agónica y estertorosa, aspirando la sangre que manaba de la boca y fosas nasales. Los signos de sufrimiento cerebral eran tan intensos que no permitían albergar muchas expectativas de sobrevida, sin embargo la persona fallecería antes por asfixia, dado que su vía respiratoria se ocluía por la hemorragia que la inundaba. Por ello decidimos colocarle un tubo traqueal, que mantuviese su vía aérea aislada del sangrado proveniente del sector más alto.

Las maniobras de intubación se vieron dificultadas debido a una lesión traqueal que impedía que el tubo avanzase: la traquea se encontraba lesionada, distorsionada. Otros dos médicos, de otras ambulancias, que llegaron al lugar, comprobaron la misma dificultad, por lo que decidimos realizar una traqueostomía. Pero esta maniobra parecía excesivamente riesgosa dada la situación precaria que enfrentábamos, en medio de la vía pública, con un sangrado en curso, y sin los instrumentos adecuados. Para colmo, esas maniobras se realizarían en un paciente que aparentemente fallecería de todos modos, por la severidad de sus lesiones cerebrales. A pesar de ello se decidió poner los medios para evitar que el fallecimiento ocurriese en nuestra presencia, por una causa que podríamos intentar revertir.
La maniobra fue más dificultosa de lo previsto y debimos pedir que un equipo de otorrinolaringólogos estuviese presente y pronto para actuar, en el block quirúrgico del hospital al que nos dirigíamos. El enfermo llegaría en un estado de extrema precariedad e inestabilidad vital.

Días después de los sucesos relatados habíamos oído referir que el enfermo había fallecido, y pasados dos años no habíamos escuchado más información hasta hace unos días. Fue entonces cuando unos operarios de esa misma empresa, me refirieron que nunca había fallecido ninguno de sus compañeros tripulando un vehículo de trabajo. Recordaban el accidente que les mencioné, pero esa persona se había recuperado y vuelto a su trabajo, luego de varios meses de hospitalización en un CTI.
Me enteré más tarde que el accidentado había pasado por casa, con el propósito de darme las gracias. Luego me llamó por teléfono, y se presentó como “el resucitado”. Me dio una gran alegría escuchar su voz, que nunca había oído. No sólo había temido por su vida, sino por la posibilidad de causar un severo daño a sus cuerdas vocales. Pero la mayor alegría no fue sólo la de comprobar su sobrevida sin secuelas, sino que se sintiese agradecido a Dios en primer lugar. Tenía plena conciencia acerca de Quién había dirigido el “azar”, para que la ambulancia pasase por ese punto, en ese determinado momento, y Quién había inspirado se realizasen ciertas maniobras, que parecían excesivas e inapropiadas, dada la situación. Le hice notar que tampoco era ajeno a ese “azar”, que un equipo de otorrinolaringólogos le estuviese esperando, pronto para actuar, en el block quirúrgico.

El motivo que me llevó a escribir estas líneas no es sólo para relatar un episodio poco frecuente, de asumir riesgos de un procedimiento médico, en contra de todas las posibilidades de éxito, con resultado positivo. La intención de este relato tampoco se agota en justificar acciones en favor de la vida severamente agraviada, cuando las posibilidades son casi nulas a su favor. No se limita a evaluar la vida humana a través de una simple ecuación de costo-beneficio, sino a entender mejor la relación del azar, con el llamado enfermo terminal.
El actual abuso de la expresión “enfermo terminal”, que es usada para abstenerse de proporcionar medios vitales de asistencia (eutanasia pasiva), o bien para poner medios que deliberadamente adelantan el momento de la muerte (eutanasia activa), me obligaron a considerar este episodio como altamente esclarecedor.

Del mismo modo que el paciente involucrado, no consideré como meramente “azaroso”, que haya llegado a mi conocimiento esta información, cuando en diversos países se plantean leyes que facilitan el “adelantamiento de la muerte” por parte de los médicos, con pretextos de una mala entendida “calidad de vida”, atendiendo a las posibles secuelas.

Cuando mediante una equivocada filosofía se llega a confundir la mala praxis médica (por impericia o imprudencia o negligencia) con la eutanasia pasiva o indirecta, el “azar” me llevó a conocer el fin de la historia, dos años después. Ese final feliz me pareció oportuno para distinguir el llamado empecinamiento terapéutico (esgrimido por los defensores de la eutanasia) de la mala praxis. En este caso, la mala praxis habría sido eutanasia pasiva o indirecta al dejar morir a quien evidentemente debía ser asistido para seguir viviendo.

De hecho, en esta situación la eutanasia pasiva o indirecta podría haberse confundido con la mala praxis del ensañamiento terapéutico, dadas las “secuelas previsibles” que quedarían en el paciente, en el poco probable caso de que se salvase. Parece que varias circunstancias azarosas se hubiesen coordinado en esta historia para demostrar, con fuerza de evidencia, que la mala praxis médica se parece más a la eutanasia que al empecinamiento terapéutico, aunque se actúe con carencia de medios, en la mayor precariedad, y en contra todo pronóstico favorable.

 





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