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La anciana de la silla
Cuando el hombre tiene conciencia de que no se pertenece, de que su “dueño” son sus ideales, sus tareas, sus amores, sus proyectos y el deseo de lo mejor; la vida adquiere un valor inaudito, y no sólo la vida, también la muerte


Por: Dr. Gerardo González | Fuente: Dr. Gerardo González



La anciana de la silla

Hace unos meses nos informaba la prensa que una anciana había sido abandonada, sentada en una silla, junto a su maleta, enfrente de la casa de una de sus hijas. Quienes la habían dejado en semejante situación, también eran hijos. Hecho tan inaudito ni siquiera está contemplado en las leyes penales, al menos como tal.

La noticia, que no se me ha olvidado, me lleva a las siguientes reflexiones.Hoy el hombre de nuestro entorno, en gran medida vive centrado en sí mismo y, desde esa instalación establece toda una serie de relaciones en las que se constituye como el principal e incluso, a veces como el único protagonista, instrumentalizando a los demás, generalmente en beneficio propio. El proceso por el que se ha llegado a esta situación es largo y complejo, no es ajeno a los avances tecnológicos, a la consecución de nuevos derechos y nuevas libertades, al aumento de la riqueza y del poder económico y a la liberación de caducas ideologías y “trasnochados valores”. Es la época de la postmodernidad.

El hombre se siente ahora dueño de su cuerpo, de su sexo, de su vida, de su muerte. Ahora ya es señor.

Desde una perspectiva antropológica es fácil apreciar que el hombre de hoy se ha instalado en un inmanentismo antropocéntrico, identificando libertad con autonomía y reduciendo el núcleo de la condición personal –la realidad amorosa –en gran medida a “química”, a estados emocionales, a pulsiones eróticas, mejor dicho sexuales, a experiencias novedosas y cambiantes, a liberación de ataduras y compromisos y a horizontes plenos de “autenticidad y libertad”, y todo ello con la esperanza de una vida más plena y en definitiva más feliz.La pregunta que tenemos que realizarnos es si estas esperanzas, si estas expectativas son realidades logrables y lagradas.

Al mismo tiempo llama la atención que en el contexto del hombre al que nos estamos refiriendo se estén produciendo hechos, fenómenos y acontecimientos que hablan de dolor, de frustración, de conflictos y de muerte. Violencia, depresiones, suicidios, soledad, rupturas familiares, droga, nuevas adicciones, situaciones de injusticia, de marginación, de manipulación ideológica, de consumismo, de empobrecimiento cultural, de notable disminución de la creatividad, de desapego por la belleza etc. La zafiedad se ha elevado a la categoría de valor mediático y se ha prostituido la intimidad ¿Qué está ocurriendo? A mi entender se ha producido un hecho de notable trascendencia, yo le llamo el olvido del otro.El hombre no es un ser cerrado, está remitido a la apertura, a proyectos de realización personal, a valores, a tareas, y sobre todo a las personas, al mundo personal desde el que se siente reclamado –eso es la vocación- para ejercitando su libertad, vivir con ellas, por ellas y para ellas. En eso consiste la relación amorosa. Ésta se inicia en el si a esa llamada vocacional en la que consiste el vivir.

Se va logrando así un progresivo vaciamiento de sí mismo, manifestación de la identidad más plena. Esa apertura exige, reclama la libertad; su manifestación más auténtica es la donación y la consecuencia más insospechada, la progresiva libertad interior.Cuando el hombre tiene conciencia de que no se pertenece, de que su “dueño” son sus ideales, sus tareas, sus amores, sus proyectos y el deseo de lo mejor; la vida adquiere un valor inaudito, y no sólo la vida, también la muerte. Ya no se es señor de la vida y de la muerte, se ha pasado a ser señor del amor, y al mismo tiempo su gozoso esclavo. El hombre se ha descubierto en su condición de persona y lo que aún es más importante, ha elevado a cada hombre, a todo hombre a la misma categoría, a idéntica dignidad.





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