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¿Debe el católico oponerse al progreso científico?
La ciencia y la religión pueden y deben enriquecerse mutuamente


Por: Dr. Sergio Lievermann |



Los católicos debemos estar atentos a los logros científicos y no temerlos o rechazarlos ya que una ciencia realista puede dar al hombre hondas y asombrantes razones para creer.

Los progresos científicos llegan a afectar a la religión en cuanto a que pueden ayudar a profundizar, en cierto modo, en algún aspecto de la misma, mas no en cuanto a que puedan cambiar alguna verdad revelada o algún dogma de fe. Los dogmas y las verdades no cambian por más descubrimientos que haga la ciencia; son ciertos, innegables e invariables...

La ciencia y la religión son dos ámbitos distintos, pero complementarios, que pueden y deben enriquecerse mutuamente. Por eso es necesario un diálogo interdisciplinar que sea abierto, franco, sin prejuicios, que busque la comprensión recíproca.

El Papa Juan Pablo II se expresó de este modo al concluir los estudios sobre el famoso caso Galileo: «Los teólogos tienen el deber de mantenerse habitualmente informados acerca de las adquisiciones científicas para examinar, cuando el caso lo requiera, si es oportuno o no tomarlas en cuenta en su reflexión o realizar revisiones en su enseñanza» (Discurso del Santo Padre a la Pontificia Academia de las Ciencias, sábado 31 de octubre de 1992).

El progreso de la ciencia influye en la religión, en el mismo sentido en que la razón incide en la fe:

Puede incidir positivamente en cuanto que los progresos de la ciencia aportan datos que ayudan a entender mejor aspectos del ser religioso del hombre y de la religión como culto y práctica; en este sentido hacen crecer al hombre religioso despojándole de supersticiones o errores que se debían a su falta de cultura o cultivo de la inteligencia en los diferentes campos del saber.

Pero puede incidir negativamente si el hombre llega a pensar que sólo puede creer en lo que la ciencia afirma y demuestra. Esto sería una gran pérdida para el hombre, pues hay verdades que la ciencia no ha llegado aún a demostrar y que son indispensables para una vida realmente humana.

Todo científico, sea cual sea su disciplina particular, es un hombre que está buscando las causas de las maravillas que nos rodean en la grandeza y en la pequeñez del mundo. Por sus observaciones, deducciones, experimentaciones y teorías, el científico busca la respuesta a los principales interrogantes del hombre.

La ciencia está abriendo los ojos de toda la humanidad al milagro de nuestro mundo, dándonos explicaciones de cómo y por qué es que las cosas son como son. Pero la ciencia no ha podido dar una deducción de la causa última de las cosas.

Más que afectar a la religión, el progreso de la ciencia muestra y proclama al mundo la necesidad de una Causa última de la naturaleza en su fina realidad.

Así, nos dijo Alberto Einstein:
«Cada científico serio tiene que experimentar un sentimiento religioso, no siendo capaz de imaginar que las coherencias finas que descubre han sido pensadas por vez primera por él mismo. En este universo incomprensible se revela una razón infinitamente superior. La opinión corriente que pretende que sea yo ateo es errónea. Aquél que pretende encontrar esto en mis teorías científicas no las ha entendido».

Él quiere saber el porqué de todas las cosas. Este anhelo de conocimiento que lleva el hombre al análisis de la naturaleza y de sí mismo, lo lleva al reconocimiento de la belleza, del poder y de la sabiduría de Dios que las ha hecho. Como Dios se revela por su creación, entre más conocemos lo creado, más conoceremos al Creador.

Los científicos del futuro están llamados a la fe, con sus investigaciones nos ofrecen un progresivo conocimiento del universo en su conjunto, en la variedad increíblemente rica de su elementos animados e inanimados, con sus complejas y al mismo tiempo ordenadas estructuras atómicas y moleculares.

Esta búsqueda de la verdad, llevada adelante entre las maravillas de la creación no se agota nunca en el dato sensible, sino que lleva obligatoriamente a remitir a algo que abre el acceso al Misterio.

Para Profundizar:
Catecismo de la Iglesia Católica: # 31-36, 39-43, 48, 49

Fotografía: © 2000-www.arttoday.com

 





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