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¿Bajar las Armas?
Nadie puede retirarse sin renunciar a su condición de bautizado, es decir, sin apostatar


Por: Marcelo González | Fuente: panoramacatolicointernacional.com



Cuenta la leyenda ?no sabemos si será verdad o no- que cuando el embajador de España ante la Santa Sede se vió por vez primera con el nuevo Papa, que acababa de ser elegido, Pío XII le dijo con sentida humildad cuanto lamentaba la actitud vacilante que su predecesor, Pío XI, había tenido a la hora de apoyar a los católicos durante la guerra civil española. La leyenda cuenta también que el diplomático español se encolerizó y extralimitándose en los modos propios del protocolo y debidos a la investidura papal le respondió:

-¡No le permito! El Papa nunca se equivoca.

El bueno del embajador acababa de hacer el ridículo con su confusa noción de la obediencia a un pontífice, enfrentando y quizás afrentando a otro pontífice. Seguramente el Papa Pacelli, romano, noble y él mismo diplomático, habrá sonreído con benevolencia.

El tema español no fue el único desacierto de gobierno que el predecesor de Pío XII llevó a cabo con descaminado empeño, conduciendo a la ruina a florecientes movimientos católicos. La condena de Maurras, terrible herida que la Iglesia se autoinflingió, empujando a muchas cabezas brillantes hacia un camino que desembocaría en el Vaticano II; el pacto con el gobierno de México, justo cuando los Cristeros llevaban las de ganar. Su llamado a deponer la armas, terminó en masacre de católicos y la imposición de una tiranía opresiva y sangrienta sobre la Iglesia mexicana que se perpetúa hasta nuestros días, aunque con un poder más menguado. En fin, su visión de la política internacional era francamente poco feliz. El daño que dichas medidas causaron a la Iglesia Católica universal, a millones de católicos, todavía se puede comprobar.

¿Qué motivos tuvo Pío XI para hacer lo que hizo? Incluso en algunos casos contra el consejo de su Secretario de Estado, el Card. Pacelli, luego Pío XII, a quien estimaba como a un hijo? ¿Obstinación, prejuicios, engaños (los hubo en el caso de la Action Française) antipatías personales, simpatías ideológicas? En el orden prudencial el Pontífice tiene las gracias de estado, pero no una asistencia extraordinaria: puede equivocarse. Y hasta puede deliberadamente hacer cosas que van contra la doctrina.

Frente a estas debilidades que, si afectan al Papa también pueden afectar al resto de la Jerarquía, Dios ha provisto a la Iglesia de medios para evitar que la grey se disperse definitivamente cuando la confusión o la pasión han herido al pastor. Hay una cierta "redundancia", para decirlo en términos militares. Otros pastores, tanto en la actualidad como en el tiempo, vigilan y señalan los peligros. El sentido de la Fe da un alerta temprana sobre doctrinas poco claras, o acciones descaminadas. O inacciones culpables.

La Tradición, ese tesoro que pasa de generación en generación, de boca a oído, aunque atesorada actualmente por pocos, nada ha menguado en su perfección y plenitud. La doctrina, que es hoy otro bien arduo, porque pocos saben donde buscarla formulada con claridad y sin desgarramientos.

Y el más arduo de todos: la liturgia y los sacramentos, la Misa... ¡que poco ha quedado de ella!

También ha suscitado Dios medios extraordinarios en tiempos extraordinarios: San Atanasio, Santa Catalina de Siena. A veces medios humanos insospechados: Felipe el Largo, rey de Francia encierra a los cardenales en un convento en Avignon, tapiando las puertas de la Iglesia durane una ceremonia fúnebre por la muerte de su hermano, predecesor en el trono. Y los amenaza con reducirlos por el hambre si en un mes no han elegido papa. Luego ordenaría quitar el techo de la Iglesia para que además de la dieta (esos engolfados cardenales no soportaban demasiado el ayuno... ni la abstinencia, penoso es decirlo) sufrieran las inclemencias del tiempo. Despues de casi tres años que peleas, eligen a Juan XXII que se finge moribuno y luego reina durante 18 años... sosteniendo tesis heréticas... de las que se retracta in articulo mortis. Y Carlos V, el Emperador, reuniendo a los obispos para que se pudiera dar comienzo a la Contrarreforma de Trento. Tubo de amenazarlos con su deposición para que los prelados se decidieran a asistir al Concilio.

Pero ya puede Alejandro VI practicar la simonía y quebrar sus votos. Ya puede Juan XXII negar la existencia del cielo y del infierno antes del Juicio Final. O sus sucesores de Avignon tolerar (y practicar) toda suerte de vicios, costumbres nefandas y hasta hechicerías... Basta con esto. No hemos de hacer un catálogo de los males que la Iglesia ha sufrido sino tan solo aludir a algunos de ellos para reforzar nuestra esperanza. Esto ya ocurrió. La Iglesia se renueva y echa al mundo una miríada de santos que reparan el daño y le dan más gloria y más almas.

Parece que la historia se solaza en repetirse. Hoy vemos tantos de esos males agravados y generalizados... Sin imbargo, una novedad nos sorprende. Esta misma que nos anticipa el Papa San Gregorio Magno en sus Comentarios al Libro de Job, en quien prefigura la pasión de la Iglesia:"Se retirará [a la Iglesia] el poder de los milagros, será quitada la gracia de las curaciones, desaparecerá la profecía, disminuirá el don de una larga abstinencia, se callarán las enseñanzas de la doctrina, cesarán los prodigios milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada de todo eso; pero todas estas señales ya no brillarán abiertamente y de mil maneras, como en las primeras edades. Será incluso la ocasión propicia para realizar un maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de la IgIesia crecerá la recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con miras a los bienes celestiales; Por lo que a los malvados se refiere, no viendo en ella ningún atractivo temporal, no tendrán ya nada que disimular, y se mostrarán tal como son".

Mas, como dice el P. Emmanuel en su ensayo sobre la Iglesia en los Últimos Tiempos, "Hoy esta apostasía tiende a consumarse. Toma el nombre de Revolución, que es la insurrección del hombre contra Dios y su Cristo. Tiene por fórmula el laicismo, que es la eliminación de Dios y de su Cristo. Así vemos a las sociedades secretas , investidas del poder público, encarnizarse en descristianizar Francia, (hoy es ya todo el mundo) quitándole uno por uno todos los elementos sobrenaturales de que la habían impregnado quince siglos de fe. Estos sectarios sólo persiguen un fin: sellar la apostasía definitiva, y preparar el camino al hombre del pecado.

"Los cristianos deben reaccionar, con todas las energías de que disponen, contra esta obra abominable; y para eso han de hacer entrar a Jesucristo en la vida privada y pública, en las costumbres y en las leyes, en la educación y en la instrucción. Por desgracia, hace ya tiempo que en todo eso Jesucristo no es lo que debería ser, a saber todo. Hace ya tiempo que reina una semi-apostasía. ¿Cómo, por ejemplo, después de que la instrucción ha sido paganizada, habríamos podido formar otra cosa que semi-cristianos? Al trabajar en el sentido directamente opuesto a la Francmasonería, los cristianos retrasaran el advenimiento del hombre del pecado; facilitarán a la Iglesia la paz y la independencia de que tiene necesidad, para captar y convertir al mundo que se abre ante Ella.

"Ahí se concentra toda la lucha de la hora presente: ¿dejaremos, sí o no, nosotros los bautizados, que se consume la apostasía que en un breve lapso de tiempo ha de permitir la manifestación del Anticristo?"

No es pues, el momento de bajar las armas. Sí el de reagruparse, el de apoyarse unos a otros como hermanos, el de no dejarse confundir por los enemigos, internos o externos. Ni dispersar por los golpes de los que usan el báculo de pastores para apalear a las ovejas más fieles mientras confraternizan con los lobos con tal naturalidad que más parecen ellos mismos lobos disfrazados de pastores que no ya pastores.

No es el momento de bajar las armas. Ese momento será el día en que Jesucristo vuelva a la Tierra en gloria y majestad. No antes. Hasta entonces la Iglesia de este mundo será militante, tendrá armas en las manos y las usará para dar la batalla. Quien de a pie, quien de a caballo, nadie puede retirarse sin renunciar a su condición de bautizado, es decir, sin apostatar.

Cada quien aferrará más fuertemente su arma predilecta, aquella que mejor esgrime: la oración, la mortificación, el desagravio, el ayuno, la prédica, la confesión de la Fe, la recriminación a los malos católicos, en privado y en público según el modo de sus faltas; la súplica por los pecadores... Pero todos hemos de usarlas todas, de un modo u otro.

Y poner la otra mejilla, sí, sublime gesto de mansedumbre, como respuesta al agravio personal. Nunca a la profanación de las cosas santas.
 





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