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Tipo de cambio
El primer reto del cristiano, su primera gran decisión, es permitir que Dios le cambie


Por: Arturo Guerra | Fuente: Catholic.net



Tomas de Bastillas, ciudades sitiadas, cercos a edificios emblemáticos, parlamentos allanados, gobernantes derrocados, insurrecciones militares, guillotinas afiladas... Es la revolución. Un cambio de estructuras. Intento de subvertirlas. Exigir por la vía de la violencia los propios derechos conculcados. Forzar al otro a cambiar. Hacer a un lado a quien detentaba el poder. Aniquilar al diferente. Irrumpir bruscamente en la historia. Todo, supuestamente, por una causa noble.

Son las revoluciones. En una de ellas se inventó, para acabar con el otro, aquel método "más civilizado" que la decapitación a espada pelada: la guillotina. Por ella desfiló primero el enemigo directo, después el compañero de bando por haber sostenido pequeñas desavenencias, y de paso el mismísimo ingeniero que inventó tan humanitario instrumento, para que pudiese experimentarlo en cabeza propia.

Todas las revoluciones poseen un denominador común: se exige, se fuerza, se obliga... el cambio del otro. Nuestros niños en la escuela deben recitar de memoria las largas listas de revolucionarios y venerarlos como héroes salvadores...

Pero, en una revolución, quiérase o no, en el fondo, en su sustancia, casi siempre, hay odio, hay violencia, hay atrocidad... Hay pasión humana en sus más viles manifestaciones, hay ensañamiento... Hay sangre a borbotones. Porque la sangre se hace termómetro de la victoria. Gana quien más litros de plasma le extrae al contrario.

Y siempre queda la ruina, el rencor, la desilusión, y la duda de si aquello valió la pena, de si lo que pudo conseguirse compensa tanta barbaridad.

Revolución... palabra peligrosa, usada a la conveniencia de cada quien y al gusto del consumidor. El historiador oficial debe ensalzar su romanticismo, su ideología poetizada, su veneno meloso.

En plenos años de efervescencia marxista, cuando su análisis atraía a muchos, se afirmaba con espesos tintes poéticos que Jesucristo había sido el primer revolucionario. ¡Cuánto querían encerrar aquellas palabras! Jesucristo, al final, no era más que el primer comunista, que no toleraba la propiedad privada y que luchaba por subvertir un sistema injusto e imperialista; que lo único que le faltó fue tiempo al acabar prematuramente colgado de una cruz... Revolución, palabra peligrosa... No. Que no sea achatado el cristianismo. Que no sea desnaturalizado. Que no sea terrenizado... Pobre cristiano si por quien da su vida no es más que un revolucionario comunista fracasado.

Cuando Juan Pablo II visitaba Cuba, uno de los viajes pontificios más seguidos por los medios de comunicación, aparecía en un diario una caricatura donde Fidel Castro y el pontífice se encontraban. Dialogaban entre sí casi simultáneamente. Tanto la pregunta del Papa a Fidel como la de Fidel al Papa era: "¿Qué tal va su revolución?"

Aceptemos por unos instantes llamar revolución al cristianismo. Quitémosle a la palabra todos sus accidentes y expresiones históricas y quedémonos con su significado académico: vuelta, cambio, giro. De acuerdo, el cristianismo, así, puede considerarse "revolución". Da vuelta a las cosas, cambia, hace la historia girar y cambiar de dirección. De acuerdo.

Pero veamos en qué consiste esa "revolución". Un pagano, al abrazar el cristianismo, renuncia a su egoísmo. Un cristiano comienza a trabajar en la virtud ayudado del auxilio divino. El cristiano comienza a ver las cosas de otra manera, a las personas, a las estructuras... El cristiano se aventura en el terreno misterioso de la donación, de la entrega, del poner amor donde hay odio, perdón donde hay rencor, consuelo donde hay lágrimas, amor donde hay desamor, comprensión donde hay incomprensión, fe donde hay desesperanza... Instrumento de la paz de Dios.

Eso es el cristianismo. Y cuando algunos cristianos no hemos procedido así es porque nos estábamos alejando del cristianismo.

Las revoluciones recurren a la violencia para obligar que el otro cambie o desaparezca.

En el cristianismo el cristiano entrega un corazón de piedra y recibe a cambio un corazón de carne.

Las revoluciones bruscamente constriñen al enemigo a cambiar.

En el cristianismo, el primer reto del cristiano, su primera gran decisión, es permitir que Dios le cambie.

El cristiano cambia el mundo cambiándose a sí mismo.

Es, realmente, otro tipo de cambio.







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Imagen: http://www.cem.itesm.mx







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