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P. Sabás Reyes Salazar
Culminó su terrible martirio —uno de los más crueles que se conocen entre los mártires mexicanos— en 1927. Manifestó dotes naturales de bondad, de apertura de alma y de capacidad de sacrificio


Por: Luis Alfonso Orozco | Fuente: libro "Madera de Héroes"



Como en la pasión de Cristo
El Padre Sabás Reyes culminó su terrible martirio —uno de los más crueles que se conocen entre los mártires mexicanos— en el cementerio de Tototlán, Jalisco, el 13 de abril de 1927. Tenía 44 años de edad y llevaba 16 de sacerdote. Había nacido el 5 de diciembre de 1883 en Cocula, Jalisco, en el seno de una familia sencilla, humilde y cristiana. Sus cristianos padres fueron Norberto Reyes y Francisca Salazar, quienes educaron a sus hijos en la fe, en el trabajo y en el santo temor a Dios. Al ir creciendo, desde tierna edad, Sabás manifestó unos dotes naturales de bondad, de apertura de alma y de capacidad de sacrificio que le hacían ser respetuoso con todos, muy trabajador y cumplido con sus deberes.

El sacerdote es otro Cristo
Desde muy chico, a Sabás le atrajo la figura del sacerdote, debido en buena parte al buen ejemplo de su párroco en Cocula y también al respeto por el sacerdote, que le infundió su mamá, como bien hace toda buena madre católica.
“Mira, hijo, el Sr. Cura es un representante de Cris¬to en la tierra, como todo sacerdote. ¡Ve y bésale la mano!”
El ambiente cristiano de su familia y de su pueblo fue como el cultivo natural donde germinó su vocación sacerdotal. De jovencito tuvo que dedicarse a vender periódicos para ayudar en el sostén de su familia, pues pasaba por una situación económica muy dura, donde las diversiones o pasatiempos les eran desconocidos: sólo trabajo constante y un contentarse con tener lo indispensable para vestir y un pedazo de pan o unas pocas tortillas con frijoles para llevarse a la boca.

Cuando tuvo la edad suficiente para ir al seminario, con el permiso de sus cristianos padres, obtuvo entonces la ayuda de un alma caritativa para entrar en el Seminario de Guadalajara, donde desde un inicio se destacó como alumno humilde y fervoroso. Los estudios le costaban, pero él los iba superando con esfuerzo por el gran amor que nutría su vocación sacerdotal. Sabás tenía muy claro que el ideal del sacerdocio es el más alto que puede existir sobre la tierra y que por él valen la pena todos los sacrificios.
- Sabás, ¡ven a jugar con nosotros! Nos falta uno para completar el equipo esta tarde.
- ¡Gracias, pero hoy no puedo! Tengo que estudiar porque voy un poco atrasado en algunas materias. Otro día será.
- Bueno, allá tú. ¡Tú te lo pierdes!

Vicario en Tototlán
Pasó luego a la diócesis de Tamaulipas para completar su formación en el seminario, y allí fue ordenado sacerdote a finales de 1911. Pero a causa de la persecución religiosa, que ya se empezaba a desatar, como una negra tormenta de rayos y relámpagos que se cernía sobre todo el territorio nacional, el P. Sabás tuvo que volver a su diócesis de Guadalajara, donde tuvo varios encargos ministeriales hasta que lo enviaron a la parroquia de Tototlán, localizada en la zona de Los Altos para fungir como capellán a partir de agosto de 1912. Le tocó vivir su sacerdocio en uno de los lugares don¬de más arreciaba la persecución.
En aquella parroquia de Los Altos, desde el inicio se hizo querer mucho por los feligreses, gracias a su humildad, su apacibilidad y su celo en el desempeño de su ministerio sacerdotal. El P. Sabás no tenía acepción de personas. Fue también notable la obediencia y veneración hacia su párroco, hasta la abnegación. Todo un ejemplo de vida sacerdotal.
La Revolución mexicana estaba en su apogeo y al poco tiempo comenzó también la persecución abierta contra la Iglesia y sus ministros, sin excluir al pueblo fiel. Las amenazas y los atropellos contra la gente indefensa eran cada vez más frecuentes por parte de las bandas de revolucionarios que infestaban los pueblos y caminos.

Después del alzamiento cristero de 1926, que cobró una fuerza especial en la zona de Los Altos, el párroco de Tototlán, Sr. Cura Francisco Vizcarra, se vio varias veces amenazado y se retiró de la población debido a las circunstancias difíciles. Quedó encargado de ella el P. Sabás, que tenía que vivir en continua zozobra escondiéndose en casa de alguno de los vecinos de más confianza.

- ¡Padre Sabás, escóndase usted también! ¿No ve que por ahí andan los guachos y ya han maltratado muchos sacerdotes?
- No puedo hacer eso, doña Lupe. Mis superiores me mandaron aquí y el Sr. Cura me encomendó la atención de la parroquia mientras él está ausente. Por eso aquí permaneceré con ustedes y que se haga la santa voluntad de Dios. Yo estoy dispuesto a aceptar de buena gana el martirio, si Dios me lo envía. Nada temo.
La persecución contra los sacerdotes, contra los simples fieles católicos y contra los pacíficos arreciaba. Había oficiales del ejército que buscaban expresamente a los sacerdotes en los pueblos para matarlos, con la mentira de que eran los instigadores del movimiento popular cristero en defensa de la fe. Esta falsa acusación la difundió mucho el gobierno de entonces y así se engañó a mucha gente haciéndoles creer que la Cristiada había sido provocada por los obispos y sacerdotes. Una fácil excusa para encubrir sus crímenes y su odio contra la Iglesia católica.

En enero de 1927 llegaron a Tototlán las tropas del gobierno disparando, vociferando y exigiendo dinero y comida de los buenos vecinos. Ocuparon la casa parroquial; al templo lo convirtieron en caballeriza, sacaron las imágenes sagradas al atrio para “practicar el tiro al blanco” y asesi¬naron a once inocentes vecinos, acusándolos de cristeros o colaboradores de los mismos. Era la excusa para sus atropellos sin nombre.
Por desgracia, era cosa común en aquellos tiempos funestos de la persecución religiosa, sobre todo para los pacíficos vecinos de los pueblos y aldeas de Los Altos de Jalisco,como también de otras regiones de México, ver cómo entraban las tropas de soldados callistas y de agraristas, enemigos de los cristeros, gritando como demonios, saqueando los humildes negocios, robando a las gentes sus gallinas o puerquitos o cuanto animal comestible encontraban. No contentos con eso, se dedicaban también a destrozar los portales de la plaza e invariablemente culminaban sus salvajadas dirigiéndose al templo o parroquia local para hacer destrozos y quemarlos.

El P. Joaquín Cardoso s.j., en su magnífico libro Los mártires mexicanos, narra un episodio similar al acontecido en Tototlán:
Un día, día funesto y de tristísimos recuerdos para los vecinos de San Julián, Jalisco, pudieron ver a los solda-dos del gobierno de Calles, entrar en la aldea y saquear la iglesita, sin que ellos pudieran impedirlo. Aquellos hombres no se contentaron con robar cuanto creían de valor en el templo, sino que uniendo a sus robos sacrílegos el escarnio y la mofa a las cosas sagradas, con los pobres ornamentos sacerdotales de la iglesia, hicieron gualdrapas y sudaderos para sus caballos.

Poco después, las tropas de soldados y agraristas, o mejor habría que llamarlas hordas de salvajes y matones, se fueron de Tototlán y el P. Sabás pudo limpiar con la ayuda de los vecinos la casa parroquial; arreglaron entre todos la iglesia y fue reconsagrada. No duró mucho la paz en el pueblo, porque a los pocos días volvieron las tropas y la profanaron de nuevo. La gente se indignó justamente ante tamaños abusos y quisieron rebelarse e incendiar el Municipio, pero el P. Sabás lo impidió:
- Hermanos, ¡el mal no se arregla haciendo otros males! Súfranlo con paciencia y ofrézcanselo a Dios en reparación por los pecados y por la salvación de nuestra Patria. Vamos redoblando nuestras súplicas y oraciones al Señor.—

Poco después volvieron las tropas de soldados, buscando nuevamente al fiel sacerdote. Al no encontrarlo, incendia¬ron la iglesia y se fueron. El P. Sabás, con algunos vecinos, intentó apagar el incendio exhortando a la gente a la oración. La gente le decía que se fuese, que lo iban a detener, a lo que él contestaba:
- Tengan fe. ¿No son cristianos? A mí aquí me han mandado con ustedes y no está bien que me vaya...

¿Dónde está el cura?

El 11 de abril de 1927, Lunes Santo, volvieron nuevamen¬te al pueblo mártir las tropas federales entrando a galope, disparando sus fusiles, gritando como una jauría de perros y con ganas de atemorizar y mortificar más todavía a la buena gente. El sacerdote quiso esconderse y esta vez lo tuvo que hacer deprisa en la primera casa que le ofreció refugio, pro¬piedad de la señora María Ontiveros. El P. Sabás iba junto con un joven y dos niños que le acompañaban, porque re¬gresaba de celebrar un bautismo.

- ¡Rápido, vamos a ocultarnos! No quiero que los vean a ustedes en mi compañía, porque esos hombres sin ley son capaces de todo.
- ¡Padre, por aquí! Entren en esta que es también su casa.
- Gracias, señora María. ¡Dios se lo pague!
Mientras afuera los salvajes disparaban y blasfemaban para mortificar a los buenos vecinos, que en su mayoría eran mujeres, niños y ancianos (los hombres se habían enlistado con los valientes cristeros para luchar por la libertad religiosa) el Padre pasó el día en oración y no quiso comer durante todo ese Lunes Santo. La Semana Santa, la gran Semana de la Pasión de Cristo también había comenzado para él.
Los soldados allanaron la casa del cura en su busca y detuvieron a todas las personas que allí se encontraban. La sirvienta de la casa, amedrentada y asustada por las amenazas que le hicieron, finalmente dijo dónde estaba escondido el Padre Sabás. Se dirigieron al domicilio señalado y enseguida lo buscaron en la casa que le servía de refugio. Se escucharon cascos de los caballos en el empedrado y el correr de botas militares hacia una concreta dirección.
- ¡Abran! gritaron desde la calle mientras golpeaban la puerta con sus culatas de fusil. ¿Dónde está el fraile? ¡Sabemos que está escondido aquí! ¡Abran o disparamos!
Antes de que derribaran la puerta a golpes y viendo la angustia de la pobre señora Ontiveros y de todos los mora¬dores de la casa, el P. Sabás se adelantó y con toda serenidad les dijo:
- Aquí estoy, ¿qué se les ofrece?
Por toda respuesta los soldados lo rodearon, le rasgaron la sotana y lo dejaron semidesnudo; le ataron fuertemente de los brazos con cuerdas y a empellones lo condujeron has¬ta el pórtico de la iglesia parroquial. El Padre les interpeló:
- Bueno, ¿y yo qué debo? ¿Qué mal hice? ¿Por qué me amarran?
El Capitán contestó:
- Con nosotros no se arregla nada, allá con el General.

Yo obedezco a Cristo Rey
Era el general gobiernista Juan B. Izaguirre, uno de los más sanguinarios perseguidores de católicos en aquel entonces. Izaguirre había sufrido varias derrotas de manos de los cris¬teros del general Jesús Degollado y buscaba vengarse. En el pueblo de Ejutla, al sur de Jalisco, había mandado ahorcar de un árbol de mango en la plaza al párroco, Don Rodrigo Aguilar, que también ya ha sido canonizado, y por eso le interesaba hacer lo mismo al párroco Francisco Vizcarra, cura de Tototlán. Al tomar preso al P. Sabás, quiso que le informara de inmediato sobre el paradero de su párroco. Atado fuertemente, llevaron al P. Sabás a la iglesia parroquial, convertida en cárcel, y lo amarraron a una columna, comenzando el cruel interrogatorio lleno de amenazas.
- A usted lo quería agarrar, padrecito. Ahora mismo me va a decir dónde está escondido el cura Vizcarra, porque ya veo que se fue a esconder como una vieja asustada.
- ¡No lo sé, pero aunque lo supiera no le diría absoluta¬mente nada! Conmigo puede hacer lo que considere oportuno, porque no estoy dispuesto a doblegarme a sus impías leyes ni a órdenes injustas. Yo sólo obedezco a Cristo Rey.
- ¡Eso ya lo veremos! ¡Muchachos, este fraile está en sus manos! ¡Denle duro!

Como en la pasión de cristo
Y comenzaron a torturar bárbaramente al buen sacerdote. Con la punta de las bayonetas le causaron diversas heridas en el cuerpo, mientras el capitancillo que lo había apresado lo picaba con su espada en las piernas, en el costado y cerca de las axilas, puesto que el Padre tenía los brazos estirados atado como estaba a la columna.
- ¡No diré nada! Les perdono el mal que me hacen por¬que soy sacerdote y porque sé que es el Dios vivo quien ha de juzgarles... ¡Viva Cristo Rey!
Era el Martes Santo. Las fuertes ligaduras le amorataban la piel de brazos, pies y manos, y su cuerpo semidesnudo había sangrado profusamente por las heridas de espada y de las bayonetas. El polvo y las moscas se posaban sobre sus heridas y la sangre coagulada sin que pudiera evitarlo. Abrasado a causa de la sed y de la fiebre, se quejaba lastimeramente, pero sin renegar. Pidió agua y no se la quisieron dar. Con el nuevo día llegó otro piquete de soldados para suplir al anterior, y con nuevos bríos, pero con peor corazón, reanudaron los tormentos contra el santo sacerdote: golpes y más piquetes en su cuerpo con las bayonetas para reabrir las heridas que sangraban nuvamente. El Padre oraba y gemía en voz baja, pero en ningún momento cedió al martirio para delatar a su señor párroco.

Finalmente, algún soldado de corazón más humano tuvo un gesto de compasión y le ofreció agua, pero no podía tra¬garla dado que le habían atado fuertemente el cuello con una soga. Con él habían detenido a un muchacho que le acompañaban, José. El Padre pedía que lo librasen. Luego le animó a vivir aquel momento con fe en Dios. Al poco tiempo lo dejaron libre. Los soldados continuaban sus insultos y sus burlas contra el sacerdote indefenso.

-¡Por favor, suelten a este pobre muchacho! Es inocente de todo. Ya me tienen a mí, que es lo que querían.
Mientras, muchos vecinos del pueblo aterrados se agol¬paban en las orillas de la plaza de donde no les permitían pasar los soldados, ni para llevarle el más mínimo socorro. Muchos fueron a pedir su libertad y todos fueron despedidos con malas palabras y maltratos. Todos oraban y lloraban, las mujeres y ancianos se arrodillaban, con los brazos en cruz, afuera del templo para orar por el P. Sabás y sostenerle así en su terrible suplicio.
Durante la noche, el general que mandaba las tropas lo hizo conducir a su presencia; lo colocaron en medio de un círculo de soldados donde era interrogado. Atado con una soga al cuello tiraban de él, y el sacerdote caía al suelo entre las carcajadas de la bárbara soldadesca. Querían que delatase el escondite del párroco, mas no lo lograron. Los malos tratos, los golpes, los insultos se prolongaron durante largos minutos y por fin lo dejaron atado a unas columnas toda la noche. Antes de dejarlo, allí, Izaguirre comentó entre burlas a sus soldados:
-Hoy no hay que cenar aquí. El fraile no quiso entregar al Cura, entonces ¡cenaremos birria de este fraile!

Las manos quemadas
Ni tardos ni perezosos, unos soldados de mal corazón acercaron palos y papeles con los que encendieron fuego a los pies desnudos del sacerdote mártir, y también le acercaban la lumbre a su cara. Le untaron los pies con gasolina para facilitar su combustión y que se tostara su piel. El fuerte olor de carne quemada se difundió por el ámbito de la plaza. Algunas de las mujeres que oraban de rodillas y que con¬templaron aquella nueva bárbara hazaña de los verdugos, se desmayaron.
- Ya ves, fraile, tú tienes la culpa por hacerte el muy valiente. Nomás necesitabas decir dónde anda escondido el Cura y quedabas libre.
- ¡Dios mío, te lo ofrezco todo! ¡Virgen Santísima, ayú¬dame y dame fuerzas! ¡Viva Cristo Rey! fue la respuesta del heroico P. Sabás.
El sacerdote rezaba también: “Señor de la Salud, Madre mía de Guadalupe, Animas benditas, ¡dadme algún descanso!” Un soldado, golpeándole le cogió por las manos y se las metió entre las brasas, entre sarcasmos, mientras blasfemaban y se mofaban de él. Un verdugo le acercó fuego a las manos:
- Tú que dices que baja Dios a tus manos, ¡que baje ahora a librarte de las mías!
Todo eso lo hacían los soldados entre blasfemias y risotadas. Durante la noche, el sacerdote se lamentaba fuerte¬mente, pero sin impacientarse o renegar. El terror cundía entre aquel pueblo martirizado, viendo cómo también sufría lo indecible su pastor. La gente iba llorando delante de los brutales soldados y ofrecía de todo: dinero, lágrimas y súplicas para liberarlo, pero las peticiones y ofrecimientos causaban el efecto de endurecer más a aquellos desalmados, que actuaban cada vez con mayor crueldad. Así llegó el Miércoles Santo, 13 de abril de 1927.

Su Pasión en Miércoles Santo
Al Padre Sabás lo sacaron del lugar de su tormento y, desfallecido como estaba, con los pies quemados y ya deformes por las ampollas, finalmente lo llevaron arrastrando al ce¬menterio donde culminó su martirio acribillado a balazos. Eran las 9 de la noche del Miércoles Santo, 13 de abril de 1927. Dios dispuso que su fiel y dignísimo discípulo, el Padre Sabás, adelantara en dos días su Pasión de esa Semana Santa uniendo de esta manera su sangre a la de Cristo por la salvación del mundo.

El Padre Sabás Reyes caía asesinado por su fidelidad inquebrantable a Cristo, y por el único “delito” de ser sacerdote; por no delatar el paradero del Sr. Cura Vizcarra. Había muerto por fidelidad a Cristo y a su Iglesia.
Uno de sus ejecutores materiales de aquel bárbaro martirio confesaría después:
- Me pesa mucho haber matado a ese Padre; murió injustamente. Le habíamos dado ya tres o cuatro balazos y todavía se levantó y gritó ¡Viva Cristo Rey!

Mártires de Cristo Rey
Un señor del pueblo, llamado Aurelio de la Torre, también fue detenido y fusilado arbitrariamente, sin ningún juicio, por haber escondido en su casa anteriormente a otro sacerdote, el P. J. Dolores Guzmán. Ciertamente se había escondido en su casa, pero no lo delató, y por eso fusilaron al valiente cristiano. Los enterraron en la misma fosa del ce¬menterio de Tototlán, al sacerdote mártir y al Sr. Aurelio de la Torre, el seglar mártir de Cristo, fusilado por el “crimen” de haber escondido a un sacerdote. El pueblo los consideró inmediatamente mártires de la fe. Hoy sus restos descansan en el templo parroquial de Tototlán, Jalisco.
El P. Sabás Reyes Salazar, mártir de Cristo Rey, dignísimo sacerdote modelo de su grey, grande hijo de la Patria mexicana, la cual se honra con la memoria de sus próceres mártires, fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, en Roma, el 21 de mayo de 2000, junto con otros 24 compañeros mártires mexicanos.


Este artículo es parte del libro "Madera de Héroes" Semblanza de algunos
héroes mexicanos de nuestro tiempo, de Luis Alfonso Orozco.
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