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¡Qué bien se está aquí!
Jesucristo

El Padre nos enseña el camino para llegar a esa experiencia: Este es mi Hijo Amado: escuchadle.


Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net



Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

Se los llevó aparte. Cuando Cristo desea revelarse a un alma, no la invita con el montón. No, Jesús no llama en masa. A cada hombre lo separa, le toma de la mano y se lo lleva consigo. Entonces, es cuando le habla al corazón y le propone su plan, le revela su amor.

Ante esta propuesta, el alma se da cuenta de que está sola ante Él. Nadie puede optar en su lugar.

A lo alto de un monte. El ofrecimiento de Jesús es atractivo pero nos exige lo mejor de nosotros mismos: lucha, sacrificio, entrega... Subir.

Ya arriba, Jesús se transfiguró delante de ellos... Suele llegar un momento similar en la vida del cristiano: el día en que Cristo le seduce con el atractivo de su persona y le anima a caminar tras Él.

El Padre nos enseña el camino para llegar a esa experiencia: Este es mi Hijo Amado: escuchadle.

Escuchar a Cristo. Su amistad, la más noble, hermosa y fiel, nace como todas: después del primer momento en que dos personas se caen simpáticas, comienzan a hablar, a contarse su vida, lo que quieren llegar a ser, lo que les disgusta o atrae... empiezan a conocerse. También el conocimiento de Cristo se alimenta con el trato continuo con Él, visitándolo en el Sagrario, escuchando su Palabra en el Evangelio y viendo, en el Crucifijo, que Él se toma en serio nuestro amor.

A medida que se le va conociendo, aumenta el entusiasmo:

Cada día que pasa me parece que voy descubriendo algo nuevo en Jesucristo; algo nuevo que me entusiasma más y más y hasta me enloquece. Cada mañana le miro y pienso en Él con tanto gusto e interés, que parece ser la primera vez que le miro y pienso en Él. Al Jefe no se le conoce. Por eso se le sigue tan fríamente.

Pero todos los que le conocen, confirman el sentimiento de Pedro: Señor, qué bien estamos aquí, contigo.

Todavía no ha nacido quien, después de haber conocido a Cristo, y de haberse acercado con fe, se marche defraudado.

Cristo es profundo. No es una estrella de cine, estrella fugaz que impresiona un momento con su brillo y arrastra a algunos pero en seguida se esfuma del cielo y del recuerdo de los que la vieron.

No es la flor de la mañana que cortamos y nos entrega a la primera todo su perfume y, pasada la ilusión, nos deja con unos pétalos marchitos entre las manos.

¡Jesucristo! Pronunciar ese nombre es algo trascendente, que no lo comprende quien lo dice con los labios y no con el corazón, la inteligencia, la voluntad y la vida. Los que de verdad lo han pronunciado han quedado saciados de Él, y no por un momento pasajero, y lo han proclamado como La Respuesta, El Unico Necesario, El Todo, Dios...

Es tan hermoso y atractivo el amor de Cristo que millones de mártires han preferido sacrificar su vida a disfrutar de ella. Millones de vírgenes han dejado su familia, su tierra, su hogar, sólo con la ilusión de pertenecer a Él solamente. Nadie como Él sigue arrastrando el corazón joven de multitud de muchachos y chicas de todo el mundo.

¿Quieres ser tú uno de ellos? ¿Saber lo que es Jesucristo? Cuando lo vayas conociendo, dale tu amor. Un amor:

Personal; es decir, sin buscar cosas raras: tal como eres pues Cristo es una persona viva, no una idea ni un mero personaje histórico.

Apasionado; deja que Cristo ocupe y polarice todas tus facultades, que Él se convierta en tu pasión dominante.

Real; tu amor no se medirá por el sentimiento que tengas, sino por el esfuerzo que muestres para darle gusto en tu vida de cada día.

Fiel; constante, que no se rinda ante la dificultad, sino que madure; que crezca, que no traicione.

¡Jesucristo! Que Él sea la pasión dominante de tu vida, que no te deje tranquilo hasta poseerlo en toda la profundidad y extensión de tan gran ideal. Que Él sea el verdadero juego de tu vida, Aquel por quien no temas jugártelo todo, hasta tu misma vida. Cuando encuentres que hay algo que te aparta de Él, algo que se cruza entre tú y Él, algo que te obsesione más que Él, piensa que has perdido el sentido de lo fundamental. Que tu vida fue hecha a la medida de alguien más grande en quien debes integrar todo lo demás. Tu vida fue hecha para Cristo.














 





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