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Y si pienso como Cristo...
Jesucristo

El Calvario es quizá el lugar más propicio para entender la mente de Cristo, para aprender a ver el mundo de otra manera.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



San Pablo fue atrevido cuando dijo “nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Co 2,16). Porque, ¿no está Dios por encima del hombre? ¿No deberíamos reconocer que su inteligencia es inescrutable? (cf. Is 40,28).

Ante el misterio de Dios, el hombre religioso puede tomar una actitud de sumisión completa. Dios, el Señor, decide libremente. Nosotros, en cambio, no sabemos ni por qué ni hacia dónde lleva la marcha del mundo. Pero tomar una actitud así, ¿es correcto? ¿No existe la posibilidad de penetrar, de algún modo, en los pensamientos de Dios, de “poseer” la mente de Cristo?

La llegada de Cristo al mundo permite que el Logos, la Palabra, se haga presente. Desde entonces, hay una luz que alumbra a los hombres: es posible dejar las tinieblas y empezar a ver horizontes nuevos y comprensibles (cf. Jn 1,1-18). De este modo, Dios dialoga, habla, come y sufre con nosotros.

Con la llegada del Espíritu Santo, los creyentes reciben la fuerza de lo alto, la posibilidad de recordar todo lo que Cristo les había enseñado (cf. Jn 14,26).

Lo anterior no impide que, entre los cristianos, se dé el riesgo de la ofuscación, de la duda, del apartamiento. Es entonces cuando algunos corazones pueden dejar de lado el don divino para buscar y preferir, como ya ocurriera tantas veces a lo largo de la historia de Israel, cisternas agrietadas (cf. Jer 2,13).

El camino de la historia moderna refleja ese mismo drama en muchos corazones. Tras conocer a Cristo (si es que llegaron a conocerlo de verdad), lo dejaron a un lado. Exaltaron a la razón con la esperanza de alcanzar, con ella, verdades que sirvieran como respuesta a los mil misterios del existir terreno. Llegaron incluso a “entronizarla” simbólicamente en la catedral de París durante la Revolución francesa.

Pero el sueño de un mundo iluminado por la ciencia y el saber simplemente humano se estrelló una y otra vez ante una realidad compleja, ante pasiones que desencadenaban violencias y guerras, algunas de ellas iniciadas precisamente en nombre del “progreso”, de la “libertad” o de la “justicia”.

La marcha de la saber científico permitió alcanzar, ciertamente, conquistas importantes. Millones de seres humanos fueron curados de enfermedades que antes acababan con pueblos enteros. La agricultura mejoró su productividad. La industria hizo posible el bienestar en millones de hogares. La técnica difundió espacios para la cultura y la comunicación. Pero los interrogantes profundos quedaron en pie. ¿De qué sirve tener aparatos electrónicos muy modernos en el propio hogar cuando llega la noticia de que un hijo acaba de morir atropellado en la calle, o cuando una tristeza profunda lleva a un joven o a un adulto al suicidio?

En momentos parecidos, pero también ante un atardecer sereno que devuelve la paz al alma, podemos mirar nuevamente hacia la Cruz. En ella encontramos la imagen de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo de María, Rey del Universo y Amigo que lava los pies de sus discípulos. Con su gesto humilde y dócil, como oveja al matadero, consuela y, más a fondo, salva del pecado y de la muerte, a todos los que acuden a Él con fe sencilla y sincera.

Sin imposiciones, sin milagros, el Calvario es quizá el lugar más propicio para entender esa mente de Cristo, para aprender a ver el mundo de otra manera, para sentir que el perdón llega a quienes, con lágrimas humildes y confiadas, reconocen el propio pecado y confiesan, como el centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).






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