Menu


Para que mi alegría esté en vosotros
Jesucristo

Jesús de Nazaret narra su historia.


Por: Marcelino de Andrés | Fuente: Catholic.net





Si bien yo ya existía desde antes, vine al mundo a las afueras de un pueblo de Judá llamado Belén. Nací en un establo, porque aquel día no había sitio para mis padres en ninguna posada. Es curioso: me contaron después que yo estaba muy feliz y sonriente en mi cunita de pajas (y eso que de mis manos había salido la creación entera con sus inmensas e incontables riquezas).

Crecí como un niño más. Pasé los treinta primeros años de mi vida en Nazaret, un pueblo perdido de la Galilea. Tan perdido que ni siquiera aparecía en los mapas romanos de aquella época... Me dedicaba a ayudar a mi padre, que era carpintero.

Recuerdo que aquellos años fueron de una gran paz y felicidad en la sencillez y humildad de mi familia y de nuestra pequeña aldea.

Pero dentro de mí latía muy vivamente la conciencia de haber venido a este mundo para llevar a cabo una misión muy concreta. Por eso, cumplidos los 30 años, salí de mi pueblo dejando madre, parientes, amistades, casa, trabajo..., todo. Con la única ilusión de hacer aquello para lo que mi Padre Celestial me había enviado al mundo.

Durante tres años, recorrí toda la Palestina anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios, que yo ya empezaba a instaurar en los corazones bien dispuestos. Prediqué abiertamente en el Templo y en las sinagogas de las ciudades por las que pasaba. Curé todo tipo de enfermedades y dolencias en aquellos que acudían a mí con suficiente fe. Devolví la vista a los ciegos. Hice hablar a los mudos y oír a los sordos. Resucité muertos. Expulsé demonios. Perdoné los pecados a todo el que se mostraba sinceramente arrepentido. Me esforcé por convertir los corazones de la gente al amor de Dios. Traté en definitiva de pasar por este mundo haciendo siempre el bien, amando y socorriendo a todos los necesitados.

Recuerdo que durante aquellos años, no tuve tiempo para pensar en mí mismo. No tenía siquiera dónde reclinar mi cabeza después de esas jornadas intensas de trabajo apostólico. A parte de que muchas noches las pasaba en oración, dialogando con mi Padre.

Tampoco fueron escasos los días que no me quedaba ni un momento siquiera para comer. Pero no me importaba demasiado. Mi alimento era hacer la voluntad de mi Padre. Eso era lo que me hacía descansar, estar en paz, satisfecho y, sobre todo, muy feliz.

Precisamente el núcleo de mi mensaje fue esa felicidad de la que yo ya gozaba, fruto del amor y la entrega a Dios y a los demás. Todo lo que dije e hice, fue para que mi profunda alegría estuviese también en los demás. Para que el gozo de mis hermanos los hombres fuese verdadero y llegase también a su plenitud, como el mío.

Por eso no dudé en decir a la muchedumbre que me escuchaba con atención aquel día, en la montaña (ante el asombro de no pocos): "Felices los pobres en el espíritu... Felices los que tienen hambre y sed de justicia... Felices los puros de corazón... Felices los humildes y sencillos... Felices los que sufren y lloran... Felices los que son odiados y perseguidos por mi causa...".

Porque sabía muy bien que las riquezas materiales, o el hartarse de comer y beber, no producen la felicidad verdadera en el hombre. Porque conocía claramente la insatisfacción de los que viven en la lujuria. Porque comprendía de sobra que la fama y los honores no llenan de felicidad a nadie. Porque me di cuenta de que no era necesaria la salud del cuerpo, ni la risa exterior, ni las amistades meramente humanas, para vivir feliz de verdad.

Mucha gente acogía mis palabras. Se hablaba de mí por todas partes. A donde quiera que iba, no podía pasar desapercibido... Pero mi enseñanza y mis obras no fueron bien recibidas ni entendidas por los jefes espirituales del pueblo en aquel tiempo.

Llegué a ser molesto para ellos porque enseñaba con autoridad y me seguían muchedumbres. Y decidieron acabar conmigo.

Fui sometido a un juicio en el que no tenían de qué acusarme, pues nada malo había hecho ni hubo nunca en mi boca mentira. Y hasta los falsos testigos allí convocados para hablar en mi contra, no eran coherentes en lo que testimoniaban. Al final, fui condenado a muerte injustamente por afirmar algo que no podía haber negado ante nadie: que era el Hijo de Dios.

Lograron legalizar mi condena haciendo que Poncio Pilato, gobernador de la región por aquel entonces, me entregase a ellos para ser crucificado. Pero esto después de haber flagelado todo mi cuerpo (según la costumbre romana) y coronado de espinas mi cabeza. Recibí insultos y salibazos, burlas y bofetadas. Cargaron sobre mis hombros el madero de la cruz y me hicieron llevarlo hasta la cima del Calvario. Allí me clavaron los brazos y los pies y me levantaron en alto junto a otros dos malhechores ajusticiados conmigo.

Y, ¿qué crees que sentía en esos momentos? Sí, un dolor atroz que atormentaba a mi cuerpo y me invadía el alma. Pero también reinaba en mí una gran paz y un gozo igual de intenso o más que mi dolor. Por eso, desde esa atalaya de mi pasión, pude mirar al cielo y exclamar colmado de satisfacción antes de expirar: "Padre, Todo está cumplido... En tus manos encomiendo mi espíritu".

Ya ves. Parece que no había sido suficiente haber pasado por este mundo haciendo el bien a todos. Llegué hasta el extremo del amor. Hice vida aquello que había predicado antes: "Nadie tiene amor más grande que el que da la propia vida por sus amigos". Y yo la di también por mis enemigos, por aquellos que me estaban crucificando...

Precisamente por ese amor sin límites, en medio de mi insondable sufrimiento, no perdí la confianza en mi Padre, y me invadía a la vez una dicha inmensa al saber que estaba cumpliendo su voluntad y demostrando así mi amor a Él y a los hombres.

Quizá ahora, a la luz de mi vida, te resulte más fácil entender el porqué el sufrimiento humano tiene sentido, si es sobrellevado por amor y para llevar a cumplimiento la voluntad de Dios. El más grande dolor no quitará espacio a la dicha en el corazón de una persona si se dulcifica con amor.

Quizás ahora entiendas mejor porqué la verdadera felicidad radica en el amor a Dios y en Él y por Él a los demás. Un amor que se hace entrega generosa hasta dar la propia vida en aquello que a Dios le agrada.

Haz la prueba. Muchos de mis seguidores ya la han hecho y ninguno ha quedado defraudado. Te lo aseguran ellos mismos. Pregúntaselos...

¡Ah! No puedo terminar sin decirte que a los tres días de ser sepultado, resucité. Y este hecho es motivo de esperanza y alegría inquebrantable para todos los que creen en mí. Están seguros de que tampoco ellos morirán para siempre. Su dicha durará por toda la eternidad.


Reflexión:

Espero que el ejemplo de Jesucristo no te suene al mismo cuento de siempre. Sí, Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Pero no se trata de un cuento. Cristo es una persona viva. Millones de hombres y mujeres lo han seguido a lo largo de los siglos, llevando con honor y gallardía el nombre de cristianos. Muchos de ellos han defendido y testimoniado su amor a Él aún a costa de su propia vida. Muchos hoy siguen amándolo, y dejándolo todo por él, e incluso, muriendo por Él. Y ni uno solo se ha visto defraudado jamás por la felicidad que produce el amarle.
 





Compartir en Google+




Consultorios
Hospitalidad católica
Servicio fraterno de acompañamiento espiritual
P. Miguel Ángel Fuentes IVE
Orientación espiritual a matrimonios
P.Pedro Mereu SDB
Acompañamiento, escucha y dirección espiritual
Enrique Santiago Ellena
Especialidad en temas de familia, especialmente en la relación de las personas
P. Carlos Skertchly L.C.
Formaciòn y Espiritualidad del Sacerdote
Susana Barroilhet
Consejería en temas de la Familia y de la Vida
Rosa Gemma Ortiz S�¡nchez
Ayuda en momentos de crisis
[+] Ver más consultores
Reportar anuncio inapropiado |