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Los deudores del amor
Jesucristo

Diferentes modos de amar a Cristo: Simón, el fariseo y la pecadora.


Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net





El hombre en su relación con Dios puede adoptar distintas actitudes. En la parábola de Simón el Fariseo y la pecadora arrepentida nos presentan dos tipos radicalmente opuestos. Cristo resalta aún más la diferencia con una parábola. Analicemos el comportamiento de los personajes.

Simón era un fariseo. Un hombre que había recibido una instrucción religiosa honda. Que trataba de llevar una vida de acuerdo con esa instrucción. Sin duda todo esto era una muestra muy grande del amor de Dios hacia su alma: Dios lo había preservado de ser un pecador empedernido y escandaloso. Simón cumplía lo que el Señor había mandado en la Ley. Por todo esto, Simón era un hombre respetado y considerado como justo y religioso.

La pobre mujer cuyo nombre el Evangelio omite era, en cambio, todo lo contrario. Seguramente no conocía más que los rudimentos de la religión judía. Su vida distaba mucho de ser un modelo. Era una mujer condenada por la Ley y por los hombres de su tiempo. Había perdido toda su dignidad humana: sólo servía para pecar. Cuando los hombres querían pecar iban a ella, para hundirla más en el abismo de miseria. Cuando ya no querían, continuaban pecando al señalarla con el dedo despectivamente: "pecadora".

Cristo acepta cenar en casa de Simón para reunir ahí a los dos personajes y dejar en claro que lo que a Dios le importa es el amor y no las apariencias.

La situación era bastante embarazosa y seguramente algún fariseo se habrá ruborizado: en medio de la cena, una mujerzuela irrumpe en la casa de un hombre intachable, se arroja a los pies del Maestro, los lava con sus lágrimas, los enjuga, los besa en silencio y los perfuma con unge con el perfume. Sin duda Simón estaría tentado de mandar a los criados que se la llevaran, pero al ver que Jesús no se inmuta... "Este hombre no puede venir de Dios, pues permite que le toque una pecadora".

Jesús penetra en el corazón de su anfitrión. Conoce la facilidad con que el hombre se infla ante sus propios méritos y quiere abrir los ojos de Simón y de todos los que se creen justos con una parábola.

Un hombre tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta.

La primera realidad es ésta: todos debemos. Unos más, otros menos, pero todos somos deudores de Dios. Todos hemos pecado. La pecadora debía mucho, mientras Simón se creía justo. Pero Cristo le demostrará sus faltas de amor, le hará ver que su justicia legal era fría, de compromiso, de mercenario.

Un segundo detalle de la parábola es que esa deuda contraída al pecar, no la podemos pagar nosotros: Como no tenían para pagar, se la perdonó a ambos. El amor de Dios por nosotros, por los que debemos mucho y por los que debemos es generoso hasta el extremo. No regatea, no se conforma con reducir la pena: a ambos les perdona todo.

Viene entonces la consecuencia: ¿Quién le amará más?

La deuda de la mujer pesaba mucho sobre su corazón, porque su corazón era fino y la deuda enorme. Advierte que si Cristo le quita el peso de sus pecados es porque los toma sobre sí, porque quiere Él pagar su deuda. Entonces el amor no le cabe ya en el corazón y se hace lágrimas de arrepentimiento y besos de gratitud. Y alcanza la misericordia y el perdón, porque a quien mucho ama, mucho se le perdona.

El fariseo por su parte se encuentra más lejos del corazón de Dios porque su soberbia le impide reconocer la deuda contraída. Cree que se le perdona poco... porque ama poco.

¡Qué pobre sería si ante tu inmensa generosidad, Señor, te ofreciera las migajas de mi espíritu roto! ¡Si no te amara con un amor semejante al tuyo: fuerte, recio, purificado por el dolor...! Pero Tú sabes que no es así, Tú sabes que te amo porque me has hecho blanco de tus gracias.






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