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El Padre Paco en la Casa del padre
Francisco Merino siempre quiso ser sacerdote, y lo fue, pero no solamente fue sacerdote, fue un gran sacerdote, como bien lo saben quienes fueron ovejas de sus sucesivos rebaños


Por: Salvador Ignacio Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net



Queridos amigos:

Mons. Francisco Merino Rodríguez, para sus cercanos como yo “el Padre Paco”, nos dejó para ir a la Casa del Padre el 31 de diciembre de 2010. Se fue al Señor con el año.

Francisco Merino siempre quiso ser sacerdote, y lo fue, pero no solamente fue sacerdote, fue un gran sacerdote, como bien lo saben quienes fueron ovejas de sus sucesivos rebaños en la Arquidiócesis de Tlalnepantla, así como otras personas beneficiadas por su labor caritativa, y quienes fuimos testigos de su entrega absoluta al Señor en el servicio al próximo.

Nos conocimos de jóvenes (él más que yo unos años) en el periodismo estudiantil, él en Toluca y yo en Monterrey. Participábamos en la Asociación Nacional de Prensa Estudiantil, ANPE, de la cual fue presidente. Además del amor al periodismo, coincidíamos en algo más importante con amigos comunes: el apostolado de acción católica en la ACJM.

Fue una larga amistad, aunque con años intermedios de ausencia, por las actividades de cada uno; pero esta amistad estaba en apogeo durante nuestros últimos dos encuentros el año pasado, tras la intervención quirúrgica para extirparle el cáncer, perdiendo el estómago en su totalidad. Era cura párroco en la Iglesia de San Bartolomé Apóstol, en Naucalpan, Estado de México.

Seguimos siendo amigos, como otros más, pero él en Casa del Padre. Tras una vida de entrega, de esas que harán decir al Cristo tras la resurrección final “venid benditos de mi Padre…” a la eterna morada celestial. Ni siquiera creo que requiera oraciones por su eterno descanso -aunque las oraciones por los difuntos los benefician a todos-, pues su vida ejemplar, llena de sencillez personal, es de las que llevan al Señor. Más bien, como me dijo el común amigo Miguel Ángel que me dio la triste noticia, pidamos a él que interceda ante el Señor por nosotros.

Paco se dedicó al apostolado juvenil, colaboró internacionalmente con el movimiento juvenil Pax Romana, que lo hizo vivir fuera del país. Estudió periodismo en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, en la ciudad de México, de donde han salido excelentes plumas. Pero su vocación siempre fue el sacerdocio y así lo consiguió.

Siempre vivió para los demás, con el mayor entusiasmo del mundo, y mucho logró hacer él y que otros también hicieran, para los más pobres y los necesitados de ayuda espiritual. Sus sermones dominicales eran sencillos, con mensajes evangélicos fáciles de asimilar, me consta.

En octubre pasado, fue nombrado Capellán de Su Santidad. Un “…título muy merecido por su ardua labor y entrega generosa al Señor mediante su servicio pastoral como Vicario Episcopal y mediante la promoción de la Pastoral Social en nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla”, decía un comunicado del equipo diocesano de Pastoral Social, Cáritas. El mismo texto pedía “Que el Señor lo siga colmando de bendiciones y le otorgue una pronta y franca recuperación en su salud”. Lo primero es indudablemente acertado, no lo segundo, pues el Señor dispuso que ya recibiera su recompensa celestial, tal como escribió Juan Pablo II sobre sí mismo: “Él decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y mi ministerio pastoral”, Ahora las bendiciones podemos pedirlas para los suyos que aún permanecen en este mundo.

En la última ocasión que nos reunimos en su parroquia, para él la medicina había vencido al cáncer y estaba recuperándose, pero no fue así, finalmente la enfermedad terminó con su vida terrestre. Ahora vive ya la otra vida, la que nunca se acaba y que está llena de júbilo de convivir para siempre con su Creador.

Padre Paco, nos harás mucha falta aquí, pero podrás interceder por nosotros en el cielo. Que el Señor cuide ahora de tus ovejas, de tus amigos y de tu familia, y así será. Tu sonrisa de apóstol feliz en su labor (de esas como la de la Madre Teresa de Calcuta) permanece en el recuerdo de tu imagen. Quien sirve al Señor sirviendo a los demás tiene esa felicidad que tu rostro reflejaba. Ruega porque los tuyos te reencontremos un día en el cielo.

Salvador Ignacio Reding Vidaña
México, D.F., enero de 2011.
 





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