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La alegría de Bethoven
Artículo de Alfredo Canedo dedicado a la figura de Beethoven y su obra musical


Por: Alfredo Canedo / Filarmonía # 49 / Colaboración: Miriam Ríos | Fuente: yoinfluyo.com.mx



Mientras lees este artículo, te recomiendo escuchar: Sinfonía nº 9 1º Movimiento 2º Movimiento 3º Movimiento Himno a la alegría ( http://www.epdlp.com/compclasico.php?id=954)

La gigantesca ‘Alegría’ en la ‘Pastoral’ (representada en el aleteo de los pájaros, en el soplo feliz de los campos renanos y en el fluir de las aguas) no bastaba a colmar el talento de Ludwig van Beethoven, puesto que ningún genio es cautivo ni siquiera de la obra de su más vivo interés; de ahí, antes de terminada seguramente entrevió otra sinfonía con nuevos horizontes para su espíritu.

Bajo el ala cálida de la conversación, bajo el techo de su fiel amigo Gottf Koerner, Friedrich Schiller escribió, en Dresde o quizá en Loschwitz, bañado por el Elba, en el segundo semestre de 1786, ‘Oda de la Alegría’ (‘Lied an die Fraude’), por intelectuales y músicos alemanes recibida con absoluto entusiasmo y esplendor.

Qué otros motivos en esa composición poética sino, a modo de aproximación, el bello idilio de los seres y las cosas naturales con el mundo divino, el remolino vertiginoso de la vida desde las oscuras profundidades hasta la luz revelada, las agitaciones ilusorias, lo secreto de la sabiduría y el refugio en el ensueño. He aquí cómo idiológicamente la concibió en su breve ensayo ´‘Sobre la poesía cándida y sentimental’: Armonía, verdad, orden, belleza perfección, me dan Alegría porque me transportan al estado activo del Autor y Posesor, porque me revelan la presencia de un Ser sensible y razonable, y me hacen sentir mi parentesco con El.

Hacednos concebir la perfección, y ella se hace nuestra. Hacednos comulgar con la alta Unidad idealista, y nos ligaremos los unos a los otros, con un amor fraternal. Hacednos plantar alegría y belleza, y cosecharemos belleza y alegría. Nada más sublime que todo eso en la Alegría, a manera de una reconquista del Paraíso ya perdido.

Wilh Bode, en ‘Estudios sobre Goethe’, Vol. II, dice que Schiller escribió la oda para un círculo berlinés de jóvenes y generosas francomasones, que el príncipe Maximiliano Federico ante profesores de Filosofía y Letras de la Universidad de Bonn la llamaba ‘monumento de la Alegría, que el hermano de este monarca, Maximilano Franz, fue su apóstol más ardiente, y que el emperador José II advertía en el poema la reconciliación del pensamiento católico con el de tiempos modernos.

Pero lo significativo que mediante el profesor en Derecho Ludwig Fischenich de la Universidad de Jena, según Ludwig Schiedermair en ‘La juventud de Beethoven’, se sabe de la admiración de su joven alumno Beethoven por la oda de Schiller: …que un joven de aquí, cuyos talentos musicales son unánimemente elogiados, y del que se puede esperar algo más grande, porque en cuanto y a lo que conozco está enteramente indicado a lo grande y a lo sublime, me ha anunciado su voluntad de componer música sobre la ‘Oda de la Alegría’ .

Ciertamente que no le faltó amigos del poeta de Weimar, y que ya en las breves piezas musicales de juventud (‘Amor mutuo’, ‘La dicha de la amistad’, ‘Canto de la asociación’ y ‘Canto de mayo’) la ‘Oda de la Alegría’ daba vueltas a su entorno. Si Schiller la ha inspirado, Beethoven la recreó en la ‘Novena sinfonía’, conocida también por ‘Coral’, con nuevas direcciones y divisiones además de gozosas expresiones corales, como si irresistiblemente necesitado de expresarse en el poema.

Allí, la desesperanza humana es derrotada por la embriagadora ‘Alegría’, encerrada en cesuras rítimicas y en una ‘coda’, en la música del piano, en sones de clarines, en las cuerdas de violines, en la octava alta de las violas y los violoncelos, en los contrabajos y fagotes, en las maderas y trompetas, en los cornos y oboes, y en el resto de las cuerdas, pero también en los recitativos primero del tenor, luego del barítono, finalmente, del contralto y de la soprano. Beethoven tomó de la ‘Oda’ textualmente sólo los primeros siete versos.

El barítono grita dos veces ‘Alegría’, otras tantas los bajos del coro, y rápidamente después, las siguientes las estrofas en voz: Alegría, bella hija de los dioses. hija de Eliseo; penetramos, ardientes de embriaguez en tu santuario; ¡oh, celestes! Tus encantos, atan de nuevo lo que la moda ha divido rigurosamente; Todos los hombres se tornan hermanos, Allí donde se cierne tan dulce ala.

En adelante, todo es sello del compositor. Los versos, el metro y carácter del poema original por Beethoven retocados en conformidad con su personalidad de músico, pero también de pensador, de hombre de edad y experiencia. A su modo, la ‘Alegría’ en las voces del tenor y del coro es, a diferencia de la melancólica ‘Oda’ de Schiller, el santuario de los dioses, la afirmación viril de la humanidad, el beso fraterno, lo opuesto a la pesantez del mundo terrestre: ¡Abrazáos, millones de seres! ¡Este beso al mundo entero! Hermanos; sobre la bóveda estrellada, es preciso que habite un buen padre.

¿Os prosternáis, millones de seres? Mundo, ¿presientes al Creador? ¡Búscalo por encima de la bóveda estrellada! ¡Encima de las estrellas! ¡Allí debe estar ‘su morada’! Diríase, pues, que Beethoven, no obstante su admiración a Schiller, ha sido un traductor desobediente de la ‘Oda de la Alegría’ ; puesto que la escogió voluntariamente, suprimió palabras, trastornó el orden de los versos, hasta la recompuso según su inspiración, a la manera de quien construye obras propias sobre el formato de las antiguas.

Manía pedagógica, iluminada y pacificadora respecto a la cual Roman Rolland en ‘Beethoven, las grandes épocas creadoras’ escribirá: El pobre Schubert estaba señalado en la frente por el signo de la melancolía. Beethoven también, quizá,pero la había exteriorizado con la Alegría. Y años más tarde volverá en ‘Los últimos cuadernos’ sobre las formas sensibles de la ‘Alegría’ en el canto beethoviano: Nosotros, seres finitos en el espíritu infinito, hemos nacido solamente para el sufrimiento y para la Alegría, y casi se podría decir que los elegidos reciben la Alegría por medio del sufrimiento. Por entonces, el ámbito musical europeo, particularmente alemán y vienés, sorprendido de la ‘Alegría’ schilleriana en el vertiginosos instinto sinfónico de Beethoven.

Al caso, Richard Wagner recordando en su autobiografía ‘Recuerdos musicales’, edición 1840, que tras recitada por el coro de la Orquesta del Conservatorio de París, 1839, bajo la dirección de Francois Habeneck, cayó enfermo, y que: …después de haber gozado hasta el éxtasis con la Novena, y muy especialmente con el recitativo de ‘Oda de la Alegría’, a hechura de los sentimiento beethovinos, de los cuales ya por suerte nos tiene acostumbrados, me restablecí y rápidamente me transformé en músico.

Tiempo después Wagner en cartas personales recopiladas en ‘Obras completas de Federico Nietzsche’, T II, confiesa “la brisa de belleza que le causó” la ‘Alegría’ de Beethoven a manera de correspondencia con el mensaje de Dios a los mortales. Es preciso decirse del pensamiento filosófico de Beethoven aplicado a la música lo que autoriza a ello. Pero, ¿con qué derecho hacerlo en nombre de este genio cuyo lenguaje no es la palabra sino el sonido?

Eclipsándose detrás de las notas de su diario, de sus días, de sus lecturas, de sus propias reflexio- nes y, especialmente, de sus monólogos apasionados. En ‘Beethoven y la música’ Carl Fischoff con testimonios a la vista prueba que Beethoven leyó en tres oportunidades, desde 1792 a 1794, los ensayos filosóficos de Emmanuel Kant a instancia de Goethe y del compositor berlines Carl Friedrich Zelter, y que el ‘idealismo trascedental’ , doctrina ampliamente desarrollada en ‘Crítica del juicio’, ‘Crítica de la razón pura’ y ‘Fundamente de la metafísica de las costumbres’, hubo de perseguirle hasta su muerte. Según Fischoff, uno de entre quienes más ha estudiado los numerosos manuscritos del compositor, sería falso de afirmar que Beethoven no ha hablado con Kant, como que también no haya encontrado en esas ocasiones poderosas razones para transformar las bellas fuentes de la ‘Alegría’ schilleriana en “latidos violentos pero siempre ordenados de su corazón”.

Pero la sospecha de Fischoff en cuanto a la inclinación del músico a la filo- fía es merecedora de alguna que otra reserva. Que el pensamiento filosófico de Kant, ya a través del ‘idealismo trascedental’ o si se prefiere del ‘imperativo categórico’ haya influido en el concepto de la música beethoviana es materia harto opinable. Basta remitirse a ‘Conversaciones con Beethoven’ donde Bettina Arnim, amiga preferida del compositor, narra lo dicho por éste en un instante de sus exasperaciones contra la pobre vida racional: La música es una revelación más alta que toda la filosofía.

Qué otra cosa es la filosofía sino vivir arrastrándose en las pobrezas de este mundo feroz. No es captadora de imaginación sino de razonamientos afines a las impurezas. Quien una vez ha comprendido mi música, se verá libre de las miserias donde los demás se arrastran. Es que en toda su tesis Kant considera la música no en arte bello, tan sólo, o tan simplemente, en mero emtretenimiento de los sentidos; cuando para Beethoven es máxima expresión de lo ideal, de lo infinito, del espíritu y del alma.

Así él mismo la establece en una de sus cartas seleccionadas en ‘Cuadernos de conversaciones con Beethoven’ por el dramaturgo y poeta austríaco Francisco Grillparzer: Todo lo que no se tiene por costumbre escribir, lo que se sobreentiende, lo que se calla de intento, lo que surge en el momento, lo más fugitivo y pasajero, y que es más difícil de captar y fijar para el porvenir como el espíritu, el alma, lo eterno, por ejemplo, se lo encuentra conservado en la música.

Pero también, la resignación, la veneración, el entusiasmo, la miseria de la vida diaria con sus tristes mezquindades. Lo cual lleva a decir: la ‘Alegría’ en la ‘Novena’, no es de inteligencia razonante ni filosófica, sino de libertad espiritual; algo así como místico matrimonio de sonidos con la luz Divina.





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