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El misterio de Shostakovich o cómo sobrevivir en el comunismo
Dimitri Shostakovich, considerado como el último gran sinfonista de la historia de la música, su trayectoria vital se ha convertido en un ejemplo típico de las relaciones entre el artista y un poder político opresor.


Por: Antonio R. Rubio Plo, historiador y analista de relaciones internacionales, Arvo Net,26.11.2006 | Fuente: Arvo.net



El 25 de septiembre de 1906 nacía en San Petersburgo Dimitri Shostakovich, considerado como el último gran sinfonista de la historia de la música, aunque su trayectoria vital se ha convertido en un ejemplo típico de las relaciones entre el artista y un poder político opresor. Ese poder exigía, en nombre del realismo socialista, que los compositores hicieran música para el “pueblo” conforme a los cánones oficiales, en los que no se escatimaban la afectación para exaltar al Estado soviético o el uso de temas folclóricos más o menos pegadizos. Por lo demás, había que huir de toda disonancia y de planteamientos subjetivistas. Nada de hacerse inquietantes preguntas sobre el destino del hombre o de dejar asomar por un momento a la tragedia. Para eso ya estaban Shakespeare o los trágicos griegos que, por cierto, le gustaban a Marx aunque nunca los tuvo en cuenta para sus teorías políticas.

Se asocia el nombre de Shostakovich al de víctima moral de Stalin, al de un músico que vio recortada su inspiración por la estética más bien burguesa y convencional del secretario general del Partido. Algunos críticos elogian sus espectaculares sinfonías compuestas durante la II Guerra Mundial, pero concluyen que Shostakovich perdió su brillo al convertirse en uno de los símbolos oficiales de la música soviética. Este argumento se vería reforzado si leyéramos la necrológica de Pravda , en agosto de 1975, que le presentaba como un leal hijo del sistema comunista y ejemplo de artista y ciudadano. Sin embargo, en 1979 Solomon Volkov, un músico ruso huido a Occidente, publicaba un libro en el que recogía testimonios de Shostakovich que serían tachados en la URSS de calumnia y falsificación, y ni siquiera el final del comunismo apagó la polémica. En la Rusia de la década de 1990 –e incluso hoy- muchos se resistieron a admitir que aquel compositor “oficial” se burlaba para sus adentros de todas las retóricas del régimen. No se había conformado con el silencio sino que había adulado al poder para sobrevivir, afiliándose al Partido en 1960 o siendo uno de los firmantes de un escrito contra Andrei Sajarov. Alguien tachará esta conducta de arribismo o de oportunismo, pero en realidad es tan sólo un producto de la sociedad comunista. Es la actitud de alguien que no quiere ser héroe o mártir, que ha visto que las represalias del estalinismo han alcanzado a parientes y amigos, que desea seguir componiendo y estrenando, y que toma la decisión de disimular para no comprometer su futuro y el de su familia.



La conducta de Shostakovich podría encajar con lo que el Premio Nobel polaco, Czeslaw Milosz, expuso en su ensayo El pensamiento cautivo (1953). Se trata de la técnica del ketman, algo que comprobó el conde de Gobineau en su destino diplomático de la Persia de mediados del siglo XIX. ¿Cómo podía sobrevivir en medio de la ortodoxia chiíta un sabio partidario de la lógica y el racionalismo? No sólo con la mera sumisión a los dictados de los clérigos chiítas sino convirtiéndose en uno de ellos y hasta de los más destacados, hasta el extremo de ganar por completo su confianza. Una vez instalado en la jerarquía, el sabio racionalista podría ir deslizando entre sus discípulos ideas que se apartaran de la ortodoxia oficial, no dejando nunca de proclamar su compromiso con el orden vigente. Milosz afirmaba que esto estaba muy extendido entre los intelectuales de la Europa comunista, aunque los grados de ketman variaban de unos a otros, pues, en general, no se trataba tanto de socavar el sistema –aunque esto fuera una consecuencia indirecta- sino de sobrevivir y de la mejor manera posible.



Desde esta perspectiva, la música de Shostakovich se nos presenta hoy ambivalente. Algunos libros nos seguirán diciendo que su Séptima Sinfonía, Leningrado, es el homenaje a la heroica resistencia de la antigua capital rusa al nazismo, pero también habrá quien nos recuerde que la sinfonía había sido ideada mucho antes de la invasión alemana de 1941 y que la repulsa de los enemigos de la humanidad, de la que el autor habla en sus notas, se refiere en realidad a otros enemigos más cercanos y que hablaban el mismo idioma. Dimitri Shostakovich, hombre de carácter tímido y serio, adquiere rasgos irónicos y escépticos, y su música se convierte casi en un “mensaje cifrado”. El misterio continúa.





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