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La pureza, una virtud muy extraña...
Virtud que demuestra amor auténtico


Por: Marcelo Bravo | Fuente: Catholic.net



San Agustín de Hipona fue un gran pecador y después un gran santo. En sus Confesiones nos describe con pelos y señales su proceso interior de conversión al Señor. En un momento de su vida dijo: “Señor, dame la castidad, ¡pero no ahora!”. Es interesante que esta frase me la haya encontrado, no en su biografía o en un santoral, sino -mira por dónde- en una revista del corazón. Allí estaba esta frase, junto a otras frases de artistas y cantantes. Claro, no podía ser de otro modo. No se podía encontrar una mejor justificación para vivir “feliz” y al “ahí se va” que la frase de un santo.

Lo que no dicen éstos es que al pobre Agustín le costó lágrimas de arrepentimiento el haber diferido tanto su conversión. “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva...”

La pureza es una virtud muy extraña hoy en día. Y extraños, casi seres de otro planeta, aparecen tantos jóvenes, chicos y chicas, que en Estados Unidos, España, México, etc. hacen la promesa de conservarse vírgenes hasta el matrimonio.

- “¡Esto es imposible! -decía un señor- ¡hoy por hoy la pureza es imposible! Hace daño, psicológicamente te estresa.

¿Seguro? Y sin embargo cuando hablo con estos chicos, con estas chicas de quince a veinticuatro años, me parecen de lo más normales, sin complejos, sin tensiones. Claro, no son ingenuos. Bien saben que tienen que luchar día a día para mantener esa promesa que han hecho. Porque si se abandonan poco a poco...

¿Dónde radica esta fuerza? Me dijo una vez un joven célibe: -“es que cuando uno ha conocido el mar; las pozas y charcos no te llaman ya tanto la atención”.

Lo que este joven quiso decir fue que ante el amor verdadero, el amor a Dios, a la familia, a la novia, al novio... ese amor que está destinado a enriquecerte para siempre, los demás placeres, los demás gustillos, las salidas alternativas, - vamos, para entendernos- la impureza (pornografía, erotismo, prostitución) pierden todo valor. Es en ese amor auténtico, y no en las falsificaciones del amor, donde se halla la verdadera felicidad.

 

 

 

 



 

 

 

 

 



 

 

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