El celibato sacerdotal
Por: S.S. Juan Pablo II |

En la sociedad actual que valora ciertas concepciones erróneas de la sexualidad, el celibato sacerdotal o consagrado, así como, de otra forma, el compromiso en el sacramento del matrimonio, recuerda de manera profética el profundo sentido de la existencia humana. La castidad dispone a quien se ha comprometido a ella a poner su vida en las manos de Dios, ofreciendo al Señor todas sus capacidades interiores, para el servicio de la Iglesia y la salvación del mundo.
Mediante la práctica de «la perfecta y perpetua castidad por el reino de los cielos», el sacerdote reafirma su unión mística con Cristo, a quien se consagra «de una manera nueva y excelente» y «con un corazón no dividido» (Presbyterorum ordinis, 16).
Así, en su ser y en su acción libremente se entrega y se sacrifica a sí mismo, como respuesta a la entrega y al sacrificio de su Señor. La castidad perfecta lleva al sacerdote a vivir un amor universal y a estar atento a cada uno de sus hermanos. Esta actitud es fuente de una incomparable fecundidad espiritual, «con la que no puede compararse ninguna otra fecundidad carnal» (san Agustín, De sancta virginitate, 8), y dispone, en cierto modo, a «aceptar en Cristo una paternidad más amplia» (Presbyterorum ordinis, 16). (...)



















