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TEMA 3 Cualidades de la dirección espiritual
En esta tercera lección analizamos las cualidades que debe tener un director espiritual, así como las actitudes fundamentales que debe asumir quien se somete a una dirección espiritual.


Por: Mayra Novelo de Bardo | Fuente: Catholic.net



Para ofrecer una dirección espiritual que lleve a un proceso eficaz de la vida espiritual, hace falta en el director un conjunto de cualidades que difícilmente se encuentran reunidas en un solo hombre. Hay que contar con la limitación humana y sobre todo recordar que la fuerza de Dios se manifiesta preferentemente en la debilidad del hombre.

El siguiente escrito del padre José María Iraburu servirá como texto a la sesión de hoy. Seguiremos el siguiente esquema:

1. Cualidades del director
a) Ciencia
b) Experiencia
c) Oración
d) Discernimiento adquirido y carismático
e) Comunicar la propia vida
f) Guardar la libertad del cristiano en la docilidad al espíritu Santo
2. Actitudes principales del dirigido
a) Voluntad firme de santidad
b) Experiencia de fe para ver a Cristo en el director
c) Sinceridad
d) Obediencia

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TEMA 3 Cualidades de la dirección espiritual

Cualidades del director

A los sacerdotes, generalmente, corresponde el ministerio pastoral de la dirección espiritual, pues por el sacramento del Orden, Dios los ha ungido y confortado especialmente para que, «en persona de Cristo Cabeza», puedan enseñar, guiar y santificar a los fieles (Vat.II, PO 2c). Pero también es cierto que a veces confiere el Señor este mismo carisma a religiosos no ordenados.

En todo caso, sean sacerdotes, religiosos o laicos, los directores espirituales necesitan tener ciertos dones naturales y espirituales, como es obvio, pues «si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mt 15,14). Por eso San Juan de la Cruz recomienda con tanto empeño al que va a tomar director espiritual «mirar en qué manos se pone, porque cual fuere el maestro, tal será el discípulo» (Llama 3,30-31).

1. Ciencia

Buena doctrina. Es condición primera y fundamental. El director, aunque no tenga plena experiencia de los caminos del Espíritu, debe tener al menos un conocimiento doctrinal de ellos, para poder enseñarlos a quienes quizá los van a recorrer totalmente.
Por otra parte, no sólo los cristianos inexpertos, sino también las personas de altísimas experiencias espirituales necesitan verificarlas, confrontándolas con la buena doctrina.

2. Experiencia

El maestro espiritual que, personalmente, ha ido adelante en el camino de la perfección, es en Cristo una luz preciosa, que ilumina el camino de quienes buscan la santidad.
En él se dan especialmente los dones intelectuales del Espíritu Santo -entendimiento, sabiduría, ciencia, consejo-, y está libre de tantos apegos desordenados que oscurecen el discernimiento y entorpecen el consejo. De hecho, en no pocos casos, los santos han tenido directores espirituales santos, canonizados o no.

Parece claro, por el contrario, que un director apenas experimentado en los caminos del Espíritu, y que ha recibido escasamente sus dones, difícilmente podrá guiar a otros por senderos que él no ha andado.
Ni será tampoco capaz de entender estados de alma que no conoce ni de lejos. Y esto es así sobre todo en la guía espiritual de los que van más altos; porque para la dirección de los más incipientes, la buena doctrina, aunque la experiencia sea escasa, puede ser suficiente. San Juan de la Cruz dice que «algunos padres espirituales, por no tener luz y experiencia de estos caminos, antes suelen impedir y dañar a semejantes almas que ayudarlas al camino», y así «doblan el trabajo a la pobre alma» (Prólogo Subida 4-5).

3. Oración

Para hacer el bien al dirigido es preciso un milagro de la gracia, y los milagros, más que hablando y haciendo, se consiguen por la oración. Por eso, está claro: el director ha de ser un hombre de oración.

Santa Teresa del Niño Jesús dice que parece fácil hacer el bien a las personas; pero estando en ello «se comprueba que hacer el bien [a alguien] es tan imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en medio de la noche» (Manusc. autob. C, 22v). ¿Cómo conseguir que una persona entienda ciertas cosas que no acaba de captar? ¿Cómo lograr que haga lo que no hace, porque no se decide o porque no lo consigue? ¿Qué puede hacerse para que sienta como Cristo un corazón que es duro o frío, o cerrado en sí mismo, o temeroso, inseguro o triste?...

Solamente nuestro Señor y Salvador Jesucristo puede hacer que una persona suelte sus nudos interiores y exteriores, y, como Lázaro de su sepulcro, salga fuera de su miseria: entienda y vea, quiera y pueda. Sólo su Espíritu Santo es capaz de realizar en el hombre este milagro: «crearle un corazón puro, y renovarle por dentro con espíritu firme» (Sal 50,12). En efecto, si un milagro del Espíritu es necesario para que un pecador pase del pecado a la gracia, aún más grande es el milagro que ha de obrar -y de hecho lo obra en muchos menos casos- para que un cristiano pase de una bondad mediana a la perfección de la santidad.

Pues bien, los milagros, más que hablando o haciendo esto o lo otro -cosas que no han de omitirse-, se consiguen orando incesantemente con una fe cierta. Y por eso, el cristiano que pretende la santidad con toda su alma, ha de buscar, es cierto, en el director espiritual un maestro en las cosas del Espíritu, un amigo y un guía para andar por los caminos evangélicos, un consejero para las dudas y conflictos. Pero aún más -mucho más todavía- necesita un intercesor orante, alguien que se haga cargo de él en una oración continua, alguien que siempre le esté unido para pedir del amor de Dios los grandes milagros que le son precisos: un hombre de fe capaz de pedir con perseverancia y con firmísima esperanza que, por pura bondad de Dios, se obren esos milagros de la gracia.

En efecto, es palabra de Cristo, que con especial propiedad ha de aplicarse a la dirección espiritual: «Yo os digo de verdad, que si dos de vosotros os uniéreis sobre la tierra para pedir cualquier cosa, os lo concederá mi Padre, que está en los cielos» (Mt 18,19).

4. Discernimiento adquirido y carismático

El director que tiene ciencia, experiencia y oración, tendrá también, en mayor o menor medida, discernimiento, sea éste adquirido o sea infuso.


-El discernimiento adquirido es el arte espiritual de examinar los diversos movimientos del alma, para discernir si vienen 1.-del Espíritu divino, 2.- del espíritu del diablo y del mundo, o 3.- de las inclinaciones, deseos y temores de la propia carne. En la dirección espiritual, en efecto, es necesario «examinar los espíritus», para saber «si son de Dios» (1 Jn 4,1). El director tendrá discernimiento bastante para ayudar a las personas que se le confían, sin hacerles daño alguno, si tiene suficiente ciencia, experiencia y oración, y en la medida en que esté libre de apegos personales desordenados. Es éste, sin embargo, un discernimiento no infalible, que puede poseerse en mayor o menor grado, y que exige también unas ciertas dotes psicológicas, que no todos tienen. Para su práctica prudente existen ciertas reglas de discernimiento, ya elaboradas por la tradición espiritual, como las de San Ignacio.

Si el director, por el contrario, careciera de discernimiento espiritual bastante, podría practicar el acompañamiento -del que ya hablamos-, pero no la dirección espiritual, pues en ésta podría causar en las personas, aún sin pretenderlo, graves males, de los que sería tan responsable como un médico que, sin ser cirujano, se atreviera a hacer operaciones. San Juan de la Cruz advierte en esto, con gran severidad, que «el que temerariamente yerra, estando obligado a acertar, como cada uno lo está en su oficio, no pasará sin castigo, según el daño que hizo» (Llama 3,56).

-El discernimiento carismático es,
en cambio, una gracia especial -gratis dada-, que distingue los espíritus de modo infalible, pues actúa por moción inmediata del Espíritu Santo.
Por este carisma de discreción de espíritus el director espiritual puede prestar así a las personas una guía inapreciable, dándoles a conocer con toda certeza, en ciertos momentos cruciales, la voluntad de Dios.

Es, sin embargo, un carisma muy infrecuente, pues únicamente suele darse en los santos, en quienes se da una gran plenitud de los dones del Espíritu Santo; y no en todos ellos, por supuesto; o si lo tienen, lo tienen para sí, y no para otros, o para otros, y no para sí. Conviene ser conscientes de esto, para que el director espiritual no crea demasiado fácilmente en su propio discernimiento carismático, y tampoco el dirigido, en este sentido, confíe excesivamente en tal carisma.

Bendito sea Dios, pues, cuando un director posee el carisma maravilloso del discernimiento espiritual. Podrá prestar en el nombre del Señor luces e impulsos valiosísimos al dirigido. Por el contrario, la dirección ha de afincarse más bien, por parte del director, en la buena doctrina, que incluye el conocimiento de las reglas de discernimiento, y en la experiencia espiritual, cualidades más frecuentes y más fácilmente verificables; y por parte del dirigido, en el humilde y confiado espíritu de obediencia. Basta con esto para que la dirección espiritual puede dar frutos excelentes de santificación.

5. Comunicar la propia vida


Es normal que un director comunique a quienes se le confían su misma vida espiritual, incluso con ciertos modos devocionales propios, que él vive o intenta vivir, secundando el don de Dios. Es lo mismo que los padres hacen con los hijos. Entra, sin duda, en el plan de la Providencia divina que muchas de las gracias recibidas por el director se comuniquen a sus hijos espirituales. Esto es así sobre todo cuando el dirigido comienza su camino espiritual, pues cuando ya va más adelante, debe el director concentrar más su cuidado en descubrir las vías particulares por donde Dios quiere llevarle.

6. Guardar la libertad del cristiano en la docilidad al Espíritu Santo

Esta norma suprema, que complementa la anterior, es formulada así por San Juan de la Cruz:«Adviertan los que guían las almas y consideren que el principal agente y guía y movedor de las almas en este negocio no son ellos, sino el Espíritu Santo, que nunca pierde cuidado de ellas, y que ellos sólo son instrumentos para enderezarlas en la perfección por la fe y la ley de Dios, según el espíritu que Dios va dando a cada una. Y así todo su cuidado sea no acomodarlas a su modo y condición propia de ellos, sino mirando si saben el camino por donde Dios las lleva, y, si no lo saben, déjenlas y no las perturben» (Llama 3,46). Y esto ha de ser así porque «a cada uno lleva Dios por diferentes caminos; que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo del otro» (3,59). Lo mismo dice Santa Teresa: «así como hay muchas moradas en el cielo, hay muchos caminos» para llegar a él (Vida 13,13)

La insistencia de los grandes maestros espirituales en algo tan elemental hace pensar que esta doctrina muchas veces es ignorada en la práctica. En efecto, fácilmente el director estima, aunque sea inconscientemente, que su camino o el camino de su Orden o movimiento es el mejor de los posibles, y trata así, con la mejor voluntad, de inculcarlo a todos sus dirigidos. Es un grave error, que puede darse incluso dentro de un mismo instituto religioso, como lo hace notar Santa Teresa por lo que se refiere al Carmelo: «Una priora era amiga de penitencia. Por ahí llevaba a todas»... Y no ha de ser así, sino que en ese tema, y en todos, hay que «procurar llevar a cada una por donde Su Majestad la lleva» (Fundaciones 18,6-10).

En realidad, las personas son un misterio para ellas mismas y para quien las dirige. Sólo Dios las conoce de verdad, y sólo Él conoce sus designios sobre ellas. Santa Teresita, en su tiempo de maestra de novicias, comprueba que en la formación de las personas «es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas, y guiar a las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro» (Manusc. autob. 22v-23r).

«Deben, pues, los maestros espirituales dar libertad a las almas», dice San Juan de la Cruz (Llama 3,61). Por eso, cuando un director se empeña en retener las personas bajo su influjo, como apropiándose de ellas; cuando estima que es capaz de ayudar a todas en todas las fases de su crecimiento; cuando procura evitar que consulten con otros, comete un pecado muy grave. Y así es como «muchos maestros espirituales hacen mucho daño a muchas almas» (3,31; +56-59).

Actitudes principales del dirigido

1. Voluntad firme de santidad

Pretender la santidad con todas las fuerzas del alma y por encima de cualquier otra cosa es lo primero que necesita el cristiano que acude a la dirección espiritual.
Si no va a la dirección con esta actitud ¿qué es lo que en ella busca? ¿Qué otras cosas pueden buscarse en la dirección espiritual?
Si esa voluntad de santidad falta en el cristiano, el director deberá dedicarse antes que nada a suscitarla; pero si no lo consigue en un tiempo prudencial, es posible que convenga a veces renunciar a esa dirección. «La mies es mucha, los operarios pocos» (Mt 9,37), y éstos deben mirar bien cómo invierten sus limitadídisimas fuerzas pastorales, no deteniéndose largamente «a saludar por el camino» (Lc 10,4), y evitando igualmente «toda palabra ociosa». ¿Y las reiteradas entrevistas de dirección, cuando el cristiano no busca en ellas realmente la santidad, no son a veces «palabras ociosas», de las que «habrá que dar cuenta el día del juicio» (Mt 12,36)?

2. Espíritu de fe para ver a Cristo en el director

El espíritu de fe, para ver al Buen Pastor en el director, puede estimarse como la segunda condición más importante.
Hemos visto hace un momento cómo Nuestro Salvador actúa su ministerio en círculos concéntricos -de muchos a los doce y a los tres-. Y es claro que pone en estos pocos su mayor amor, es decir, su más intensa voluntad de santificación. Pues bien, de modo semejante, el sacerdote hace visible el amor del Señor a las personas cuando ejercita su servicio pastoral en cultivos amplios; pero aún manifiesta mucho más ese amor personal de Cristo las veces en que su ministerio, como en la dirección espiritual, se dedica intensamente a unas pocas personas.

Y por eso, el cristiano que recibe el cuidado de un director espiritual, ha de ver en su atención reiterada y solícita -aunque muchas veces inevitablemente deficiente- una manifestación conmovedora del amor que Cristo le tiene, y de cuánto interés pone Él en procurar la perfección de su vida temporal y eterna.

3. Sinceridad

La humilde sinceridad de corazón, para manifestarlo todo al director, es otra de las condiciones primeras que siempre han puesto los grandes maestros espirituales. Quien busca la perfección cristiana debe comunicar a su guía, con toda sencillez y confianza, sus pensamientos, inclinaciones, tentaciones y ansiedades, los cambios habidos, así como las gracias recibidas, las victorias y las derrotas. Si fuera posible, decía San Antonio, habría de manifestarle al anciano todo, hasta el número de pasos dados o el número de gotas de agua que se bebieron (Apotegmas, Antonio 38).

Pero sobre todo no ha de ocultarse al director nada importante, nada especialmente significativo en la situación actual de la persona: aquellos pensamientos, temores y deseos que en un momento dado son más persistentes -los «logismoi», que decían los monjes antiguos-. Sencillamente, hay que «decirlo todo» (2 Subida 22,16).

Es ésta una insistencia sumamente tradicional. Casiano (+435), por ejemplo, refiere: «A los que empiezan se les enseña a no esconder, por falsa vergüenza, ninguno de los pensamientos que les dan vueltas en el corazón, sino a manifestarlos al anciano espiritual desde su mismo nacimiento, y para juzgarlos, se les enseña igualmente a no fiarse de su opinión personal, sino creer malo o bueno lo que el anciano, después de examinarlo, declarare como tal. De este modo el astuto enemigo ya no puede embaucar al joven aprovechándose de su inexperiencia e ignorancia» (Instituta 4,9). Grandes males, dicen estos maestros antiguos, sobrevienen a los que ocultan algo que debieran manifestar. Así Juan Colobós: «Nadie regocija tanto al enemigo como los que no manifiestan sus pensamientos» (Apotegmas, Pimén 10).

«Decirlo todo»... ¿Será esto siempre posible y conveniente? Ciertamente no. Conviene tener bien en cuenta que a veces la persona no es capaz de expresar ciertos temas más íntimos o complejos: unas veces porque no se conoce a sí misma suficientemente, otras porque, tratándose de cuestiones muy complicadas, no sabe cómo expresarlas sin desfigurarlas, y por eso prefiere callar. Y en otras ocasiones todavía, porque adolece de una timidez o inhibición tan absoluta, que por el momento le es insuperable. No hay, pues, en casos como éstos voluntad de ocultar, sino más bien incapacidad de manifestar. Lo primero impediría seriamente la dirección, pero lo segundo no la dificulta en absoluto. Son limitaciones personales que, si Dios quiere y cuando Él quiera -que no necesariamente lo querrá siempre y en todo-, irán superándose.

Otras veces -muchas veces- la apertura total al director se ve voluntariamente reducida, porque la persona estima que no hace falta someter a su consejo ciertos asuntos. Y es que viene a hacerse esta reflexión: «En realidad, yo sé perfectamente lo que me conviene en tal asunto, y cómo hacerlo o evitarlo. Lo que a veces me falla en esto es simplemente la voluntad. Ahí está la dificultad. Pero la voluntad únicamente yo puedo ponerla, y el director no me la puede suplir. Así que ¿para qué andar contándole y consultándole esas cosas?»Pues bien, es éste un grueso error, y algunas veces más aún, un engaño del Maligno. Con frecuencia, la misma persona que ve la paja en el ojo ajeno, no alcanza a ver la viga en el propio (Lc 6,41): no sabe en realidad qué le pasa, ni cuál es su problema; ignora lo que le conviene, no capta toda la importancia y significación de un asunto, y tampoco conoce bien los medios más idóneos para resolverlo.

En fin, de muchos modos sutiles se sirve el Tentador para sujetar a la persona en un silencio y ocultamiento perjudiciales. Cuántos pensamientos que parecen inocuos, o incluso meritorios, son sin embargo como negros moscardones introducidos por el diablo en la conciencia del cristiano para desanimarlo, para quitarle la paz, y sobre todo para distraer su atención de lo central: la presencia de la Santísima Trinidad en el alma, el abandono atento y confiado a la amorosa moción de su gracia. Cuántos pensamientos vanos y nocivos se dan entonces, quizá durante años, en torno a verdaderas o supuestas limitaciones personales, «yo soy incapaz para eso»...; a aparentes solicitudes apostólicas, «habría que hacer tal obra ¿pero cómo, cuándo, con quién?», o a otras cavilaciones igualmente inútiles.

4. Obediencia

¡Cuántos trabajos espirituales, más o menos bien intencionados, no dan fruto porque parten más de la voluntad propia que de la voluntad de Dios! Los que así caminan en su vida espiritual -ateniéndose ante todo, y casi exclusivamente, a su juicio y voluntad- muchas veces «corren como a la aventura» y luchan «como quien azota el aire» (1Cor 9,26). Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, veía incluso con reticencia algo tan santo como la comunión frecuente, cuando se practicaba sin consulta -necesaria en aquella época- y por mera voluntad propia. Y así, de una señora que era de comunión diaria, pero que no quería sujetarse a confesor fijo -léase, director-, decía: «Quisiera más verla obedecer a una persona que no tanta comunión» (Fundaciones 6,18). Y es que para ella, como para toda la Tradición espiritual cristiana, «no hay camino que más pronto lleve a la suma perfección que el de la obediencia» (5,10).


Cuestionario y participación en los foros

Las siguientes preguntas son de uso personal, NO SE PUBLICAN EN LOS FOROS. Tiene el objetivo de analizar nuestras disposiciones para vivir en la práctica el camino de la perfección cristiana, contenido principal de la dirección espiritual.

1. ¿Trato de asimilar los criterios del evangelio? ¿Se reflejan estas convicciones en mi comportamiento diario?
2. Ante ciertas situaciones críticas de la vida, ¿mis opciones son de fe? ¿Me dejo llevar por mi orgullo, mi soberbia, mi ambición, mi sensualidad y mi racionalismo?
3. ¿Vivo con la certeza de que mis deberes diarios personales, familiares y profesionales son la voluntad expresa de Dios sobre mí?
4. ¿Creo en la acción del espíritu santo en las almas? ¿Se escuchar y responder con prontitud a Su voz en mi conciencia?
5. ¿Creo en la santificación personal? ¿Creo en la necesidad de un director espiritual que me ayude en este camino de santificación?
6. ¿Soy sincero con Dios, conmigo mismo y con los demás? ¿Soy sincero con el director espiritual? ¿Tengo miedo a que cambie el concepto que tiene de mí?
7. ¿Se prescindir de mi propio juicio?
8. ¿Cuál es mi reacción ante una indicación o mandato que no me gusta? ¿El silencio indiferente? ¿quejarme? ¿No hacerlo simplemente? ¿espero una obediencia que no cueste?

Para compartir en los foros del curso: Las siguientes respuestas SI DEBEN PUBLICARSE EN LOS FOROS DEL CURSO.

¿Cuáles son los puntos importantes de este tema 3? ¿Los he comprendido?
¿Conocía estos principios? ¿Los he aplicado?
¿Qué resonancia han tenido en mi vida y en mi misión como director espiritual o como dirigido?
Ahora que los conozco ¿Cómo debo comportarme de cara al servicio de la dirección espiritual? ¿Qué dificultades debo superar?
Sugerencia (opcional): vuelve a las respuestas que diste al tema 1 y compara con este tema 3, podrás de esta manera completar la visión de las cualidades que un director espiritual debe tener y las disposiciones del dirigido.
Algún comentario o sugerencia…

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Textos para profundizar en este tema
La Dirección Espiritual (Caminos laicales de perfección)
Autor: P. José María Iraburu
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La dirección espiritual como parte de la pastoral
Del libro: Dirección Espiritual. Teoría y Práctica
Autor: Luis María Mendizabal
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Deus Caritas est y la dirección Espiritual
Autor: German Sánchez
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¿Tienes dudas, comentarios o sugerencias? envíalas a alguno de los tutores del curso (elige uno).

Preguntas o comentarios al P. Llucià Pou Sabaté Dr. en Teología Moral
 

Preguntas o comentarios al P. Juan Pablo Esquivel. Dr. en Teología con especialización en Espiritualidad.
 

Preguntas o comentarios al P. Alberto Mestre Carbonell, Licenciado en Teología Moral.


Preguntas o comentarios al P. Pedro Mereu SDB Sacerdote Salesiano, se dedica exclusivamente al ministerio sacerdotal en el sacramento de la reconciliación, dirección espiritual en parroquias y comunidades religiosas, y acompañamiento espiritual por medio de internet.


Preguntas o comentarios a Hna. Roxanna. Misionera, acompañamiento espiritual.



 



 





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